El anarquista que fue ejecutado clandestinamente y se convirtió en el primer detenido desaparecido por una dictadura en la Argentina
Joaquín Penina“El que abra este cajón será pasado por las armas”, decía la inscripción pintada con groseras mayúsculas sobre la tapa del féretro de madera barata, de esos que el municipio usaba para enterrar a los muertos que eran tan pobres que ni siquiera podían pagarse un viaje final. En los muchos años que trabajaba como encargado del Cementerio de Rosario, el empleado municipal Martín Esaín nunca se había topado con algo parecido y la frase, amenazante, le hizo correr un escalofrío por la espalda. No solo la frase, también la situación. Porque esa mañana de septiembre de 1930, el cajón sellado había llegado, como siempre, en el camión de traslados con el chofer y los dos enterradores habituales, pero esta vez custodiados por cuatro policías armados. Los vio llegar sentados en la caja, atentos, flanqueando al cajón, como si temieran que el difunto se les escapara. ...