¿Cuántas hazañas más nos puede regalar este equipo? ¿Cuántas nuevas alegrías nos puede ofrecer sin pedir nada a cambio? ¿Cuántas flamantes emociones nos brindará este grupo extraordinario, que desafíen nuestro equilibrio emocional?

Insaciable en sus deseos competitivos, el seleccionado argentino había dejado Atlanta luego de consumar ante Egipto la remontada más asombrosa de su historia. Con el corazón en la mano, el fútbol en los pies y la estirpe que distingue a los campeones, el mismo escenario recreará hasta los tiempos inmemoriales una página del ciclo Scaloni solo comparable con la final de Qatar 2022. Tenía que ser 2 a 1 y tenía que ser vestidos de azul. Era “El Partido” parte II y cuarenta años más tarde, no hay dudas que será digna de ser exhibida junto a la primera parte.

La celebración de Rodrigo De Paul, Nicolás Otamendi y Exequiel Palacios, piezas de un equipo que no deja de asombrar Aníbal Greco / Enviado Especial - LA NACION

Este equipo inquebrantable, hasta ayer con visibles muestras de agotamiento, podía ser capaz de tirar en el campo de juego su parche dorado de monarca del fútbol mundial y entregar una media hora de fútbol total y rotunda superioridad. Como un malón, con la determinación y el coraje necesarios para acudir a la llamada que la gloria ponía por delante, la Argentina se citó con la épica y volvió a decir presente. Los números aplastantes ponen en valor esa aplanadora que borró de la cancha a su rival. El gol de Gordon, en la única distracción defensiva del equipo, inició el huracán futbolístico. Desde allí y hasta el estallido de Lautaro Martínez hubo 88 por ciento de posesión de balón, 10 remates al arco y 266 pases dados con corrección contra solo 33 del rival. Un abuso por donde se lo mire.

Con una comprensión absoluta de los climas y los desafíos que fue planteando el partido, la Argentina, madura y vital, se adaptó a cada momento. Si el inicio del juego fue una riña de gallos y un viaje en el tiempo a los viejos partidos intercolegiales en donde estaba en juego el honor, allí apareció la fibra para marcar territorio. Si la adversidad del inesperado gol en contra obligó a mostrar templanza para asumir el mazazo, las soluciones que llegaron desde afuera cambiaron la dinámica del juego y refrescaron el ambiente. Si el inexplicable retraso inglés mostró el respeto/temor ante el campeón, el torbellino azul que se desató en el campo y que los hinchas impulsaron desde las tribunas, expuso la grandeza de un equipo que siempre buscó un poco más sin perder el equilibrio. La paciencia fue una virtud para descubrir una versión del equipo vivo y ágil, pero nunca apurado. A la altura de los grandes campeones, cuando olfateó el miedo del oponente lo agredió con la sabiduría del que se percibe superior y lo noqueó por demolición.

Cuti Romero, de una tarea muy sólida, marcando al delantero Harry Kane Aníbal Greco / Enviado Especial - LA NACION

Como un spoiler perfecto, Scaloni garantizó casi todo en la conferencia previa, pero aceptó que había que recuperar el fútbol. Tomando el testimonio como un nuevo desafío, el equipo volvió a reconocerse en su identidad y a levantar las banderas del juego. Hay algo en la representatividad que cuesta explicar con palabras. Ellos somos nosotros y cada emoción traspasa la pantalla.

Dentro de una actuación colectiva fantástica, algunos nombres se elevan al cielo de los inmortales. “Cuti” Romero confirmó que es un “hermoso inconsciente”, capaz de reducir a la mínima expresión al mejor centrodelantero del mundo o de tirar una gambeta de pie a pie para salir jugando en su propia área. Enzo Fernández tozudo como ninguno, se cansó de rematar al arco hasta calibrar la mira en el punto exacto y marcar un gol para poner de fondo de pantalla. El mundial lo esperaba con ansiedad y el brillo de su fútbol lo aclaró todo. La trabada de Paredes a Bellingham, los palos de Mac Allister, los rechazos de Otamendi, se suman como postales de un día especial que quedará guardado en la memoria.

Párrafo aparte para Lionel… y también para Lionel. El “insatisfecho serial” decidió volver al origen de su historia, para transformarse en el mejor wing derecho del mundo. Nadie en su sano juicio podrá explicar cómo es posible que sin descansar un solo segundo de los duelos eliminatorios, lo desbordó a O´Reilly (dieciocho años menor) y envió el pasaje a la final directo a la cabeza a Lautaro Martínez. Hay fuego en el cuerpo de Messi. El volcán está más vivo que nunca y lo agita su otra mitad desde el banco de suplentes. Scaloni hizo cada movimiento con la precisión de un eximio ajedrecista. Primero tomó la sensible decisión de quitar del equipo a De Paul y luego fue cambiando las piezas en los momentos precisos y con los nombres adecuados. Cada asamblea con su cuerpo técnico derivó en una decisión brillante y de rápido efecto. Cinco finales consecutivas marcan la vigencia de un ciclo extraordinario.

El desahogo de Lionel Messi tras la victoria ante Inglaterra en el Atlanta Stadium Aníbal Greco / Enviado Especial - LA NACION

Queda la escena final. Este grupo de hombres, héroes más allá de todo, lo puso al mejor en el lugar que corresponde. Como si todo se hubiera ordenado gracias a una justicia divina, el que más contribuyó para escribir la historia de los mundiales se va a despedir el día en el que en este rincón bien al sur del planeta, miles de desconocidos pueden unirse sin saber sus nombres ni tener más relación que la que une una simple pelota. El domingo Messi jugará su último partido en Copas del Mundo. Que sea lo que deba ser. Confiemos en que el futbol es sabio.

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