Fundamentos
Es preciso activar en nuestro comportamiento de vida una especie de algoritmo, que asegure que lo que bueno que hacemos y decimos tenga un efecto multiplicador.


Cuando hablamos de redes sociales estamos acostumbrados a escuchar acerca del poder de los “algoritmos”. El algoritmo es el sistema programado en las plataformas que utilizamos en las redes, cuyo objeto es seleccionar, ordenar y priorizar todo aquello que nos va a aparecer luego en la pantalla, sean productos, mensajes o conversaciones. Ello, a partir de cuáles han sido nuestras búsquedas previas. Es decir, el sistema se alimenta de la información que nos interesa precisamente para ofrecernos más de ese contenido, creando un ciclo casi inescapable de oferta y demanda. Sin darnos cuenta, entramos pronto en una especie de pecera, donde el mundo de la información se limita a los bordes del recipiente y el único alimento que recibimos es el que llega de la mano invisible de quien nos suministra figuradamente una misma “comida” a un mismo horario.
El tema acá es que, si vertimos en nuestras búsquedas prejuicios, estigmas, odios y resentimientos, poco a poco vamos quedando envueltos en un espacio que nos arroja de regreso esos mismos defectos. Es una dependencia que nos hace creer que el mundo es un reflejo real de nuestras propias debilidades. De allí que el reto de escapar de ese laberinto sea muy complicado. Pero lo que hoy propongo no es ocuparnos del algoritmo de las redes, sino tomar el concepto del algoritmo para llevarlo al plano de las interacciones humanas y en clave positiva. Es decir, activar en nuestra conducta y en nuestro comportamiento de vida una especie de algoritmo que nos asegure que lo bueno que hacemos, decimos y proyectamos tenga un efecto multiplicador.
¿A qué me refiero? Las relaciones humanas también funcionan con una especie de algoritmo. Ese algoritmo opera a base de tres mecanismos naturales que son consustanciales al ser humano: el ejemplo, la reciprocidad y la conversación. Yo sostengo que el hacer buenas acciones tiene como efecto positivo adicional que aquellas personas que nos rodean puedan ver en este ejemplo una guía a imitar. He podido constatar, por ejemplo, que la actitud positiva es tremendamente contagiosa, como lo es la pesimista. Así que uno escoge qué es lo que quiere proyectar y eso es lo que tendrá de vuelta.
He visto a personas también reflexionar sobre el valor de ayudar al prójimo cuando reparan que las personas que más suelen ayudar al necesitado en un semáforo son precisamente aquellas que tienen menos recursos o son personas de condición humilde. Poderoso mensaje para quien muchas veces busca una excusa para no dar.
La reciprocidad, por su lado, también es un poderoso aliciente. La actitud de no bloquear un crucero en el tráfico, por ejemplo, genera en otras personas un efecto de tener la misma consideración, aunque no lo veamos de inmediato. Mismo caso con la cultura del “uno a uno pasamos todos”, que ayuda a superar ordenadamente los tranques en el tráfico.
Por último, las conversaciones educadas y cultas tienen siempre el efecto de estimular el asombro, la curiosidad y el ánimo de aprender. Utilizar el tiempo en familia o incluso en las redes para compartir datos curiosos o relevantes del mundo que nos rodea no solo propicia mejores conversaciones, sino que encuentra ánimos receptivos en nuestros interlocutores. Muchas veces, pequeños detalles cambian vidas.
Así que la urbanidad, la cultura y la solidaridad son aspectos que nos hacen mejores personas y, de paso, a aquellos que nos rodean, con tan solo activar el buen algoritmo de nuestra propia humanidad.
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