Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida; aunque esa impresión la tenía cada vez que me enamoraba, y yo era, ya entonces, un joven terriblemente enamoradizo. Pero ella era distinta. Trabajaba en el turno de noche, era solo unos años mayor que yo, y fue la única tregua real durante aquel agosto del 73 en el Hospital Clínico de València. No fueron los apósitos, ni las vendas empapadas en suero, ni los antibióticos que me pinchaban cada seis horas. Fue ella. Su sola presencia se convirtió en el único horizonte posible dentro de aquellas paredes pintadas de blanco y con un fuerte olor a lejía que emanaba del suelo.

Cama de hospital

Cama de hospitalPedro Madueño / Propias

Todo influyó para que así fuera: la adolescencia en su recta final, mis diecisiete años; la rabia de estar ingresado justo cuando el verano prometía ser el de las primeras noches sin permiso, el de las fiestas en la playa, el de esa libertad recién estrenada que se te escapa entre los dedos; la evidencia agotadora de que estaba solo en una habitación de dos camas, sudando la gota gorda por la calima de aquel agosto sin aire acondicionado, odiando cada minuto aquel lugar atestado de ancianos y moribundos; el aburrimiento, apenas interrumpido por la visita diaria de mi madre con sus bolsas de embutidos para las enfermeras; y, sobre todo, la pierna derecha. Una quemadura mal curada por fuegos artificiales, que se había infectado y que los médicos no lograban cerrar. Cada cura era un suplicio: arrancarme las gasas pegadas a la carne viva, el olor a quemado que se mezclaba con el alcohol, y la certeza de que aquella cicatriz fea y abierta me acompañaría para siempre.

Los primeros días fueron los peores. No solo por el dolor físico, sino por la humillación. Con diecisiete años ya tenía cuerpo de hombre, la barba cerrada y la voz grave; los médicos me trataban como a un adulto, pero por dentro era un chaval asustado al que su propio cuerpo le jugaba malas pasadas. Cuando las estudiantes de medicina me palpitaban el vientre y acercaban sus dedos a mis ingles, yo sentía la vergüenza de siempre: la tensión incontrolable, el rubor en el cuello, y ese silencio cómplice de ellas que fingían no ver lo evidente. Pero lo que más me hundía era la pierna. Ver cómo los bordes de la herida seguían enrojecidos, cómo la fiebre no bajaba, y cómo los doctores fruncían el ceño al cambiar el vendaje.

Hasta que llegó la noche. Porque entonces ella se incorporaba a trabajar en la planta.

Se llamaba X. No creo que tuviera mucho más de veinticinco o veintiséis años. Morena, baja, de una belleza sencilla y clara, con las piernas delgadas pero bien proporcionadas. Lo reconozco: me enamoré el primer día de verla. Y al tercero, la obsesión se me hizo carne. Entró en la habitación con la bandeja de curas, y yo descubrí que tenía un botón de la blusa desabrochado. A través de la abertura, se veía perfectamente uno de sus pechos, apenas cubierto por un sujetador blanco, sencillo, de algodón. No era un pecho espectacular: era pequeño, redondo, firme, con la piel lisa y morena que la luz del velador volvía dorada. Y yo, con la mandíbula apretada por el dolor de la cura, no podía apartar la mirada. Ella debió notarlo, porque al terminar sonrió sin decir nada y ajustó el botón con un gesto rápido. Pero aquella imagen ya se había grabado en mi memoria como un hierro al rojo.

Desde aquel momento, las curas dejaron de ser un infierno para convertirse en mi única razón para despertar. Esperaba su turno con una ansiedad que no sentía ni por los calmantes. Cuando ella se inclinaba sobre mi pierna, sus manos pequeñas y firmes retiraban el tejido muerto con una delicadeza que ninguna otra enfermera tenía, y yo, en lugar de tensarme, me relajaba. Olía su perfume —algo cítrico, limpio, mezclado con el jabón neutro de su piel—, sentía su cabello oscuro rozar mi rodilla, y el dolor se difuminaba. No desaparecía, pero se volvía secundario. Como si su presencia activara algo en mi cuerpo que iba más allá de la piel. Las otras enfermeras me arrancaban gritos; con ella, yo mordía la almohada en silencio, pero no por el dolor, sino para no delatar el temblor que me recorría al sentir sus dedos tan cerca.

Busqué todas las excusas para que viniera a verme fuera del horario de curas, porque su presencia era ya embriagadora. Pedía agua aunque la jarra estuviera llena. Decía que me dolía la cabeza, que no entendía el parte médico. Ella venía, me escuchaba con paciencia, y cuando se hartaba me ordenaba, con una autoridad suave, que durmiera. Entonces yo, a oscuras, con el rumor del hospital de fondo, me tocaba pensando en ella, intentando calmar el infierno de calor que se había instalado en mi cuerpo y que nada tenía que ver con la calima de agosto. Con diecisiete años, el deseo ya no era un descubrimiento; era un huracán que me provocaba largas noches en vela. Y ella era el centro de todo, y la protagonista de mil fantasías, todas iniciadas o finalizadas con un beso.

Me hice amigo de los celadores para sacarles información. Jugaba a cartas con ellos hasta tarde, y entre risas y derrotas supe que X era enfermera sustituta, que cubría las vacaciones de otra, y que su madre había sido doctora en el mismo hospital. También supe que se iba. Que al día siguiente terminaba su trabajo. Que aquella noche era la última en la que la vería.

Esa noche, cuando llegó con la gasa y el suero, la llamé. No recuerdo qué excusa usé. Tal vez le dije que me escocía más de lo normal. Ella se acercó, me curó con esa lentitud suya que yo creía reservada solo para mí, y cuando iba a recoger la bandeja, le agarré la muñeca. Con la voz temblorosa —y no era fiebre— le dije que la quería. Que estaba locamente enamorado de ella. Que era lo único que me mantenía en pie en aquel lugar de mierda. Intenté razonarlo con la serenidad de un adulto, pero las palabras me salían entrecortadas, como si tuviera diecisiete años y no supiera decir las cosas importantes.

Ella me escuchó en silencio. No me interrumpió. Cuando me detuve, solo sonrió, con esa sonrisa suya que era a la vez cálida y distante, y me pidió que me durmiera. Otra vez.

Protesté. Le exigí que me dijera algo. Que no podía irse así, que no sabía lo que me estaba haciendo. Que con ella me olvidaba de la pierna, del dolor, de todo. Creo que dije algo así. Ella dio media vuelta para marcharse, y entonces se detuvo. Volvió a la cama. Me cogió la mano izquierda, la apretó con suavidad, y dijo:

—Cuando seas mayor, me llamas.

Fue entonces cuando acercó sus labios a mi boca y me besó. Intenté dar continuidad a la acción pero ella ya se había separado. 

Me quedé mirando la puerta mientras salía, sin poder decir una palabra. ¿Qué significaba cuando sea mayor? Apenas me faltaba un año para los dieciocho. Y ella lo sabía. Esa frase, tan simple, era a la vez una promesa y una despedida. Una manera de decirme que el chico que estaba allí, con la pierna vendada y el corazón en la garganta, aún no era lo suficientemente hombre para ella, pero que quizá, solo quizá, el tiempo lo arreglaría.

No la volví a ver.

Pero algo cambió aquella noche. Por primera vez en dos semanas, dormí sin despertarme por el dolor. Y al día siguiente, cuando la enfermera de la mañana —la seca, la eficiente— me retiró el vendaje, se quedó mirando la herida con extrañeza. El enrojecimiento había remitido. La fiebre había bajado. Los bordes, por fin, empezaban a cerrarse. Los médicos dijeron que el antibiótico había hecho efecto, que a veces el cuerpo tarda en responder. Yo asentía, pero sabía la verdad. No fue el antibiótico. Fue ella.

Durante las dos semanas siguientes, las curas siguieron doliendo, pero yo ya no las temía. Había descubierto algo que ningún doctor me había explicado: que la admiración, el deseo, la necesidad de ser visto por alguien, pueden ser más fuertes que cualquier infección. Porque cuando ella me curaba, mi cuerpo no se defendía del dolor; se entregaba. Y esa entrega, esa calma que solo su presencia provocaba, permitió que mi piel, por fin, dejara de combatirse a sí misma y empezara a regenerarse. Quise mejorar para ella. Para que, si algún día volvía, no encontrara al chico derrotado de la primera semana, sino a alguien que había logrado salir de aquel agujero.

Nunca la busqué. Los amores de adolescencia suelen ser efímeros, y a veces eso es una ventaja. Pero a menudo, cuando el verano vuelve con su calima pegajosa, cierro los ojos y la veo inclinada sobre mi pierna, con el botón desabrochado, el sujetador blanco de algodón, la piel dorada bajo la luz del velador. Y me pregunto si ella supo lo que hizo. Si fue consciente de que, en aquel mes de agosto, su sola presencia convirtió el lugar más miserable de mi vida en el lugar más maravilloso. Pienso que ella fue un ángel que bajó a la tierra para curarme, porque estando cerca, quise con todas mis fuerzas superar aquella herida. No por mí, sino para que ella, al verme, sonriera y dijera: “Vas mejorando”.

Salvador Enguix Oliver

Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991