Si hay alguien en el mundo del arte con legitimidad para cuestionar los discursos de poder ese es Ai Weiwei. El artista chino vivió su infancia exiliado junto a su familia en una región remota de China debido a la represión del régimen de Mao y decidió abandonar su país en 2015 tras sufrir una intensa persecución del estado por dar visibilidad a los más de 5.000 escolares fallecidos en el terremoto de Sichuan de 2008. Ahora, con 69 años y una vida tranquila en su casa de campo del Alentejo portugués, no baja la guardia y dirige su desconfianza hacia las democracias occidentales y su uso de la inteligencia artificial como forma sutil de censura.
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"Puede que sea demasiado tarde para evitar sus peligros. Ya no tenemos privacidad y cuando los individuos no tienen privacidad ya no son individuos, sino que se convierten en el producto perfecto", declaraba Ai Weiwei en el palacio de bellas artes Bozar de Bruselas, frente a las más de 2.000 personas que habían llenado el gran auditorio para asistir a la charla del creador con el gestor cultural belga Chris Dercon, de la Fundación Cartier, en relación a su último libro 'Ai Weiwei on Censorship' (Thames & Hudson, 2026), que tuvo lugar a principios de octubre.
Para un creador que no concibe la separación entre el arte y la disidencia política, el principal obstáculo que el ciudadano afronta en la sociedad occidental es el de la tendencia a la autocensura por miedo a las represalias. "Pero, en realidad, aquí todo el mundo es libre de opinar y pensar lo que quiera", comentaba Chris Dercon. "En realidad no es así, porque siempre hay un acuerdo común guiado por la autoridad, por el estado, que establece lo que es correcto y aceptable y lo que no", respondía Ai Weiwei, e incidía en "el poder del individuo" para cambiar realidades injustas, ya que "cada uno de nosotros es diferente", añadía.
Ese respeto a la diferencia, invisibilizada por el poder, es un denominador común en los trabajos de Ai Weiwei. Un ejemplo es la obra 'Sunflower Seeds' (2010), en la que llenó la Tate Modern de millones de pipas elaboradas por miles de artesanos como piezas únicas de cerámica que, una vez en conjunto, generaban ese juego de percepción entre la homogeneidad y la diferencia e invitaban al espectador a reflexionar sobre las tensiones entre el individuo en relación con la masa.
El mensaje fue aún más evidente en su obra 'Remembering' (2009), cuando intervino la fachada del Haus der Kunstn de Múnich ― Edificio que utilizó el régimen Nazi para difundir su idea de cultura a través de obras de arte ―, con 9.000 mochilas pertenecientes a escolares fallecidos durante el terremoto de Sichuan, dispuestas de tal forma que formaban la frase en chino "Ella vivió feliz durante siete años en este mundo". Palabras reveladas durante una conversación del artista con una de las madres de las menores fallecidas. "Ella solo quería hacer saber que su hija de siete años había sido feliz mientras había estado viva y yo le prometí que la ayudaría a cumplir su deseo", explicaba Ai Weiwei.
Arte para el activismo
Recordaba las consecuencias de su activismo al denunciar las malas condiciones de la infraestructura en los colegios chinos, así como el ocultismo del estado al no revelar los nombres de las víctimas ni el número real de fallecidos.
"Los policías vinieron a por mí a las tres de la mañana y me di cuenta de lo débil que era porque con un solo golpe me vine abajo", recordaba. Luego mostraba 'selfies' de su estado posterior en el hospital, en los que sacaba el dedo a la cámara, al gobierno chino. Más tarde llegó la pesadilla del arresto, con más violencia, antes de un proceso de reclusión en su propia casa y años de no poder abandonar su país por la retirada del pasaporte.
A Chris Dercon, como entrevistador esa tarde, le surgía la pregunta. ¿Por qué tus piezas artísticas siempre son o muy pequeñas o muy grandes?. "Pequeño o grande es solamente una ilusión", respondía Ai Weiwei. "El planeta tierra puede parecer grande, Pero la tierra es tan pequeña dentro del universo que ni siquiera podrías encontrarla", continuaba. "Miles de personas han sido asesinadas en Uganda; y en Ucrania miles de soldados han perdido alguna de sus extremidades por la guerra e incluso pueden considerarse afortunados porque no están muertos. En comparación con todo eso, lo que yo hago con mi arte no es nada", incidía el activista.
Así se establecía un diálogo con dosis de ironía, como corresponde a los artistas conscientes de sus contradicciones. "Nunca me he considerado un artista chino, aunque mi estómago sí está hecho para los restaurantes chinos", bromeaba Ai. También anécdotas reveladoras, como aquella vez en la que Lego se negó a venderle piezas de plástico para utilizarlas en una obra porque no quería que sus productos se utilizasen para un fin político; "Como si esa declaración no fuese política por sí misma", confesaba el artista.
Tras un repaso breve por una trayectoria de vida unida a la reivindicación y al arte, marcada por el legado de la poesía de su padre, Ai Qing. Había una intención de redondear el perfil con una pregunta sobre cómo se describiría a sí mismo. "Daría una respuesta completamente diferente dependiendo de la era de mi vida", respondía. "Pero me definiría como alguien con una gran curiosidad por la condición humana, la libertad de expresión, los derechos humanos y la creación artística".
Para los adeptos a la cultura que se habían congregado para dar la bienvenida a Ai Weiwei en Bruselas, quedó claro que ninguna acción es fortuita para un artista contemporáneo siempre consciente del contexto en el que situa sus obras. "Algunas personas no son más civilizadas por hacer sufrir más a otras", declaraba, y aludía al sufrimiento de El Congo perpetrado por Bélgica durante la época colonial.
Dos exhibiciones
Quedaba inaugurada la temporada cultural de Otoño en Bruselas, que este año cede gran parte de su protagonismo a este artista con la muestra 'Ai Weiwei: The Art of Defiance', en la galería Patrick Derom hasta el 14 de noviembre, y 'Ai Weiwei: Life, Revolt, Poetry. An homage to Ai Qing & Emile Verhaeren', que se expone en el museo Émile Verhaeren hasta el 13 de diciembre.
La primera se presenta como la primera gran retrospectiva de Ai Weiwei en Bélgica, con obras que recorren los distintos formatos utilizados a lo largo de su trayectoria para defender la libertad de expresión frente a la represión del poder. La segunda, en tono más personal, pone en diálogo al gran poeta belga Émile Verhaeren con el poeta Ai Qing, padre de Ai Weiwei, quien ayudó a difundir el legado de Verhaeren en Asia al ser el primer traductor de sus poemas al chino.
Un buen momento en la capital de Europa para recibir a un artista que invita a despertar la conciencia crítica y a no pasar por la vida sin intentar algún acto disidente, por pequeño que sea, contra las injusticias generalizadas.