Cansancio permanente, dificultad para concentrarse, palidez e incluso falta de aire al realizar actividades cotidianas. Muchas mujeres atribuyen estos síntomas al estrés, a la falta de sueño o al ritmo acelerado de la vida diaria. Sin embargo, en numerosos casos el origen puede ser otro: la anemia, una condición que, de acuerdo con datos de la OMS a nivel mundial, el 37% de las mujeres embarazadas y el 30% de las mujeres de entre 15 y 49 años padecen.

La anemia ocurre cuando la sangre no cuenta con suficientes glóbulos rojos sanos o con la cantidad adecuada de hemoglobina, la proteína encargada de transportar el oxígeno a los tejidos. Como consecuencia, el organismo recibe menos oxígeno del que necesita y aparecen síntomas que pueden pasar inadvertidos durante meses.

Y, otra vez, las mujeres llevamos la peor parte. Esto porque son las mujeres en edad fértil el grupo con mayor riesgo de desarrollar anemia principalmente por las pérdidas de sangre asociadas a la menstruación, sobre todo cuando los sangrados son abundantes o prolongados.

La doctora María Soledad Undurraga, hematóloga de Clínica Universidad de los Andes, explica que “como no existe un parámetro claro sobre qué cantidad de sangrado es normal y tampoco es un tema que se converse habitualmente, muchas minimizan menstruaciones muy abundantes y consultan solo cuando el cansancio ya es importante”. Y añade que, “dado que la pérdida de hierro ocurre de manera progresiva, suelen acudir tardíamente, cuando la anemia ya está instalada”.

El doctor José Luis Briones, hematólogo clínico y máster en Medicina de Precisión y Genética, concuerda. Dice que las mujeres se ven mucho más expuestas a eventos que disminuyen sus reservas de hierro, a través de las menstruaciones, el embarazo y la lactancia. “La severidad dependerá de muchos factores, como qué tan abundante sea el sangrado menstrual, qué tan rica en hierro sea la dieta o la correcta reposición durante el embarazo”. Sin embargo, advierte también que la anemia puede aparecer en cualquier etapa de la vida y que sus causas cambian con la edad. “Más adelante pueden existir anemias que ya no dependen del déficit de hierro, por lo que siempre es importante consultar cuando aparecen síntomas que se salen de la normalidad”.

El embarazo es otro momento crítico, debido a que durante este período las necesidades de hierro aumentan considerablemente para favorecer el desarrollo del bebé y la formación de la placenta. Si esas reservas no se recuperan tras el parto, el riesgo de desarrollar anemia persiste durante el posparto, una etapa en la que el cuerpo continúa demandando nutrientes para la recuperación y, en muchos casos, para la lactancia.

“La madre necesita expandir su volumen sanguíneo y movilizar sus reservas de hierro para formar los glóbulos rojos del bebé, especialmente durante el segundo y tercer trimestre. Además, sabemos que el déficit de hierro materno puede afectar el desarrollo del embarazo y el desempeño neurológico y cognitivo del hijo”, explica Briones.

Cuándo suplementar

En condiciones normales, una alimentación equilibrada suele ser suficiente para mantener adecuados niveles de hierro. Sin embargo, existen situaciones en que la dieta no alcanza. “Cuando hay sangrados importantes, enfermedades que dificultan la absorción o etapas de alta demanda, como el embarazo, es muy difícil que solo con la alimentación se logre corregir el déficit. En esos casos suele ser necesario recurrir a suplementos de hierro indicados por un médico”, afirma el doctor Briones.

La doctora Undurraga agrega que “una persona con absorción intestinal normal y una alimentación adecuada, que incluya proteínas animales como carne, pollo o pescado, no necesita suplementarse. La excepción es, por ejemplo, las mujeres con menstruaciones muy abundantes. En esos casos no solo hay que suplementarlas con hierro, sino también derivarlas al ginecólogo para evaluar si existe algún problema que explique esa pérdida de sangre y corregirlo”.

Ambos especialistas advierten que, en caso de sufrir una disminución importante de hierro en el organismo, se debe tener cuidado con alimentos que interfieren la absorción, como el té, el café y los lácteos. “No significa que haya que eliminarlos, pero sí consumirlos lejos de las comidas principales o de los suplementos de hierro”, explica Briones. Asimismo, recomiendan complementar la dieta o suplementos con cítricos y alimentos que contengan vitamina C, pues potencian la absorción de hierro en el organismo.

Y respecto a los suplementos, la doctora Undurraga advierte que, “antes de indicarlos, siempre es necesario realizar estos estudios, ya que no todas las anemias tienen la misma causa. Algunas enfermedades congénitas, como las talasemias, provocan acumulación de hierro y administrar suplementos en esos casos puede producir daño en distintos órganos”.

Señales de alerta

El cansancio persistente suele ser el síntoma más conocido de la anemia, pero no es el único. Debilidad, mareos, dolores de cabeza, uñas quebradizas, caída del cabello o dificultad para concentrarse también pueden aparecer.

Para Briones, uno de los mayores problemas es que muchas mujeres normalizan estos síntomas. “El llamado es a conocer el propio cuerpo. Cualquier cambio respecto de la normalidad debe llamar la atención”. Undurraga añade que, “en casos más severos puede aparecer el síndrome de pica, caracterizado por el deseo de consumir sustancias poco habituales, como hielo, tierra o incluso cemento”.

El diagnóstico suele comenzar con un hemograma, aunque ese examen no siempre es suficiente. “La anemia es la consecuencia final del déficit de hierro. Antes de que aparezca, el organismo ya agotó sus reservas”, explica Briones. Por eso insiste en la importancia de medir la ferritina, el examen que permite conocer los depósitos de hierro del organismo. “Si existen síntomas sugerentes de déficit de hierro, aunque todavía no haya anemia, la ferritina puede detectar el problema a tiempo”.

Las mujeres con reglas abundantes, embarazadas, en período de lactancia, con enfermedades intestinales o con bajo peso u obesidad son algunos de los grupos que deberían realizar controles médicos periódicos. En muchos casos, un chequeo anual permite detectar el déficit antes de que aparezcan complicaciones.

Esto es importante, porque no tratar esta condición tiene consecuencias. “La anemia afecta la calidad de vida. Disminuye el rendimiento físico, la capacidad de concentración, favorece la fatiga crónica e incluso puede aumentar la susceptibilidad a infecciones. Todo esto termina impactando en la vida familiar, laboral y personal”, concluye Briones.

Undurraga agrega que “cuando la pérdida de sangre es muy lenta, el organismo puede tardar años en agotar sus reservas. Durante ese tiempo la persona se adapta progresivamente, pero llega un momento en que el cansancio es tan importante que incluso actividades tan simples como caminar pueden volverse muy difíciles”.