
Las ciudades se calientan y los árboles son parte de la respuesta. Pero nadie les pregunta a los vecinos qué árboles quieren ni para qué los quieren.
Un grupo de científicos del Reino Unido desarrolló una herramienta gratuita que ubica a las comunidades en el centro de las decisiones sobre los espacios verdes urbanos.
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La investigación, que fue publicada en la revista npj Urban Sustainability, partió de un problema concreto: las políticas sobre árboles urbanos ignoran el vínculo emocional que las personas tienen con la naturaleza, y propone una forma más justa e inclusiva de planificar esos espacios.
La herramienta se llama Visiones de Valor de los Árboles y posibilita que las personas incluso sin formación técnica participen en esas decisiones de manera real. Fue desarrollada por Jasper Kenter, de la Universidad de Aberystwyth en Gales, y colaboradores que trabajan en instituciones del Reino Unido y Estados Unidos.
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Las decisiones sobre árboles urbanos generalmente son tomadas por expertos con criterios técnicos y poca participación de quienes viven en los barrios.
Si bien miden el carbono que absorbe un árbol o su valor visual, dejan afuera el vínculo afectivo que las personas construyen con la naturaleza a lo largo de su vida.
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Ese vínculo tiene un nombre: valores relacionales.
Son las conexiones profundas que surgen de la experiencia, la memoria y las emociones que las personas asocian con los árboles de su barrio, de acuerdo con la Evaluación de Valores de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), un organismo internacional que había sistematizado el concepto.
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Cuando esos valores no se consideran, las políticas de plantación de árboles pierden legitimidad y no logran el respaldo de las comunidades a las que supuestamente benefician.
El nuevo estudio también coloca en el centro del debate la justicia multiespecie: la idea de que los animales, las plantas y los ecosistemas tienen intereses que las instituciones deben considerar al tomar decisiones, no solo los humanos.
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Los científicos quisieron desarrollar la herramienta participativa de bajo costo y lista para usar. Al ponerla a disposición, ahora esperan ayudar a gobiernos locales y comunidades a planificar los árboles urbanos de manera más justa, especialmente útil para municipios con recursos limitados.

Los investigadores desarrollaron la herramienta a partir de talleres con vecinos en Cardiff, Milton Keynes y York, tres ciudades del Reino Unido con realidades urbanas muy distintas.
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Paneles de alrededor de 30 residentes, representativos en género, edad, clase social y etnia, se reunieron tres veces para compartir historias personales sobre su relación con los árboles, imaginar el futuro de esos espacios y priorizar acciones concretas.
Los valores obtenidos se trasladaron luego a Camden y Edimburgo para comprobar si el enfoque funcionaba en contextos distintos.
La herramienta final incluye cuatro visiones narrativas del futuro, 15 resultados posibles a priorizar, 23 acciones concretas de política pública y un taller de tres horas, todo diseñado para aplicarse sin grandes presupuestos.
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Los resultados mostraron vínculos profundos entre los participantes y los árboles de su entorno, muchas veces ligados a la salud mental y a la cohesión del barrio.
Un testimonio recogido en York lo dijo así: “Honestamente siento que salir y ver esos árboles y estar en ese ambiente realmente me salvó; me sacó de un lugar muy oscuro. Y los árboles para mí son solo una garantía… Siempre están ahí”.
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Al priorizar acciones concretas, todos los paneles optaron por medidas de beneficio mutuo entre personas y naturaleza, no solo para los humanos.
Eso reveló que, cuando se les da la oportunidad, los ciudadanos buscan puntos de encuentro entre sus necesidades y las de los árboles y la vida silvestre, lo que el estudio reconoce como una expresión práctica de la justicia multiespecie.

Esa dimensión también apareció en las historias sobre el futuro que los participantes escribieron libremente.
Un vecino de Cardiff imaginó: “En el futuro los árboles se volvieron conscientes y aprendieron a hablar. Al principio las relaciones entre personas y árboles fueron tensas. Pero lentamente personas y árboles empezaron a construir amistades”.
Los investigadores concluyeron que la herramienta integra valores diversos en la gestión local de los árboles urbanos con acciones que responden tanto a las necesidades humanas como a las de la naturaleza.

Entre las limitaciones, los investigadores señalaron que los procesos participativos dependen de una buena facilitación para evitar que las diferencias de poder entre participantes distorsionen los resultados.
Algunos vecinos sintieron que ciertas propuestas, como que los árboles tengan guardianes ciudadanos en decisiones formales, representaban una carga demasiado grande en contextos de privación social.
Cualquier gobierno local, organización comunitaria o grupo ciudadano puede acceder a la herramienta de forma gratuita a través del curso en línea de Open University, sin necesidad de grandes presupuestos ni equipos especializados.

En diálogo con Infobae, la científica Ana Ladio, investigadora superior del Conicet y la Universidad Nacional del Comahue en etnobiología, conservación y sostenibilidad, opinó tras leer el nuevo estudio: “Lo que proponen los investigadores del Reino Unido tiene un poder conceptual enorme para ser aplicado en los parques urbanos de países como la Argentina, especialmente por la raíz multicultural de nuestra población en todo el territorio”.
Por ejemplo, resaltó, el concepto de “vivir como la naturaleza”, que los investigadores definen como la integración de los árboles como miembros activos con derechos dentro de la comunidad, “es la forma exacta en la que las comunidades mapuches se relacionan ancestralmente con el pewen (la planta Araucaria araucana) en la Patagonia”.
Los estudios etnobiológicos locales en la cuenca de Ruca Choroy, Neuquén, demuestran que “este vínculo no es puramente utilitario, sino una unidad biocultural que implica profundas conexiones de parentesco, reciprocidad, espiritualidad y animismo con el bosque”, afirmó.
“Esa cosmovisión, viva en las poblaciones rurales y transmitida a los niños a través de prácticas tradicionales como el piñoneo —la recolección de semillas—, bien podría extenderse y adaptarse al diseño de los espacios verdes y parques urbanos de nuestras ciudades para reconstruir el lazo humano-naturaleza”, precisó Ladio.

Además, de acuerdo con la investigadora, “el estudio sobre los paisajes arbóreos urbanos enfatiza la necesidad de diseñar políticas públicas orientadas a la infancia y la educación ambiental al aire libre para generar futuros defensores de los ecosistemas”.
Para la científica, adaptar la herramienta desarrollada en el Reino Unido “permitiría a los planificadores urbanos y municipios dejar atrás los enfoques puramente técnicos o estéticos de los parques”.
También dijo que “daría un método accesible para escuchar las diversas voces e historias de la comunidad, rescatar los saberes bioculturales locales y diseñar espacios verdes urbanos basados en acciones de beneficio mutuo, donde los árboles no sean tratados como simples objetos decorativos, sino como verdaderos ciudadanos verdes esenciales para la resiliencia y la salud mental colectiva”.