¿Estamos bien o estamos mal? Cuando se les pregunta a los argentinos cómo evalúan su propia vida, la respuesta es un empate: casi mitad y mitad.

Eso surge del flamante Índice de Bienestar, desarrollado por la Universidad de San Andrés, que encontró que el 40% de los adultos consultados se considera “muy” o “algo” satisfecho con su vida personal. Del otro lado aparece un 39% que se declara insatisfecho.

Entre ambos extremos, un 17% responde que no está ni satisfecho ni insatisfecho. Es una sociedad partida al medio –como en la política– pero también en materia de bienestar subjetivo.

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La felicidad varía con la geografía.

Esta primera “fotografía” que la Udesa armó por encargo de OSDE esconde matices. El índice busca ir más allá de la clásica pregunta sobre felicidad y desarma el “bienestar” en diez dimensiones de la vida cotidiana: situación económica y laboral, vínculos sociales, relaciones familiares, salud física y mental, tiempo libre, vivienda, formación y estudios y sentido de propósito.

Cada dimensión se califica en una escala de uno a cinco y, combinadas, arrojan un índice general que en septiembre se ubicó en 3,34 puntos, prácticamente estable respecto de los meses anteriores. El relevamiento abarcó 999 adultos con acceso a internet de todo el país y tiene un margen de error de +/-3,1 puntos porcentuales.

Niveles casi igualados

“Lo que encontramos es casi un empate: tenemos un 40% que está entre muy y algo satisfecho y un 39% que tiene niveles de insatisfacción”, le comentó a PERFIL Diego Reynoso, investigador del Conicet y profesor de Udesa.

Reynoso, que coordinó este estudio, explicó que la idea “fue correrse de una definición difícil de capturar como “felicidad” y concentrarse en el bienestar subjetivo: cómo percibe cada persona su propia situación y qué aspectos de su vida contribuyen a mejorarla o deteriorarla.

La respuesta más clara aparece cuando se observa qué es lo que mejor funciona. Los vínculos son, por amplia diferencia, el principal refugio de este tema. La relación con la familia o con las personas con quienes se convive obtiene un promedio de 3,93 puntos y alcanza un 70% de satisfacción neta. Le siguen las relaciones con amigos y el círculo social, con 3,72 puntos y 62% de satisfacción.

“Los dos componentes donde hay mayor satisfacción son la relación con la familia y los amigos”, resume Reynoso. Y añadió que “esta es de una dimensión especialmente valorada por los argentinos”.

En el extremo opuesto aparece el bolsillo. La situación económica personal obtiene apenas 2,48 puntos sobre cinco y solo 29% de satisfacción, el peor registro de las diez dimensiones. La situación laboral queda penúltima, con 2,85 y 37% de satisfacción.

También hay varias Argentinas según dónde y cómo se viva. Los sectores ABC1 alcanzan un índice promedio de 3,74, mientras que en los segmentos D1D2 baja a 3,20. La edad abre otra brecha: los boomers obtienen 3,66 puntos y los millennials quedan en 3,15, el valor generacional más bajo.

¿Por qué los mayores parecen estar mejor? Reynoso prefiere no convertir esa asociación en una explicación cerrada. “Es multidimensional”, respondió durante la presentación. Entre sus hipótesis mencionó que las generaciones jóvenes pueden ser más exigentes al evaluar distintas áreas de la vida y, sobre todo, convivir con una mayor incertidumbre sobre el futuro. Pero aclaró un punto metodológico central: “Este es un estudio observacional”; recoge lo que las personas declaran y permite detectar relaciones entre variables, no probar qué causa qué.

Amigos. Esa precaución resulta especialmente importante al analizar los hábitos. El informe encontró diferencias fuertes entre quienes dicen comer de forma muy saludable y quienes consideran que su alimentación no es saludable; entre quienes hacen actividad física o mantienen contacto frecuente con la naturaleza y quienes no; y entre quienes se encuentran regularmente con familiares y amigos y quienes permanecen más aislados. Por ejemplo, no reunirse nunca con personas fuera del hogar se asocia con un índice de 2,95, mientras hacerlo tres veces por semana lo eleva a 3,66.

El investigador remarcó que los datos sobre hábitos complementan, y no reemplazan, el peso de factores socioeconómicos. La intención del índice, explicó durante la presentación, es justamente evitar que toda discusión sobre calidad de vida termine reducida únicamente al ingreso o la coyuntura económica y observar también variables vinculadas al descanso, la alimentación, los vínculos, la actividad física o el contacto con espacios verdes.

Finalmente, hay un dato que contrasta con el presente: cuando los argentinos miran hacia adelante, prevalece el optimismo: el 46% cree que dentro de diez años su vida será mejor que ahora; el 18% imagina que estará igual y el 12% peor.

La situación actual podrá estar dividida entre satisfechos e insatisfechos, pero –al menos por ahora– el futuro conserva una ventaja: son muchos más quienes esperan que las cosas mejoren que quienes creen que van a empeorar.

Meditar o rezar periódicamente hace bien

E.G.

Entre los hábitos explorados por el Índice de Bienestar aparece uno que excede estrictamente las variables económicas, físicas o sociales: la meditación y la oración. La encuesta preguntó: “¿Cuántas veces por semana practicás algún tipo de meditación (incluye rezar)?”. El resultado muestra que el nivel más elevado de bienestar no corresponde a quienes realizan esa práctica diariamente, sino a quienes dicen hacerlo una o dos veces por semana: en ese grupo el índice llega a 3,56 puntos. Entre quienes no meditan ni rezan, en cambio, desciende a 3,26. El 59% de los encuestados dijo no hacerlo nunca; 17% afirmó practicarlo una o dos veces por semana, 8% entre tres y cinco veces y 16% más de cinco veces semanales.

El dato resulta sugerente, aunque requiere una aclaración: no demuestra que rezar o meditar “cause” un mayor bienestar. Como explicó Diego Reynoso durante la presentación del trabajo, el diseño es observacional y permite encontrar asociaciones entre determinados hábitos y el índice, pero no establecer relaciones causales. También pueden intervenir edad, situación económica, redes de apoyo, estilos de vida u otras variables.

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Comer mejor suma

De todos los hábitos analizados, ninguno mostró una diferencia tan amplia como la alimentación. Quienes consideran que llevan una dieta “muy saludable” alcanzan un índice de bienestar de 3,80 puntos; entre quienes definen su alimentación como “nada saludable”, cae a 2,62.

La distancia es de 1,18 puntos, la mayor registrada entre los extremos de las variables de hábitos estudiadas. La propia percepción alimentaria también divide a la muestra: 21% dijo “comer muy saludablemente”, 51%, “algo saludable”; el 21% “poco saludable” y el 7% contestó que “nada saludable”.

Reynoso le explicó a PERFIL que la encuesta no midió objetivamente qué había en el plato de cada entrevistado: preguntó cómo cada persona evaluaba su propia alimentación, aclarando como referencia el consumo de frutas, verduras y agua y la reducción de ultraprocesados”. Y agregó: “Hay una definición subjetiva de qué es comer saludable”. Luego concluyó que con estos datos no es posible saber si una dieta mejor incrementa el bienestar o si quienes tienen mejores condiciones económicas y sociales tienen simultáneamente más posibilidades de alimentarse de manera saludable y tener mayor bienestar.