0:000:00
El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Dos mitos eróticos de los ochenta en el escenario: Sabrina Salerno y Samantha Fox. Ambas jugaron hace cuarenta años la carta de sus generosos pechos para asaltar el parnaso de la fama. Los ejércitos de adolescentes que entonces forraron libros y carpetas con sus fotos no lo hicieron por la complejidad lírica de sus interpretaciones. Tampoco por la sofisticación de sus arreglos musicales. Sus fans lo fueron en exclusiva de sus curvas.

Cuatro décadas después, ambas han coincido en el Music Festival de Cunit. Las otrora mujeres más deseadas del planeta pop todavía sacan rédito de su pasado. Como su repertorio no da para mucho, sus conciertos son obligadamente cortos y se apuntalan con la red de seguridad del playback para ahuyentar el riesgo de estropicio.
Dos mitos eróticos de los ochenta en el escenario: Sabrina y Samantha Fox
El espectáculo se adorna con videoclips antiguos para dar fe de que ambas ejercieron de reinas del inocente erotismo de la época. Un recordatorio en imágenes de lo que fueron y, por comparación, de lo que son.
Su negocio ha cambiado. Las lanzó a un fugaz estrellato su cuerpo. Ahora las mantiene en pie la rentable industria de la nostalgia. Sus fans del presente ya no lo son por sus formas. Lo que compran con la entrada es el viaje en el tiempo que sus canciones hacen posible.
Durante un ratito Sabrina y Samantha gritan a la noche de Cunit que seguimos en 1987, que todavía pagamos en pesetas y que todavía están por venir los días en los que la vida exigirá el cobro de las facturas que siempre llegan.
No son las únicas que venden esta fantasía. Son muchísimos los festivales de verano cuyos carteles se reducen a ser punto de encuentro de la fruta madura que, por un módico importe, se da el gusto de reverdecerse por un ratito.
Por eso cuando Sabrina canta su hit, Boys, boys, boys el interés del respetable no se dirige a sus pechos, ni a los de ahora que bailan en el escenario, ni a los de antes, que lo hacen en la pantalla gigante, como sí acontecía en el pasado.
Sucede simplemente que con los acordes de esa malísima canción el público acude al encuentro de su yo del pasado. El espejismo dura unos minutos. Los suficientes para verlos sonreír copiosamente y convencerse, observándolos, de cuán felices se las prometían por entonces.