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Una millonaria argentina lamenta que las calas de Mallorca son muy pequeñas y no permiten la entrada de su yate. Ciertamente, la geología es poco considerada. El problema del verano no es la sensación que tenemos los mallorquines de no poder salir de casa, ni el precio del agua, ni las carreteras colapsadas, ni las playas convertidas en un hormiguero. El verdadero drama consiste en que algunas calas no tienen el tamaño adecuado para un yate de noventa pies. Yo llevaba toda la vida creyendo que justo ahí residía su belleza, en esos entrantes caprichosos entre acantilados, resultado de millones de años de viento, lluvia y Mediterráneo. Ahora descubro que el mundo debe adaptarse al tamaño de nuestros deseos, que el paisaje está obligado a acomodarse a nosotros.

 

 Getty Images/iStockphoto

Mallorca es un inmenso catálogo de experiencias exclusivas: villas con chef privado, helicópteros para evitar atascos, concierges capaces de conseguir una mesa imposible, o un violinista para una cena en alta mar. Toda una industria dedicada a que quienes pueden pagarlo no tengan que escuchar jamás la palabra “no”.

Mallorca es un inmenso catálogo de experiencias exclusivas

Sin embargo, todavía quedan las calas empeñadas en no entender de cuentas bancarias ni de esloras. Obligan al propietario del superyate a fondear lejos y acercarse en una neumática, exactamente igual que obligan al excursionista a caminar veinte minutos bajo el sol para llegar hasta ellas. Durante siglos, las personas nos adaptábamos a los límites del territorio. Hoy parece que los límites son los que tienen que adaptarse a nosotros. Si la montaña estorba, se perfora. Si el mar incomoda, se draga. Si una cala resulta demasiado estrecha… siempre habrá quien piense que el problema es el paisaje. Ese litoral indómito y maleducado, incapaz de adaptarse a las necesidades de una señora argentina que se declara indignada.

Las calas mallorquinas llevan millones de años ignorando imperios, aristócratas, piratas, magnates, celebridades e influencers. Han sobrevivido a todos sin ensanchar un solo metro sus acantilados. Me gusta pensar que seguirán haciéndolo. El último lujo que nos queda no es tener un yate cada vez más grande, sino conservar un rincón del Mediterráneo donde todavía exista algo que el dinero no pueda comprar. Esas calas pequeñas que los mallorquines visitaremos en otoño, cuando reine el silencio.