23 de agosto, 2026 - 06h30

Diferentes medios han expresado que el planeta está sometido a una constante elevación de temperatura, cada año supera al anterior en ascenso de calor con graves y hasta fatales consecuencias para los seres vivos. Las modificaciones del clima y eventos como el Niño, que amenaza, confirman esa afirmación mientras la humanidad no cesa de agraviar a la naturaleza con la contaminación en todas sus formas y los Gobiernos poco o nada hacen para reducir el efecto de los gases de efecto invernadero que acosan sin cesar. Para el caso de las plantas, tanto las silvestres como las cultivadas que alimentan, el efecto es considerable, reflejándose en impactos a las funciones productivas con significativas reducciones de cosechas, impactando los ingresos de agricultores y ganaderos, atentando a la seguridad alimentaria. Los compromisos que asumen los delegados gubernamentales adoptados en las conferencias mundiales sobre clima, son acatados por muy pocos Estados, mientras que la colectividad padece y muere paulatinamente.

El diario español El País, en su entrega del 18 de agosto, comenta con enorme y contagiosa preocupación que el planeta está atravesando peligrosamente el umbral que millones de personas mayores no podrán tolerar, basado en las conclusiones de un serio estudio publicado recientemente por The Lancet Planetary Health que profundiza en la definición de la tolerancia humana al calor, sobre todo para las personas mayores de 60 años, afirmando que el calor sofocante será más frecuente y generalizado de lo que se pensaba, señalando numéricamente que con “una temperatura superior al promedio mundial de 1,5 grados, el 22 % de ellos se verán obligados a soportar un calor peligroso durante un mes al año, riesgo que no correrían los adultos jóvenes o menores de 40. El organismo no soportaría una exposición de esa magnitud, entrando en lo que se define como “estrés térmico incompensable”.

Los cultivos no están exentos a esa anormalidad, ellos tienen rangos de temperatura, con un máximo, mínimo y óptimo, cuando se rebasan los límites máximos, según la especie, entran en el mismo estrés térmico de los humanos, manifestado en alteraciones a los procesos productivos, en los que sobresale la fotosíntesis, reduciendo la capacidad de conversión solar de la luz en energía, reduciendo su desarrollo, bloqueando la actividad microbiana. Impacta en la transpiración, empujando a una pérdida acelerada de agua que, si es mayor a la cantidad de agua que absorbe, se marchita, se deshidrata y hasta muere. El calor extremo desnaturaliza las proteínas y enzimas vegetales, dañando los tejidos y deteriorando las funciones metabólicas, reduce o elimina la floración, llevando irremediablemente a una baja de rendimientos, facilitando la acción de plagas y enfermedades.

Los agricultores están alarmados por la elevación de los niveles de calor; tanto que los productores de mango de Perú piensan que tendrían una importante reducción de cosecha por desórdenes meteorológicos como la alta temperatura, que ha ocasionado un periodo de floración crítico, que no llegará al 15 %, y en ciertas zonas el nivel sería cero, situación que podría repetirse en Ecuador. (O)