Espero haberlo convencido en las entregas pasadas de que el único camino que permite generar riqueza, conocimiento y estabilidad política en el largo plazo se funda en la libertad: de pensamiento, organización y comercio. No he tocado el caso más frecuente que se presenta como contraejemplo: países autoritarios (o, mejor dicho, totalitarios) que logran tasas de crecimiento excepcionales por décadas. Es el caso de China hoy, pero lo fue la Unión Soviética entre 1940 y 1980.
En ambos casos, los estudiosos contemporáneos del fenómeno vieron al país totalitario como el que se convertiría en la mayor potencia global. No solo mantenía tasas de crecimiento aparentemente extraordinarias, sino que obtenían logros tecnológicos espectaculares, como ser el primer país con viajes espaciales a inicios de los 60, o competir hoy en el terreno de la inteligencia artificial.
Al crecimiento económico en esos países (y en América Latina durante la posguerra) lo califiqué de “crecimiento agotador” en El fin de la confusión, hace una década. Ocurre cuando un país que no ocupaba todos sus recursos los va incorporando a la producción, con lo que ésta crece, pero no por producir mejor (es decir, por productividad) sino simplemente porque se están agotando los recursos. Esos países pueden tener tasas de crecimiento muy elevadas por décadas, conforme sacan personas de la agricultura tradicional para incorporarlos a la industria, destruyen su medio ambiente, y adoptan tecnología que los países desarrollados van descartando. Con esto, los países del crecimiento agotador logran alcanzar un ingreso medio (global), a costa de catástrofes ambientales y condiciones de vida deplorables (por la urbanización acelerada).
La Unión Soviética y China hicieron lo mismo que otros países que alcanzaron resultados diferentes: Alemania, Japón y Corea del Sur. En todos ellos, la decisión fue invertir todo lo posible, financiándola con ahorro de la población, o lo que es lo mismo, con consumo deprimido. Esto obliga a exportar lo producido, porque la población no tiene con qué comprar. La Unión Soviética nunca logró que eso funcionara, y su menor producción agrícola terminó por derrumbarla. Los demás países sí pudieron exportar, y con ello crecer. Alemania logró balancear su economía, Japón no. El exceso de inversión en Japón se convirtió en una burbuja inmobiliaria que estalló en 1989, y desde entonces ese país no crece. Corea logró evitar ese fin gracias a la crisis asiática de 1998, que le facilitó el balanceo. China ha repetido el error de Japón, y su burbuja estalló en octubre de 2021, y desde entonces están en serias dificultades, que están escondiendo bajo una ola exportadora sostenida en vender por debajo del costo de producción.
Un elemento adicional que explica por qué Alemania, Japón y Corea lograron romper la barrera del ingreso medio (lo que ya no logró China) fue la existencia de una coalición entre empresarios y políticos que se centró no en la extracción de rentas (como los empresarios compadres en América Latina) sino en el fortalecimiento del país. No deja de ser una variación de compadrazgo, como se queja Wolfgang Münchau en Kaput: el fin del milagro alemán, pero la orientación de la coalición sí hace una diferencia notable, reflejada en la capacidad de superar el ingreso medio.
Todos esos países pudieron deprimir el consumo de la población, sea porque todavía podían acudir al “sacrificio patriótico” o porque eran totalitarios. En América eso no parece posible. En México, además, el consumo ha crecido notablemente, sostenido en incrementos salariales por encima de la productividad y en el reparto de dinero. En sentido estricto, eso no es crecimiento, aunque contablemente lo parezca. El crecimiento real proviene de mejoras en las herramientas y la organización, o como le dicen los economistas, en inversión y productividad total de los factores. Cambiar el foco del consumo a estas variables es un paso indispensable. La próxima semana platicamos cómo.