Durante su primer mandato, Donald Trump sorprendió al mundo hablando de las "cartas de amor" que intercambiaba con Kim Jong-un. "Nos enamoramos", llegó a decir en 2018 el presidente estadounidense sobre aquella insólita correspondencia con un dictador que apenas unos meses antes amenazaba con lanzar misiles nucleares contra Estados Unidos.

Ocho años después, las cartas siguen sobrevolando la Península de Corea, aunque ahora el destinatario de las palabras más afectuosas del líder norcoreano no está en Washington, sino en Moscú.

Kim escribió hace unos días a Vladimir Putin que se sentía "orgulloso" de los fuertes lazos entre Corea del Norte y Rusia. El presidente ruso respondió celebrando que las relaciones habían alcanzado un "nivel sin precedentes de asociación estratégica integral". El intercambio epistolar coincidió con nuevas informaciones sobre soldados y misiles norcoreanos enviados para alimentar la guerra de Putin en Ucrania.

Mientras Moscú y Pyongyang se intercambian elogios, al otro lado de la Zona Desmilitarizada, una franja de cuatro kilómetros de ancho que desde hace más de siete décadas divide las dos Coreas, miles de soldados surcoreanos y estadounidenses comenzaron este lunes sus grandes maniobras anuales.

El Ulchi Freedom Shield se prolongará durante 11 días y movilizará a alrededor de 18.000 militares de Corea del Sur, además de fuerzas estadounidenses. Los ejercicios incluyen escenarios de ataques con drones y operaciones cibernéticas, pero también una amenaza que hasta hace poco no figuraba en los manuales: soldados norcoreanos que regresan a casa después de adquirir experiencia real de combate en Ucrania.

Pyongyang lleva años denunciando estas maniobras como preparativos para invadir el Norte. El pasado viernes, su Ministerio de Exteriores volvió a calificarlas como un "ensayo para una guerra de agresión". Esta vez, sin embargo, Kim ha encontrado un inesperado aliado para cuestionar los ejercicios: el propio presidente de Estados Unidos.

Trump anunció el domingo que había ordenado al secretario de Guerra, Pete Hegseth, "reducir sustancialmente" las maniobras militares conjuntas con Seúl. "Estos ejercicios no sólo son costosos, y gran parte de esos costes los paga Estados Unidos de América -¡como siempre!-, sino que envían una señal totalmente inapropiada y hostil", escribió en su red Truth. Aunque reconoció que ya era demasiado tarde para cancelar los ejercicios de este año.

La nueva rabieta de Trump tenía además una segunda derivada que poco tenía que ver con Corea del Norte. El presidente reprochó públicamente a Seúl que hubiera rechazado participar en la guerra estadounidense contra Irán. Washington había presionado a varios aliados asiáticos para que contribuyeran a proteger el tráfico marítimo por el Estrecho de Ormuz. Corea del Sur, muy dependiente del petróleo que atraviesa esa ruta, respondió con cautela y recordó que un despliegue de tropas en el extranjero necesita la aprobación de su Asamblea Nacional.

Trump no lo olvidó. En su mensaje del domingo recordó que había preguntado al presidente surcoreano si quería sumarse a Washington en la "desnuclearización" de Irán. La respuesta, según su versión, fue un escueto: "No, gracias".

El cuestionado paraguas estadounidense

El tirón de orejas llega en un momento especialmente delicado para Seúl, que lleva años reforzando sus capacidades militares frente a un vecino que ha multiplicado sus pruebas de misiles y ampliado su arsenal nuclear.

Alrededor de 28.500 soldados estadounidenses continúan desplegados en territorio surcoreano como principal garantía de disuasión. Pero Trump lleva desde su primer mandato cuestionando cuánto le cuesta a Washington proteger a uno de sus principales aliados en Asia y exigiendo que Seúl pague más.

La incertidumbre alimenta además un debate interno muy incómodo: hasta qué punto Corea del Sur puede confiar indefinidamente en el paraguas nuclear estadounidense. Washington lleva décadas tratando de impedir que Seúl desarrolle su propia bomba atómica garantizando que responderá ante cualquier agresión norcoreana. Cada amenaza de Trump de retirar tropas, reducir ejercicios o revisar los costes de la alianza vuelve a abrir esa discusión.

En este escenario, el Gobierno surcoreano está intentando volver a tender un puente hacia el Norte. La semana pasada, el presidente Lee Jae-myung propuso retomar las conversaciones con Pyongyang para poner fin oficialmente a una guerra que, sobre el papel, nunca terminó.

La Guerra de Corea quedó congelada en 1953 mediante un armisticio. No hubo un tratado de paz. La frontera entre ambos vecinos es una de las más militarizadas del planeta, con artillería, minas, puestos de vigilancia y cientos de miles de soldados a ambos lados. Lee quiere que la negociación política vuelva a ocupar un espacio que durante los últimos años han monopolizado los misiles.

Pero el interlocutor al norte de la frontera parece hoy más interesado en Moscú que en Seúl o Washington. Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, Kim ha encontrado en Putin el socio que necesitaba para romper parcialmente su aislamiento. Corea del Norte suministra a Rusia munición, misiles y soldados. A cambio, recibe alimentos, energía, divisas y, sobre todo, acceso a tecnología militar rusa que podría acelerar sus programas armamentísticos.

La cooperación militar continúa creciendo. Desde la Inteligencia ucraniana han manifestado en los últimos días que una nueva unidad norcoreana ha comenzado a desplegarse en el oeste de Rusia y podría operar hasta 120 misiles balísticos y seis lanzadores desde la región de Voronezh.

Kim y Putin están queriendo envolver su alianza en una narrativa histórica. La reciente carta enviada por el presidente ruso con motivo del aniversario de la liberación de Corea del dominio colonial japonés ensalzó los esfuerzos conjuntos de ambos países para garantizar "la seguridad y la estabilidad regionales". Kim respondió asegurando que estaba orgulloso de poder anticipar "un futuro aún mejor" para las relaciones bilaterales.

Es el nuevo juego de equilibrios alrededor de la Península. Seúl se rearma mientras pide diálogo. Washington despliega decenas de miles de soldados mientras su presidente cuestiona el precio de hacerlo y presume otra vez de su "muy buena relación" con Kim. Pyongyang denuncia los "juegos de guerra" estadounidenses mientras prueba nuevos misiles y manda tropas a combatir a Europa. Y Putin escribe cartas al líder norcoreano agradeciendo una alianza que se mide en soldados, proyectiles y cadáveres sobre el campo de batalla ucraniano.