En 1976 el mundo conoció una enfermedad hasta entonces desconocida. Casi en forma simultánea aparecieron dos brotes de una fiebre hemorrágica devastadora: uno en Sudán y otro en el entonces Zaire, hoy República Democrática del Congo. Para evitar que la pequeña aldea de Yambuku quedará estigmatizada para siempre, los investigadores bautizaron al nuevo virus con el nombre del río Ébola, que corre cerca de ese lugar. El Ébola es una zoonosis, es decir, una enfermedad que pasa de los animales al ser humano. Se considera que los murciélagos frugívoros, que se alimentan de frutas, constituyen su reservorio natural. La transmisión entre personas ocurre por contacto directo con sangre, secreciones u otros fluidos corporales de individuos infectados, vivos o fallecidos. Incluso los rituales funerarios tradicionales, en los que familiares y allegados manipulan el cadáver, han contribuido a la propagación de numerosos brotes. Tras un período de incubación que suele oscilar entre 2 y 21 días, aparecen fiebre alta, intenso decaimiento, dolor muscular, cefalea y dolor de garganta. Luego pueden agregarse vómitos, diarrea, compromiso hepático y renal y, en los casos más graves, hemorragias. Según la especie del virus y la calidad de la atención médica, la mortalidad puede variar entre el 30% y el 90%. Una de las historias más fascinantes de la medicina moderna tiene como protagonista al médico e investigador belga Peter Piot. En 1976, con apenas 27 años, recibió en Amberes una muestra de sangre enviada desde África correspondiente a una religiosa fallecida por una enfermedad desconocida. Al observarla al microscopio, él y su equipo descubrieron un virus nunca antes identificado. Poco después viajó al Congo, ayudó a reconstruir la cadena de contagios, impulsó medidas de aislamiento y contribuyó a controlar la epidemia. Años más tarde se convertiría en una de las figuras más influyentes en la investigación mundial sobre el VIH/SIDA. “No fue solamente el descubrimiento de un virus; también fue el descubrimiento de mí mismo”, recordaría décadas después. Desde 1976 se registraron numerosos brotes en África, pero el más grande de la historia ocurrió entre 2014 y 2016 en África Occidental, principalmente en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Aquella epidemia provocó más de 28.000 casos y más de 11.000 muertes, convirtiéndose en la mayor emergencia por Ébola jamás registrada. Pues bien, a diferencia de lo que ocurría hace medio siglo, hoy existen tratamientos específicos con anticuerpos monoclonales, como Ebanga e Inmazeb, que han mejorado significativamente el pronóstico cuando se administran precozmente. También se dispone de vacunas eficaces para controlar los brotes y proteger a las personas expuestas. ¿Hubo alguna vez Ébola en la Argentina? La respuesta es no. Nuestro país nunca registró un caso confirmado. En distintas oportunidades existieron pacientes sospechosos, especialmente durante la epidemia de África Occidental de 2014, pero todos fueron descartados tras los estudios realizados por el Instituto Malbrán. El Ébola sigue siendo una de las enfermedades infecciosas más letales conocidas. Sin embargo, también representa un ejemplo de cómo la ciencia, la cooperación internacional y la salud pública pueden transformar una amenaza devastadora en una enfermedad cada vez más controlable. La Argentina nunca registró un caso confirmado de Ébola y la vigilancia epidemiológica continúa siendo fundamental frente a enfermedades emergentes. La historia del Ébola también tiene un rostro: el del médico e investigador belga Peter Piot, quien participó en el descubrimiento del virus cuando tenía apenas 27 años. Con el tiempo se convirtió en una de las figuras más influyentes de la infectología moderna y recibió numerosas distinciones internacionales por sus aportes a la investigación del Ébola y del VIH/SIDA. Su trayectoria demuestra que detrás de cada gran descubrimiento científico hay curiosidad, compromiso y el valor de enfrentar lo desconocido.

Juan L. Marcotullio.

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