5 de agosto de 202614:439'minutos de lectura
Quería ser basquetbolista y llegó a jugar en River, pero la altura no le daba. Sin proponérselo, un amigo lo invitó a tomar clases de teatro y le marcó el camino. Desde entonces, César Bordón hizo decenas de películas, obras de teatro y programas de televisión.
Su primer bolo fue en la novela El infiel, donde interpretó a un policía que llevaba preso a Arnaldo André y su única frase era “está detenido”. Con determinación y pasión, siguió buscando oportunidades y fue el padre de Lali Espósito en Casi Ángeles, el representante en la serie de Luis Miguel, el padre de Nahir también en la serie y tantos personajes más. Ahora protagoniza Canelones, la película inspirada en un cuento de Hernán Casciari que Bordón protagoniza junto a Verónica Llinás, Darío Barassi y Agustín “Rada” Aristarán y que se estrena este jueves 6 en cines y luego también en Flow.
En diálogo con LA NACION, César Bordón repasa sus inicios en La banda de la risa, sus años en Videomatch haciendo cámaras ocultas, la experiencia de trabajar con Wanda Nara, sus sueños de basquetbolista y la familia.
-¿Qué pensaste cuando te llamaron para hacer una película con producción comunitaria y cómo fue la experiencia de hacerla?
-La forma de producción me pareció exótica, pero no tuvo nada que ver con la contratación, que es la misma que me puede hacer cualquier empresa. Tiene 5.700 socio- productores, aunque no todos opinan, lo cual es saludable porque sería un poco conflictivo (risas). La experiencia con Orsai Producciones fue fantástica, tienen una gran humildad y hubo una gran apertura para escucharnos; no es una empresa piramidal de imponer cosas. Inicialmente iba a ser una serie y se decidió hacer la película, y creo que ganó mucho porque está la pulpa de la historia, el estado puro del conflicto. Y fue muy lindo trabajar con Verónica, a quien conozco desde hace muchos años, porque trabajamos juntos en El palacio de la risa, con Antonio Gasalla.
-¿Habías leído el cuento de Casciari?
-Había leído el cuento y la película es una especie de spin-off. La historia me pareció muy interesante. Y lo conocía a Hernán porque, además, alguna vez me llamó para leer un cuento.
-¿Cómo fue construido este personaje que existió?
-Tengo este debate muy seguido con los personajes que hago. Ya fui Hugo López, el representante de Luis Miguel. Después fui el padre de Nahir Galarza. Hoy hay una mezcla, porque muchos casos de la vida real son llevados a la ficción. Una especie de true crimes. La verdad es que no tengo conflicto con eso. En el caso de la serie Nahir fue un poco más complicado porque el tipo tiene mucha presencia, también en los medios. Me le parezco, y con el maquillaje y la producción aún más; copié algunos gestos y traté de robarle el alma, de tomar el espíritu, como digo yo. En otros personajes no es tan relevante. En el caso de Hugo López, si bien también es real, la gente no lo conocía y pude hacerlo como quería. Este de Canelones, Daniel Olesnik, es real pero no existe en la imagen de la gente y construí un personaje sobre los datos del libro de igual manera que si me dieran para hacer Hamlet. Y hablé con Hernán y con su mamá, Chichita, pero no nos referimos tanto al cuento sino a su historia personal. Me parece que la ficción se construye por sí sola. Es una comedia negra, una historia de venganza un poco fallida porque finalmente no se lleva a cabo, y es un enamoramiento falso que se convierte en real, y hay torpezas. Me gusta ese tipo de humor, tipo La fiesta inolvidable de Peter Sellers. Todo lo que puede salir mal, sale mal (risas).
-¿Tenés otros proyectos?
-Siempre tengo proyectos. En unas semanas empiezo a filmar una película. Y estamos ensayando una obra que estrenamos en Timbre 4, No me dejes así, con dramaturgia de Mauricio Kartun.
-Sos un actor que trabaja mucho, con personajes más o menos importantes, pero siempre estás.
-Tengo la suerte de que me gusta mucho el trabajo y que siempre me convocan. Naturalmente, estos son años más austeros. Pero también tengo alguna chance de viajar y trabajé en otros países como Alemania, Colombia, Brasil.
-También hiciste series verticales, una de ellas es la de Wanda Nara. ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con un personaje tan mediático?
-Eso también es algo exótico, porque cuando me hablaron de series verticales con capítulos de un minuto me costó entenderlo. Wanda y Maxi hacían de sí mismos, aunque tenían que respetar ciertas cosas de la ficción y los directores estuvieron muy atentos a eso. Creo que le sacaron el jugo que necesitaban. Me parece que es un divertimento que estuvo muy bien y tiene el arrastre de lo mediático; tiene como 20 millones de visitas. Todo estuvo muy bien porque yo hablo cuando me dan el espacio y hago lo que tengo que hacer cuando me toca. Me parece que se trata de eso y no voy más allá. De ese modo me manejo. Me va bien de esa forma. También entiendo que hay que adaptarse a las plataformas, a las series verticales. Por supuesto, tengo la parte romántica, porque hay películas que hay que verlas en el cine. Cuando tenía 20 y hasta mis 25 años, vivía en Callao y Corrientes y todos los días terminaba de trabajar y me iba al cine.
-¿De qué trabajabas?
-Era el encargado de un restaurante que se llamaba El vegetariano, que ya no existe. Me conocían muchos artistas que iban a comer ahí. Hoy voy una vez por mes al cine. Ahora veo películas, pero en plataformas.
-¿En ese momento ya eras actor?
-Sí, pero trabajaba de otra cosa para comer. Hacía teatro en El vitral, que quedaba a la vuelta; era algo independiente y sacaba dos mangos. Entonces necesitaba otro ingreso.
-¿Y cuál fue el programa que te dio la oportunidad de vivir de este oficio?
-Trabajé con un grupo muy emblemático que fue La banda de la risa. Ahí empecé a ganar unos manguitos, a finales de los 80. Fue muy útil porque de acuerdo a los espectáculos que queríamos hacer, contratábamos a una maestra de Comedia del arte, y si teníamos que hacer música aprendíamos instrumentos o canto. Fue una época muy buena. Y también fue un momento de un cambio personal de vida, porque además me había casado, me separé, tuve un tiempo de replanteo, y empecé a hacer muchos trabajos chiquitos. Trabajaba también de asistente de dirección y ganaba dinero de varias cosas. La banda de la risa era una vidriera muy grande, con espectáculos muy destacados que veían los productores, los compañeros. Y entonces aparecían otras oportunidades, como por ejemplo El palacio de la risa. Con el tiempo aprendí a ser eficiente, más allá de la capacidad o el talento. Me hice un actor de oficio y trabajé dos capítulos en una novela, diez en otra y después veinte, hasta que apareció un personaje.
-¿Cuál fue el primer personaje bueno que conseguiste?
-Fueron varios, pero uno de ellos era Terremoto, el padre de Lali Espósito en Casi Ángeles. Después hice la película de Lucrecia Martel, La mujer sin cabeza, y Relatos salvajes. Tengo una vida razonable y cuando tuve plata no me compré un auto de alta gama sino uno normal; nunca tuve desmedidas ambiciones. Cuando hice Como pan caliente tuve trabajo todo el año, pero terminó y hubo varios meses sin nada y me había gastado todo. Recuerdo que pensé: “Esto no me tiene que pasar nunca más”. Y aprendí.
-Trabajaste en Videomatch, ¿qué hacías ahí?
-Fue en la época de las cámaras ocultas, pero aparecía poco porque más bien estaba en la producción, tiraba ideas como el tipo que le pegaba con un palo al que caminaba por la calle. No era ortodoxo y casi no salía al aire. Le escribía los piropos a Leo Rosenwasser en la panadería, algo así como “agarrame el sanguchito” (risas). Después me fui a trabajar con Gasalla y a los 10 años volví ya como actor a hacer cámaras ocultas con José María Listorti, donde yo hacía del productor.
-¿Es verdad que querías ser basquetbolista?
-Sí, y jugaba en River, mi club del que soy socio todavía. Mi viejo jugaba al básquet y yo quería ser profesional. Jugué hasta los 22 años y no seguí porque es un medio difícil y, entre otras cosas, me faltó altura. Todos me dicen que soy alto, pero para el básquet soy enano. Fui árbitro también. Tengo una constante en mi vida y es que determinadas cosas se han diluido para darle lugar a otras. Vengo de una familia de laburantes con un papá que trabajaba llevando la contabilidad de un comercio, aunque no era contador, y una mamá ama de casa. Cuando pudo comprar un departamento se buscó otro laburo para pagar la cuota y eso fue lo que aprendí, a trabajar. Entonces, cuando vi que el básquet no iba busqué otra cosa. Pensé en ser modelo, porque era flaco, y en hacer locución, hasta que un amigo me preguntó si quería estudiar teatro y nos anotamos en las clases de Fernando Ciro. Yo tenía esa cosa histriónica de contar chistes entre mis amigos, de presentar los actos del colegio, de bailar en los carnavales. Con el tiempo, seguí formándome. Lo primero que hice fue El infiel y metía en la cárcel a Arnaldo Andre. Decía: “Está detenido”. Después, una cosa llevó a la otra.
-Con paciencia...
-Sí. Y determinación. Y confiar. Mi objetivo no era hacer la novela sino ser actor. Entonces un actor se complementa de muchas cosas.
-Tenés una hija, ¿sigue tus pasos?
-Sí, Antonia tiene vocación de artista. Está haciendo la carrera de azafata, que ya termina, y la ve como una salida laboral posible. Y está haciendo la escuela de cine, que es más larga. Y estoy casado hace más de veinte años con Gloria, que hace restauración de muebles.