Christopher Timmermann (40) trataba de entender uno de los fenómenos más básicos y fascinantes de la existencia humana cuando se dio cuenta de que ese camino pasaba por distorsionar un poco las cosas. Como estudiante de psicología su interés por entender nuestro mundo interno tomó un título más concreto y se transformó en una búsqueda por estudiar la conciencia. A eso llegó a Bolonia, donde estudió Neurociencias. Pero fue un viaje a Londres lo que terminaría marcando su carrera. Una conferencia sobre la ciencia de los psicodélicos -un área que por ese entonces, en 2013, estaba comenzando a tomar forma en el entorno científico formal- lo hizo emprender un viaje que terminaría con él radicado en la capital inglesa. Para alguien interesado en la conciencia, la provocación era irresistible. “Estas son sustancias que alteran la cualidad de la experiencia consciente de una forma muy significativa, y con un gran potencial terapéutico”, explica.

Timmermann se doctoró en Neuropsicofarmacología en el Imperial College de Londres y comenzó a experimentar con dos compuestos que a menudo se resumen bajo el nombre de uno de ellos: el DMT y el 5-MeO-DMT, dos psicodélicos de la familia de las triptaminas caracterizados por ser muy potentes -el segundo más que el primero- y de acción rápida.

Christopher Timmermann Foto: Andres Perez Andres Perez

El DMT ha sido llamado “el Everest de los psicodélicos”. También lo llaman “la molécula de Dios”, por las experiencias místicas profundas que reportan quienes han viajado bajo su influencia.

En Londres, Timmermann lideró los primeros estudios de neuroimagen de DMT en el mundo y, hasta el año pasado, dirigió el DMT Research Group, donde investigó tanto el DMT como el 5-MeO-DMT y su desarrollo clínico para el tratamiento de la depresión. “Estas son medicinas de la conciencia”, explica. “Es decir, al cambiar la experiencia subjetiva y sus correlatos neuronales, también cambia la conciencia a largo plazo, se transforma”.

Hoy es codirector del Centro de Investigación en Conciencia de la University College London (UCL). Autor de más de 60 publicaciones científicas, su investigación ha capturado la atención de medios de todo el mundo y es común verlo entrevistado en varios de los abundantes podcasts sobre el uso de psicodélicos que pueden encontrarse online.

Con Chile mantiene una relación estrecha. En 2022 fundó la Fundación ECOH, dedicada a la educación pública y la investigación sobre psicodélicos en América Latina, y colabora con investigadores chilenos que trabajan en el área. Hace unas semanas estuvo en Santiago visitando a su familia y participando de una de las “Noches Nerd” dedicadas a la consciencia.

¿Cuál es la principal diferencia entre el DMT y el 5-Meo-DMT?

El DMT es NN-Dimetiltriptamina, que está presente en el ayahuasca, por ejemplo. Es el componente que genera estas experiencias altamente inmersivas, donde las personas sienten que se separan del mundo inmediato y se ven inmersas en este mundo alternativo de experiencia, donde se encuentran con “entidades”. Es una experiencia visionaria llena de contenido. El 5-MeO-DMT (5-metoxi-DMT) es una molécula muy similar, pero tiene algunas diferencias clave, como generar una experiencia casi sin ningún contenido. Es muy efectivo “disolver el ego”. Y eso es clave desde un punto de vista terapéutico. La idea es que el ego, estos patrones que básicamente asociamos a nuestra identidad, están íntimamente ligados a la salud mental. Por ejemplo en depresión hablamos de un ego que está pegado en sus loops, hablamos de la rumiación como la clave de la ansiedad y también de muchos aspectos depresivos, en donde el ego está fijado con una forma de ser en el mundo.

El renacimiento psicodélico

Desde que Albert Hofmann sintetizó y luego “viajó” con la dietilamida de ácido lisérgico, o LSD, en 1943, la gran línea de tiempo de la experimentación científica con drogas alucinógenas o psicodélicas sufrió una abrupta interrupción a inicios de la década de 1970. El uso y la significación social y política que le dio a estas sustancias principalmente el movimiento de la contracultura en la década anterior terminó perjudicando a los investigadores, aun cuando muchos habían obtenido promisorios resultados.

Recién a inicios de este siglo el resurgimiento de estas investigaciones que se había registrado en la década anterior comenzó a ser validado en ámbitos académicos -principalmente gracias a investigaciones con psilocibina, el compuesto activo de los llamados “hongos mágicos”- y posteriormente con MDMA (que no es un psicodélico sino un empatógeno, pero se asocia al mismo grupo por su historia común), que ha mostrado resultados promisorios en el tratamiento de patologías como depresión y trastorno de estrés postraumático.

Cuando Christopher Timmermann llegó a estudiar con psicodélicos a Londres, encontró un entorno científico aún dividido frente al tema. “Parte de nuestros colegas consideraban que lo que estábamos haciendo era puro hipismo”, recuerda. “Por suerte, me uní a un equipo de vanguardia en el Imperial College que estaba muy bien avalado”. Ese equipo estaba liderado por figuras como David Nutt y Robin Carhart-Harris, pioneros y referentes en el tema.

Timmermann hoy es codirector del Centro de Investigación en Conciencia de la University College London (UCL). Foto: Andres Perez Andres Perez

Una década después, el panorama es distinto: la expectación y el hype en torno a la investigación con psicodélicos está validada mundialmente, con hitos como la orden del gobierno de Estados Unidos a la FDA de ingresar a un proceso de revisión acelerada y con estatus de terapia innovadora a fármacos basados en compuestos como la psilocibina, el LSD y el MDMA. El mercado farmacéutico ya está apostando por estas terapias: hace unas semanas, la norteamericana Eli Lilly pagó 3.800 millones de dólares por AtaiBeckley, una startup que desarrolló un spray nasal de acción rápida basado en 5-MeO-DMT, diseñado el tratamiento de la depresión resistente.

Timmermann ve todo esto con optimismo pero también con cautela. “El gran riesgo es que la farmacéutica está acostumbrada a un modelo en donde lo que se aprueba es la molécula y no el tratamiento”, advierte. “Y en las terapias que funcionan la experiencia psicodélica debe ser acompañada de sesiones de preparación, de integración, y de un cuidado durante la sesión misma”, dice.

¿Qué significa trabajar en el laboratorio con algo rodeado de tanto interés y expectación?

Efectivamente hay algo con los psicodélicos que es muy atrayente, y es también un fenómeno cultural, que no es sólo ciencia. Algo que guía mi trabajo es el tema interdisciplinario, porque hay aspectos relevantes como las humanidades, la psicología, y para qué decir la antropología, clave para entender estos fenómenos como sociales, no simplemente como un agregado de cerebros que tienen estas experiencias.

¿Cómo se incorpora todo lo que se ha ido descubriendo ahora con lo que sabemos del uso de estas sustancias en rituales y comunidades ancestrales? ¿Hay muchas coincidencias?

Coincidencias y divergencias. Por ejemplo, en el caso del DMT, tiene efectos bien espectaculares en la conciencia. Una de las cosas que vemos en el laboratorio y que sucede también en la selva es que la gente encuentra estas “entidades” que vienen a ser categorizadas de forma distinta. En el laboratorio pueden ser “alienígenas”, “personas significativas”, “un espíritu”, etc. En la selva es el árbol, la planta. Pero la convergencia está en eso de la “otredad” que se manifiesta como si fuera una identidad separada de la mía. A mí me gusta pensar que los psicodélicos -con los efectos que generan en la percepción- son invitaciones, y la cultura viene a darles forma. Y esas invitaciones tampoco son neutrales: tienen su carácter, sus ecos, sus posibilidades. Es este encuentro entre el organismo con esa molécula y lo que ella ofrece lo que genera esta experiencia humana.

“El gran riesgo es que la farmacéutica está acostumbrada a un modelo en donde lo que se aprueba es la molécula y no el tratamiento” Foto: Andres Perez Andres Perez

¿Cómo se maneja esa variable cultural, la carga con la que llega un sujeto, en el laboratorio?

Midiéndola, principalmente. Hablamos con los participantes, vemos de dónde vienen, cuáles son sus mundos de significado. Por ejemplo, hablando de lo que se manifiesta como esta “otredad”, o la separación de la mente con el cuerpo, o del “alma”, todas esas son formas de aproximarse a lo que se manifiesta. No hay sujeto neutro, todos vienen de una cultura, ya sea el religioso, ya sea el psiconauta que quiere explorar la mente, ya sea el científico, ya sea el budista. La idea de que la ciencia pueda atomizar el fenómeno, sacándole la cultura al sujeto, es una falacia. Y nuevamente acá es donde los psicodélicos nos vienen a alumbrar, a mostrar cómo esa cultura se manifiesta en la conciencia, e incluso en la actividad cerebral, en algún grado.

Cuando comenzó la campaña por el uso terapéutico de la marihuana, da la impresión de que se generó una idea errónea sobre su aparente inocuidad. ¿Puede pasar algo similar con los psicodélicos? ¿Tenemos información sobre sus riesgos?

Me parece clave. Efectivamente, los psicodélicos son una herramienta que funciona en gran parte porque desestabiliza el organismo. Una de las metáforas que más se utilizan es que es como hacer ejercicio: tal como estresas el músculo, acá tú estresas al sistema de forma intensa. Y al hacerlo, das oportunidades para que se reparen, mejoren, generen nuevas conexiones. Con la mente, cuando haces el proceso, es necesaria una estructura que sea capaz de sostener esa experiencia, ese desarmarse para después reconstruirse mejor. Nosotros derechamente evitamos casos que han tenido episodios psicóticos, o que tienen un familiar en primer grado que los haya tenido. Luego está el cuidado de la sesión: es clave que esa experiencia sea bien guiada y bien manejada. Visibilizar esos aspectos de riesgo y el hecho de que estas son herramientas y no panaceas, es clave para avanzar de forma consecuente.