19 de septiembre, 2026 - 07h00

Recién ahora me estoy reponiendo del chuchaqui mental, entre académico y paternal, que me provocó el haber tenido razón en mi actual sospecha mayor: de entre todos los datos que arroja la última prueba de aprendizaje PISA, efectuada en 91 países y que ha causado un remezón en el mundo occidental, quedó desnuda la precaria comprensión lectora de la que adolece la nueva generación. Sí, generación de la comunicación táctil, que poco o nada de importancia le ve a estar frente a un conjunto de letras inmóviles, que tienen la misión de disparar la imaginación, y prefieren fácil un encapsulado mundo audiovisual.

Dicho de otra manera, el “efecto pantalla”, como los psicólogos llaman a la lectura superficial, gana terreno cuando leemos en dispositivos digitales (celulares, tablets o computadoras) y el cerebro tiende a escanear, leer por encima o skimear en lugar de procesar a fondo dicho contenido, amén de que ahora a cualquier cosa se le llama “contenido”. Es la búsqueda de respuestas rápidas, que lleva a una lectura apresurada y es lo contrario al papel impreso, que invita a una lectura más pausada, reflexiva y concentrada.

La paradoja es contemporánea, hipermoderna, porque viene de la mano del boom tecnológico que se vive en este siglo. Ahora se confirma que, a mayor tiempo dedicado a las pantallas para divertirse, peores son los resultados en comprensión lectora, que no es otra cosa que la capacidad de entender, interpretar y dar significado a un contenido.

“Y eso ¿para qué sirve?”, dirán los centennials. Pues para identificar los datos, nombres y hechos que aparecen de forma directa en el texto; deducir información o anticipar ideas que el autor no dice de manera directa pero que se pueden entender por el contexto; para emitir juicios de valor, opinar y evaluar si el contenido es correcto o verdadero según el criterio del lector. Y al final, tomar decisiones.

A diferencia de un libro físico, los entornos digitales están diseñados para romper la concentración, creen los expertos. La aparición de notificaciones, mensajes, anuncios o enlaces fragmenta la atención. Y si lo dudan, traten de interrumpir a ese internauta adolescente que está consumiendo todo lo que puede en el menor tiempo posible. Allí se produce lo que los psicólogos denominan “choque de transición” o síntomas de abstinencia digital a corto plazo. Sí, como otros síndromes de abstinencia, igualito. Cuando se navega, el cerebro experimenta un flujo constante de dopamina debido a la gratificación instantánea de los estímulos visuales; y, al cortar esto de golpe, se genera una caída drástica de ese neurotransmisor, lo que desencadena diversas reacciones emocionales, como la irritabilidad y la frustración inmediata en niños y jóvenes. La misma audiencia que el estudio de PISA dice que están perdiendo la capacidad de comprender lo que leen.

Pero la idea no es deprimirnos ante la realidad tecnológica, que no tiene retorno. “No te preocupes, ¡ocúpate!”, dice un amigo cargado de optimismo cuando ve caras largas, y tiene razón. Hay que buscar mecanismos mixtos que permitan a la nueva generación disfrutar de una lectura profunda lo mismo que de absurdos memes. (O)