Civitas
Ser conquistadores de nuestro presente y dueños de nuestro futuro, en lugar de conquistados por la mediocridad, el pesimismo y la costumbre, es la actitud que este país necesita multiplicar.


Hace 205 años, un grupo de personas decidió romper con tres siglos de período colonial, en una firma que cerró un ciclo entero de nuestra historia y abrió otro sin marcha atrás posible. Eso merece conmemorarse con orgullo, sin las voces que cada septiembre insisten en que no hay nada que festejar, en que la independencia fue apenas un cambio de dueño y que seguimos condenados por ese origen. Esa postura es tremendamente dañina, porque de tanto repetirla terminamos por creérnosla, y un país que se cree condenado por su pasado deja de intentar cosas que un país orgulloso sí se atreve a intentar, aunque tenga exactamente los mismos recursos y las mismas oportunidades a la mano para hacerlo.
La historia que nos contamos sobre nuestro origen ha hecho más daño del que parece. Durante generaciones aprendimos a vernos como los conquistados, los derrotados, los que perdimos frente a una civilización superior y ese relato se nos quedó tatuado mucho más allá de las aulas, convertido en costumbre y hasta en chiste. Esta forma de pensamiento ha sido clave para el estancamiento que hoy vivimos, se nota en el guatemalteco que duda de sus capacidades, de su propio criterio antes de opinar, en el que evita el riesgo porque aprendió que perder es lo esperado, en el que necesita el visto bueno de alguien para tomar una decisión, y en el que atribuye el logro personal a un tema meramente de suerte en vez de reconocer su propio esfuerzo. Esta historia termina convenciendo a quien la escucha de que nuestro lugar en el mundo es no lograr grandes cosas.
Para entender lo que somos hoy hace falta estudiar con honestidad lo que fuimos, sin editar la parte incómoda ni exagerar la heroica, y sin quedarse solo con la versión resumida que casi todos aprendimos. Hace falta, sobre todo, decidir con claridad lo que queremos ser, porque ese relato de derrota es apenas una interpretación entre varias posibles y las interpretaciones se pueden cambiar cuando alguien decide mirarlas de frente en lugar de repetirlas por costumbre.
Existe, además, otra independencia que se conquista todos los días, en decisiones que casi nadie escribirá en un libro de historia, pero que suman a nuestro porvenir. Se conquista cuando alguien confía en su propio juicio en lugar de pedir permiso, cuando arriesga todo por sus sueños, cuando decide que su opinión vale lo mismo que cualquier otra en la mesa, cuando no se depende de ningún político y cuando la libertad se ejerce sin miedo a que se la roben.
Ser conquistadores de nuestro presente y dueños de nuestro futuro, en lugar de conquistados por la mediocridad, el pesimismo y la costumbre, es la actitud que este país necesita multiplicar, en la casa, en el trabajo y hasta en la manera de votar, aunque eso implique luchar contra nuevos y diferentes enemigos de la libertad, porque si los padres de la patria lo hicieron, ahora es menester que los hijos la defiendan con suficiente empeño. Basta con que cada guatemalteco deje de cargar el complejo de un relato incompleto y que se adueñe de la herencia de una civilización bien organizada política, militar y económicamente, que resistió 173 años antes de ser conquistada, que reconozca el proceso de mestizaje, que sea consciente de las sombras y las luces, y que valore una generación que después se atrevió a firmar su libertad con lo que tenía a la mano, sin garantía alguna de que la patria sobreviviría. Este 15 de septiembre, la pregunta que vale la pena hacerse es qué tan dispuestos estamos a conquistar, por fin, el presente, en lugar de seguir cargando un pasado que decidimos interpretar siempre de la peor manera.
¡Viva la Independencia!
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