Entre la reivindicación, la imaginación y la necesidad de tender puentes entre las diferentes generaciones. Así se entiende una película que solo podía nacer de la cabeza de dos creadores que, desde el principio de sus carreras, han demostrado precisamente su posicionamiento queer, su talento para generar obras de una originalidad inédita y su capacidad para conectar con el público joven, necesitado de propuestas que vayan más allá de los convencionalismos más rancios y acomodaticios.

Los Javis han conseguido aunar todo eso en La bola negra, su propuesta más arriesgada, ambiciosa y, también, tocada por un estado de gracia que les ha catapultado a una fama internacional desde su proyección en el pasado Festival de Cannes, donde consiguieron el premio a la mejor dirección.

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Hay varios ejes vertebrales en la película: la reivindicación de la figura de Federico García Lorca y la revisión de la historia de la Guerra Civil a través del prisma de la homosexualidad, una perspectiva que prácticamente no se había abordado en nuestro país, sobre todo, de una forma tan caleidoscópica y compleja.

La película articula tres relatos situados en 1932, 1937 y 2017, cada uno rodado de una manera diferente y con sus propios códigos internos, aunque las piezas se van ensamblando de manera armónica interconectándose entre sí y componiendo una epopeya que combina drama bélico, musical, misterio literario y romance gay.

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Miguel Bernardeau y Guitarricadelafuente en 'La bola negra', de Los Javis.
Miguel Bernardeau y Guitarricadelafuente en 'La bola negra', de Los Javis.

La película parte de las cuatro páginas que Federico García Lorca dejó escritas de una obra titulada La bola negra, concebida como el inicio de su primera pieza con un personaje abiertamente homosexual. El relato de Los Javis especula con la existencia de un manuscrito completo, oculto durante nueve décadas, y con lo que ese hallazgo revelaría sobre identidades silenciadas.

Una de las tramas transcurre durante la Guerra Civil. Guitarricadelafuente interpreta a un joven que presencia la destrucción de su pueblo por la aviación italiana, termina enrolado en el ejército sublevado y recibe el encargo de custodiar a un prisionero republicano.

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Ese preso es Rafael Rodríguez Rapún, personaje al que da vida Miguel Bernardeau y que ha mantenido una relación con Lorca. La historia recrea un encuentro entre dos hombres de bandos enfrentados que establecen un vínculo en un hospital de guerra, con una obra inédita del poeta como legado que debe ser protegido.

La segunda línea temporal se sitúa en Granada en 1932. Milo Quifes encarna a un joven sometido al juicio de los socios de un casino, que deciden mediante bolas blancas y negras si merece ser admitido; el rumor sobre su deseo por otros hombres precipita su exclusión, su silencio y su condena social.

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Milo Quifes da vida a Carlos, un joven de Granada que es sometido a la bola negra por el casino de la ciudad.
Milo Quifes da vida a Carlos, un joven de Granada que es sometido a la bola negra por el casino de la ciudad.

La tercera historia avanza hasta 2017 y sigue a un descendiente que hereda un secreto familiar ligado a los episodios anteriores. Carlos González interpreta a ese joven homosexual que rastrea una genealogía atravesada por los silencios y descubre cómo el pasado ha condicionado la vida de su abuelo, de su madre y la suya propia.

Ambrossi y Calvo han planteado la película como una reivindicación de los relatos de hombres gays españoles suprimidos por los prejuicios, la negación y el deterioro de la memoria. La identidad queer aparece como un proceso de construcción y reconstrucción, condicionado por una sexualidad reprimida y por la ausencia de referencias compartidas.

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La película logra mantener la tensión entre materiales heterogéneos en la que encontramos una recreación descarnada y homoerótica de la Guerra Civil, un segmento de aliento poético inspirado en las cuatro páginas de Lorca y un drama contemporáneo de tono realista, que se convierte, de algún modo, en la pieza decisiva que da sentido a toda la propuesta a través de esa búsqueda de lo prohibido, de lo que ha permanecido oculto, que adquiere una dimensión tanto literal como simbólica.

Guitarricadelafuente en 'La bola negra'
Guitarricadelafuente en 'La bola negra'

A nivel visual, La bola negra es una explosión de fuerza expresiva a través de unas imágenes poderosas dispuestas a quedar para siempre en el imaginario colectivo: el inicio con el bombardeo, el plano secuencia del tablao flamenco, la secuencia de los soldados en la playa, la ‘set pièce’ protagonizada por Penélope Cruz... son momentos de una rabiosa ‘visceralidad’ y de una contundencia incuestionable.

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Junto a ellos, nos encontramos con instantes desnudos de un enorme carácter revelador que consiguen que el elemento histórico tenga un verdadero eco en lo personal, en la intimidad de unos personajes heridos que buscan, en condiciones extremas, su identidad, su lugar en el mundo tras sentirse incomprendidos y rechazados y cuya única culpa reside en el amor.

La bola negra es un auténtico espectáculo cinematográfico, apabullante, necesario, imponente, por momentos excesivo, ‘bigger than life’, pero que se instala como una obra totémica y avasalladora.