Como cada año, septiembre encuentra a los estudiantes con las clases por delante y la búsqueda de piso por detrás. Ana Lladó empezó la suya con una cifra en la cabeza: unos 400 euros al mes. Meses después, esta estudiante de Psicología de 21 años paga 680 euros por compartir una vivienda en el barrio madrileño de Quintana. Por el camino, se le escaparon pisos y tuvo que ir rebajando sus expectativas hasta que el cansancio empezó a pesar: "Estaba desesperada por encontrar piso", cuenta a 20minutos.

Su caso se acerca así a la fotografía que dibuja el último análisis de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) sobre el mercado de habitaciones. Alquilar una habitación cuesta de media 689 euros al mes en Madrid y 735 en Barcelona, según un estudio de 6.580 anuncios publicados en Idealista a finales de agosto, que refleja un incremento de hasta el 33% en algunos barrios respecto a 2023. Fuera de estos dos grandes mercados, la factura baja, aunque sigue dejando diferencias importantes: otro estudio de Fotocasa e InfoJobs sitúa el precio medio de una habitación en 307 euros en Valencia y 425 en Sevilla.

Con los precios del alquiler al alza y cada vez menos margen para elegir, Ana y su compañera decidieron ponerse a buscar piso en enero, aunque fue en abril cuando "se pusieron en serio". Después de intentarlo por su cuenta sin encontrar nada, recurrieron a una agencia inmobiliaria. En junio creyeron haber dado con la solución: un piso por unos 500 euros cada una, que llegaron a reservar, pero finalmente la propietaria dio marcha atrás. Se quedaron sin él y, a partir de ahí, la inmobiliaria empezó a ofrecerles viviendas que aún no habían salido al mercado. Entre ellas estaba la de Quintana. No era lo que buscaban, pero a esas alturas pesaba más poner fin a la búsqueda.

"Ya llevábamos meses mirando, entonces dijimos: pues nada, aquí". Las concesiones no terminaron con el precio y la ubicación: Ana estudia en la mesa del salón porque no tiene escritorio y, apenas unas semanas después de mudarse, parte del techo del baño se desprendió. Veinte días después de avisar, siguen esperando a que lo reparen, con unas barras sujetándolo sobre la ducha y el váter.

María Delgado también llegó a Madrid con un presupuesto que terminó quedándose corto. Esta estudiante de Turismo de 22 años, procedente de Gran Canaria, calculaba gastar entre 450 y 500 euros al mes. Finalmente, ella y su hermana han acabado alquilando juntas un piso de dos habitaciones en Moncloa por 1.333 euros al mes, unos 667 euros cada una, gastos aparte. La ubicación pesó en la decisión. "Tenía claro que el barrio no quería cambiarlo", explica a este medio. Quería estar cerca de la universidad y no estaba dispuesta a renunciar a una zona bien comunicada, aunque eso implicara pagar más por una vivienda antigua y sin reformar. "No es un piso en el que yo me fijaría pero, por necesidad, dejas el gusto de lado", resume.

El lugar en el que se busca marca, además, una diferencia considerable. Según el análisis de la OCU, en Madrid, las habitaciones más caras entre las zonas analizadas están en Universidad (759 euros), Nuevos Ministerios-Ríos Rosas (757) y Argüelles (751), frente a los 459 euros de Águilas. En Barcelona, Dreta de l'Eixample (832 euros), Sant Gervasi-Galvany (804) y El Raval (800) encabezan los precios; en el extremo opuesto, El Camp de l'Arpa del Clot registra la media más baja, con 577 euros. Estas diferencias se producen, además, en un mercado que se ha encarecido desde 2023: allí donde la OCU dispone de datos comparables, las subidas oscilan entre el 17% y el 33%. En Palomeras Bajas, la media ha pasado de 385 a 512 euros, mientras que en El Raval ha subido de 625 a 800. En este escenario, elegir un barrio u otro puede suponer un ahorro de hasta 3.600 euros al año.

Elegir dónde vivir se convierte así en otra parte de las cuentas. Fernando Falero, estudiante de Ingeniería Industrial de 22 años, paga 764 euros al mes por una habitación en un piso de cinco dormitorios que comparte con sus amigos en Canal, cerca de la zona universitaria. La suya, una de las más pequeñas, le tocó por sorteo. La cercanía a la universidad pesó más que la posibilidad de buscar algo más barato en otro barrio: "Podemos ir andando". No todos han podido mantener esa prioridad. Ana, por ejemplo, terminó en Quintana y ahora tarda más de una hora en llegar a clase. El cambio de zona también ha cobrado protagonismo en su vida social: "Ya me pienso más si voy a los planes o no, o si vamos a un sitio u otro". Y, cuando se trata de salir, la vuelta a casa pesa todavía más. "Ahora, si quiero salir, ya casi siempre tengo que mirar de quedarme en casas de otras amigas que vivan un poco más cerca", explica.

El apoyo familiar, clave para pagar el alquiler

En el caso de Fernando, son sus padres quienes asumen el alquiler. Entre la vivienda, la comida y el resto de gastos, estima que afrontan un desembolso de casi 12.000 euros al año. "Sin esa ayuda sería imposible vivir aquí. Tendría que trabajar y estudiar a la vez y aun así no podría vivir en este piso", reconoce.

Sin esa ayuda sería imposible vivir aquí. Tendría que trabajar y estudiar a la vez y aun así no podría vivir en este piso"

La ayuda familiar también está detrás de los alquileres de Ana y María. En ambos casos son sus padres quienes asumen el coste de la vivienda mientras estudian en Madrid. "Para mis padres es un sacrificio grande", reconoce María, que recuerda que al alquiler y los gastos del piso se suman la compra y el dinero necesario para el día a día. "Son un montón de gastos que suma y sigue. [...] Es astronómicamente caro todo".

Con precios así, la referencia de lo que es caro o barato empieza a desdibujarse. Después de lo que vio durante su búsqueda, a Lola Palerm 600 euros al mes terminaron por parecerle un precio que "no está mal". Con 23 años y recién salida del máster de Formación del Profesorado, la joven ibicenca busca ahora trabajo en Barcelona. Comparte con una amiga un pequeño piso de dos habitaciones en Sants por 1.200 euros al mes, con gastos incluidos. Por el momento, son sus padres quienes le ayudan a asumir su parte del alquiler. Antes de encontrarlo, se toparon con habitaciones por 800 o 850 euros e incluso algunas que superaban los 1.000 por persona. "No sé si lo que pago me parece razonable en comparación a otras ofertas que he visto o porque realmente lo es", admite. "Igualmente, sí que pienso que podría pagar bastante menos".

Los pisos que no llegan a Idealista

El piso de Lola, sin embargo, tiene una particularidad: nunca llegó a aparecer en un portal inmobiliario. Encontrarlo fue, en buena medida, "cuestión de suerte". Durante sus prácticas, comentó a una profesora que estaba buscando piso y esta le habló de una amiga que buscaba inquilinos en Barcelona. El contacto le permitió acceder a una vivienda que nunca llegó a competir en el mercado abierto.

No es el único caso. Joan Carmona, ibicenco de 26 años que estudia Derecho y trabaja como investigador en la Universitat Pompeu Fabra (UPF), paga 370 euros al mes entre alquiler y gastos por vivir cerca de la Sagrada Familia, muy por debajo de los 735 euros de media que recoge la OCU para Barcelona. Comparte piso con otras cuatro personas y llegó hasta él a través de amigos de uno de sus compañeros, que iban a dejar la vivienda.

Después de varios años viviendo en Barcelona, Joan cree que tener una red de conocidos juega a favor a la hora de buscar. Es lo que define como "capital social": amigos y conocidos entre los que circulan pisos y habitaciones sin necesidad de que lleguen a anunciarse en los grandes portales inmobiliarios. "El no estar tú constantemente teniendo que ir a buscar, sino que sean las ofertas las que te llegan, cambia bastante la dinámica", resume. A eso se suma cierta confianza en quien está al otro lado: "Mi amigo Pep me ha enviado este mensaje de que su amigo Marc busca gente. Yo sé quién es Pep, por lo que entiendo que Marc puede ser alguien parecido". Son detalles que, a su juicio, terminan marcando la diferencia.

Estas comunidades marcan una diferencia que se nota también en el precio. El ibicenco sostiene que entre esos contactos suelen circular viviendas más baratas y descarta que, sin esa red y llegando de cero a Barcelona, pudiera encontrar cerca de la universidad algo similar a los 370 euros que paga: "Ni de broma". En esas circunstancias, calcula que lo más barato que encontraría rondaría los 450 euros.

La búsqueda de Aleix Ibars, estudiante leridano de 22 años, terminó de forma parecida. Este año, decidió esperar hasta finales de julio para empezar a buscar y evitar así "perder cerca de 1.000 euros" en los meses de verano. Un mes después, encontró a través de un chat una vivienda que nunca llegó a anunciarse en ninguna plataforma. Ahora paga unos 500 euros al mes en un piso de tres habitaciones en Sant Pau-El Guinardó que, por su tamaño y estado, considera "bastante chollo". Especialmente después de pasar semanas buscando en portales como Idealista, donde recuerda que los pisos que estaban bien podían durar apenas "media hora" anunciados: "Hay un momento en que ya estás cansado".

Vivir solo, un horizonte cada vez más lejano

Terminar los estudios y empezar a trabajar tampoco garantiza poder dejar atrás el piso compartido. Joan, que compagina sus estudios de Derecho con un trabajo como investigador en la UPF, destina alrededor del 40% de su salario a la vivienda y no se imagina viviendo solo a corto plazo. "Yo diría que incluso con 30 estaré compartiendo con alguien", reconoce. Lola, por su parte, se ve antes volviendo a casa de sus padres para ahorrar que pasando directamente del piso compartido a vivir sola. "No creo que en un futuro cercano me pueda permitir independizarme sola, incluso teniendo un trabajo", explica.

No creo que en un futuro cercano me pueda permitir independizarme sola, incluso teniendo un trabajo"

Para María y Ana, la alternativa pasa incluso por marcharse de Madrid. La primera no tiene entre sus planes quedarse en la capital cuando termine de estudiar, principalmente por el precio de la vivienda: "Mi plan en general es irme, por los precios sobre todo". Cree que, con los salarios actuales, vivir sola sería complicado y que para poder ahorrar tendría que seguir compartiendo piso o volver a casa de sus padres. Ana también tiene claro que su futuro está fuera de Madrid y descarta, además, trasladarse a otra gran ciudad: "Quiero vivir en cualquier sitio que sea más tranquilo y asequible", asegura. La posibilidad de independizarse sola tampoco la ve cercana: "Mínimo hasta casi los 30, lo veo imposible".

María Gámez ya ha conseguido dar ese paso, aunque en unas condiciones que reconoce difíciles de replicar. Esta doctoranda jerezana de 26 años trabaja además como periodista con contrato fijo, pero aun así destina prácticamente la mitad de su sueldo a la vivienda. Vive sola en Madrid y paga 800 euros al mes por un piso de dos habitaciones cuya propietaria es la tía de un amigo y le hizo un precio "por debajo de mercado". "El precio que pago me parece un regalo. Y es fuerte decir que me parece un regalo cuando estoy pagando una barbaridad. Es prácticamente la mitad de mi sueldo", reconoce. Si perdiera esa vivienda y tuviera que buscar de nuevo desde cero, tampoco cree que pudiera seguir viviendo sola: "Tendría que volver a compartir piso".

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