La enfermedad del papa León XIV ha provocado muestras de solidaridad en todo el mundo. Pero hay otro aspecto que llama la atención: hoy resulta relativamente normal que se informe sobre la salud de un pontífice. No siempre fue así. De hecho, durante siglos ocurrió justamente lo contrario. Las enfermedades de los papas pertenecían al terreno de la discreción, los rumores y, muchas veces, el misterio.

"Antaño no existían informes oficiales sobre las enfermedades de un papa; a lo sumo, circulaban rumores por la ciudad de Roma", explica el historiador de la Iglesia Jörg Ernesti. Buena parte de lo que sabemos sobre la salud de antiguos pontífices procede por eso de cartas, testimonios y reconstrucciones posteriores de historiadores de la medicina.

Algunos papas sí dejaron pistas. Gregorio Magno, que gobernó la Iglesia entre los años 590 y 604, escribió sobre sus dolores insoportables y los largos periodos que debía permanecer en cama. Sufría gota, una enfermedad que reaparecería una y otra vez entre sus sucesores.

Un estudio publicado en 2021 en el Journal of Nephrology identificó a 25 papas afectados por ella. El último de la lista es Pío VIII, fallecido en 1830 después de apenas un año y medio de pontificado.

La gota y la malaria también gobernaron en Roma

La enfermedad podía tener consecuencias muy concretas. En 21 de esos 25 casos existen indicios de que la gota dificultaba las actividades cotidianas de los pontífices. En 17 se describieron además enfermedades renales, entre ellas cálculos.

Pero había amenazas aún más ligadas a la propia geografía de Roma. Otro estudio de los investigadores Natale Gaspare De Santo, Carmela Bisaccia y Luca Salvatore De Santo examinó el impacto de la malaria: entre los años 999 y 1644, se estima que la padecieron 21 de los 99 papas del periodo.

El estado de salud del papa Francisco fue por momentos peor de lo que el Vaticano reconoció públicamente, afirman historiadores.
El estado de salud del papa Francisco fue por momentos peor de lo que el Vaticano reconoció públicamente, afirman historiadores.Imagen: Vatican Media/picture alliance

La explicación estaba cerca. Las zonas pantanosas próximas a Roma favorecían la presencia de mosquitos y la malaria afectaba no solo a los pontífices, sino también a cardenales y miembros de su séquito.

Con otras enfermedades es mucho más difícil establecer diagnósticos retrospectivos. Antes del siglo XX apenas existen casos fiables de cáncer entre los papas. Las fuentes hablan de "úlceras", "induraciones", problemas estomacales o deterioros inexplicables de la salud. Descripciones demasiado imprecisas para saber, siglos después, qué enfermedad padecían realmente.

De los rumores a los partes médicos

Esta larga cultura de la discreción comenzó a cambiar en tiempos recientes. La Oficina de Prensa del Vaticano fue creada en 1966 y desde entonces existe información oficial sobre las enfermedades de los pontífices. Para Ernesti, la mayor apertura supone un avance, aunque recomienda no aceptar automáticamente cada comunicado como una descripción completa de la situación.

Como ejemplo cita la última enfermedad del papa Francisco. Según el historiador, en retrospectiva quedó claro que hubo momentos en los que su estado era más grave de lo que el Vaticano reconocía públicamente. Se produce así una paradoja: los propios papas pueden estar dispuestos a mostrar su fragilidad con mayor claridad que quienes administran la comunicación institucional.

En sus últimos años de vida, el papa Juan Pablo II no ocultó su deterioro e incluso hizo apariciones públicas dos días antes de su muerte.
En sus últimos años de vida, el papa Juan Pablo II no ocultó su deterioro e incluso hizo apariciones públicas dos días antes de su muerte.Imagen: pool/dpa/dpaweb/picture alliance

Juan Pablo II llevó esa exposición a un terreno especialmente simbólico. Durante sus últimos años no escondió su deterioro físico. Ernesti recuerda su última aparición pública, dos días antes de morir: tras una traqueotomía, el pontífice tuvo que impartir la bendición en silencio. La multitud reunida en la Plaza de San Pedro respondió con un largo aplauso.

¿Puede la vulnerabilidad reforzar a un papa?

Aquella imagen transmitía también una idea profundamente vinculada al mensaje de Juan Pablo II: la dignidad humana no desaparece con la enfermedad ni con la dependencia. En su encíclica Evangelium vitae, de 1995, había defendido que el sufrimiento y la enfermedad forman parte de la existencia y no deben ser apartados de la sociedad. Al final de su vida terminó encarnando públicamente esa convicción.

Ahí reside una de las diferencias fundamentales entre el pasado y el presente. Informar sobre la salud de un Papa ya no significa únicamente comunicar un diagnóstico. También plantea una cuestión sobre la manera de ejercer una autoridad sometida, como cualquier otra persona, a los límites del cuerpo.

Para Ernesti, hablar abiertamente de una enfermedad o de una intervención médica puede incluso fortalecer la credibilidad. La gran solidaridad que despierta un pontífice enfermo estaría relacionada también con esa exposición de su lado humano.

Durante siglos, la enfermedad del papa fue algo que debía permanecer detrás de los muros vaticanos. Hoy puede convertirse en parte de su presencia pública. Y quizá esa sea la paradoja final: un pontífice no siempre necesita aparentar fortaleza para conservar su autoridad. Reconocer su vulnerabilidad puede ser, precisamente, otra forma de ejercerla.