Vicente López organizó su tradicional congreso de Educación con la presencia de Ticmas
La pregunta apareció antes que la tecnología. Los estudiantes del Instituto Integral de Educación de Munro solían pasar por la plaza Alem y encontraban el piso cubierto de colillas de cigarrillos. Lo que al comienzo era apenas una molestia —la suciedad, el aspecto de la plaza— empezó a adquirir otra dimensión cuando se preguntaron qué contenían esos residuos, qué podía ocurrir si un perro o un chico los ingería y, finalmente, qué podían hacer ellos frente a ese problema.
De esa inquietud nació Tobacco Vestigium, una investigación que fue creciendo durante tres años y cuyo recorrido presentó la profesora de Biología Marcela Malesani, acompañada por Sabrina Benchoam, responsable del área de Gestión Pedagógica de Mundo Maker de la solución educativa TICMAS, durante el Congreso TED STEM+ Entramar 2026 de Vicente López.
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El encuentro, que se realizó el vienres y sábado pasados, reunió a docentes y especialistas en su novena edición como encuentro y quinta como congreso internacional. Después de una primera jornada virtual, las actividades presenciales tuvieron lugar en el Centro Universitario de Vicente López con conferencias, talleres, simposios y mesas redondas. Desde 2015, TED Entramar desarrolla estos espacios de capacitación e intercambio entre docentes.
En ese marco Benchoam propuso una definición que terminaría funcionando como una clave para leer la experiencia de Malesani. La cultura maker, planteó, no consiste únicamente en incorporar dispositivos, programar un robot o construir un circuito eléctrico. Supone también aprender haciendo, aceptar el error como parte del recorrido y, antes que nada, encontrar la pregunta que permita poner una investigación en movimiento.
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“Muchas veces creemos que Maker y STEAM son solamente una manera de aprender, pero también son una manera de preguntar”, dijo. Lo importante, agregó, no es únicamente llegar a un resultado, sino poder reconstruir qué ocurrió durante el proceso: qué funcionó, qué no y qué aprendieron, en ese camino, tanto los estudiantes como los docentes.
La historia de las colillas siguió precisamente ese recorrido. Malesani, que trabaja en el área de Ciencias Naturales —y no en robótica—, contó que el punto de partida fue una problemática cercana a sus estudiantes. Durante la primera etapa, investigaron los efectos contaminantes de las colillas, realizaron acciones de concientización en la plaza, la escuela, el barrio y sus propias familias, e instalaron colectores para reunirlas. A medida que avanzaban, la experiencia fue incorporando otras áreas: trabajaron con docentes de Arte, Fisicoquímica y Geografía, entre otras disciplinas.
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Hasta que apareció un problema que, en cierto modo, era consecuencia del éxito de la primera parte: habían reunido una cantidad considerable de colillas. ¿Qué hacían ahora con ellas? La pregunta abrió una segunda etapa. Al año siguiente, los estudiantes comenzaron a investigar posibles formas de reutilizar ese residuo y consiguieron producir un material que podía moldearse. Hicieron macetas y llegaron a presentar el trabajo, pero el resultado no terminaba de convencerlos. El producto conservaba el olor del cigarrillo, su aspecto tampoco era satisfactorio y, sobre todo, persistía una dificultad mucho más importante: seguía conteniendo sustancias tóxicas.
Habían conseguido reciclar el residuo, pero no habían resuelto el problema que había dado origen a la investigación. Fue entonces cuando el grupo decidió avanzar hacia la biorremediación, un proceso que utiliza organismos vivos para intervenir sobre sustancias contaminantes. Los estudiantes comenzaron a investigar el comportamiento de ciertos hongos y se detuvieron en las gírgolas, con la hipótesis de que el micelio pudiera actuar sobre algunos de los componentes presentes en las colillas y permitir, si el ensayo resultaba satisfactorio, obtener un material menos tóxico y con mayores posibilidades de reutilización.
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También allí tomaron una decisión que modificó la dificultad del trabajo. En lugar de comprar un kit de inoculación ya preparado, quisieron desarrollar el procedimiento desde el comienzo. Fueron a una verdulería, consiguieron las gírgolas, trabajaron en el laboratorio para obtener las esporas y prepararon el micelio que luego debería entrar en contacto con las colillas.
Cuando Malesani contó la experiencia en TED Entramar, esa última prueba todavía estaba pendiente. Y acaso allí se encuentre uno de los aspectos más interesantes de su presentación: no llevó una experiencia cerrada ni una solución cuyo resultado estuviera decidido de antemano, sino que planteó una investigación en curso atravesada por intentos que funcionaron parcialmente y por respuestas que, en lugar de clausurar el trabajo, obligaron a formular una pregunta mejor.
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También por eso insistió en correr su propia figura del centro. “Son curiosos, buscan información, vienen con problemáticas”, dijo sobre sus alumnos. Y agregó: “Lo único que hago es guiarlos”. Su tarea, explicó, había consistido en acompañar las decisiones, señalar caminos posibles y buscar los apoyos necesarios para que la investigación pudiera continuar.
Benchoam retomó ese punto hacia el final de la charla, cuando habló del trabajo conjunto entre escuelas, municipio y TICMAS. El acompañamiento, sostuvo, supone también que una propuesta pueda apartarse del camino previsto si allí aparece una posibilidad más fértil. Malesani había llegado desde la Biología, sin experiencia específica en robótica, y encontró en el programa un marco para desarrollar un problema surgido de su propia aula. Con el tiempo, aquel problema desbordó las fronteras de una materia y fue convocando otros saberes.
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El lema elegido para esta edición del Congreso fue “Innovar para resolver, crear para soñar”. En la experiencia de los estudiantes de Munro, esa formulación adquirió una expresión bastante concreta. No hubo una tecnología que llegara primero para buscar después un problema al cual aplicarla. Hubo una plaza, un residuo que se repetía todos los días y un grupo de chicos que decidió preguntarse qué podía hacer con él.
La innovación, en este caso, estuvo menos en encontrar rápidamente una respuesta que en no dar por terminada la pregunta cuando apareció la primera.