Estado, empresa y sociedad
No somos gallinas que deben escoger entre el granjero o el lobo.


La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de Raúl Prébisch, sostenía que la economía mundial estaba dividida entre un centro (países industrializados) y una periferia (países exportadores de materias primas). Los países periféricos vendían productos primarios de menor valor agregado e importaban manufacturas más costosas, por lo que propuso adoptar una política de sustitución de importaciones, promoviendo la industrialización local. Este planteamiento fructificó en algunos países asiáticos (Corea y Taiwán) pero poco en América Latina y quedó desfasado frente a la globalización y la deslocalización industrial de finales del siglo pasado, dando paso a la política de promoción de exportaciones y la especialización de los países de acuerdo a sus ventajas comparativas, conforme a la teoría de David Ricardo.
Hoy, pocos economistas defienden la sustitución de importaciones de Prébisch, pero reconocen que identificó un problema real: la vulnerabilidad de las economías especializadas en exportar materias primas, que influye en los debates sobre desarrollo, industrialización, diversificación productiva y dependencia tecnológica.
En reciente conferencia de un reconocido investigador, estudioso de la influencia de la República Popular China (RPC) en América Latina, Evan Ellis, conversamos sobre el papel que pueden jugar los países latinoamericanos y, en especial, Guatemala, en sus relaciones con el gigante asiático, por un lado, y con la economía más grande del mundo, los Estados Unidos de América (EUA).
Algunos países latinoamericanos han suscrito Tratados de Libre Comercio (TLC) con la RPC, asumiendo que a sus exportaciones e industrias nacionales se le abriría un inmenso mercado, pero conforme pasan los años, países como Chile, Perú, Nicaragua, Costa Rica o Ecuador envían barcos cargados de materias primas, cobre, petróleo y alimentos, mientras China los inunda con tecnología, automóviles y productos manufacturados con alto valor agregado, que no solo provoca crecientes déficits comerciales sino tensiones con las industrias nacionales.
Cabe mencionar que Brasil, México o Argentina, economías más industrializadas, prefirieron evitar la suscripción de un TLC directo con China. Pero pareciera que se está tejiendo una red invisible que estaría convirtiendo a la región en un proveedor de materias primas, completamente dependiente de Beijing, como expresa Julián Bartone, en EpochTV.
La expansión de China se basa en abrir su mercado a América Latina mediante la firma de Tratados de Libre Comercio (TLC), reduciendo o eliminando aranceles y facilitando el intercambio de bienes, servicios e inversiones; similares a los tratados que nuestros países han suscrito, por ejemplo, con la Unión Europea o con los Estados Unidos de América (EUA, que en la era Trump ha sido unilateralmente modificado).
Algunos países latinoamericanos decidieron optar por la RPC, rompiendo con Taiwán. Guatemala, por su lado, en el afán de abrir y diversificar mercados, ha suscrito TLC con diversos países en distintas latitudes. Es cierto, hay asimetrías, pero no somos gallinas que deben escoger entre el granjero o el lobo.
Tampoco se trata de salir de las llamas para caer en las brasas, sino de ser socios, amigos y aliados de las mejores opciones en materia de comercio, inversión y cooperación para nuestro país. Guatemala posee una serie de ventajas comparativas que puede convertir en competitivas, no solo por su ubicación geográfica privilegiada sino por el espíritu competitivo, laboriosidad, acuciosidad y resiliencia de sus empresarios y trabajadores.
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