Ese video estaba condenado a volverse viral.
El 22 de julio de 2026, en una lluviosa Bombay, una joven se interpuso en el camino de una furgoneta policial que transportaba a un grupo de estudiantes detenidos. La muchacha posó su palma en el capó y obligó al vehículo a detenerse.
Los teléfonos celulares captaron el momento desde todos los ángulos. Ella misma levantó su propio móvil y registró todo. En pocas horas, el video se esparció por las redes en India y más allá, convirtiéndose en una de las imágenes definitorias de las protestas del Partido Janta de las Cucarachas, un movimiento en el que los estudiantes exigían transparencia y rendición de cuentas tras filtraciones en los exámenes de ingreso a las facultades de medicina y que culminó con la dimisión del ministro de Educación.
Si bien el video es de una generación criada en las redes sociales, el impulso que lo motivó es mucho más antiguo. Desde petitorios y carteles revolucionarios hasta fotografías, paraguas y memes, los movimientos estudiantiles han convertido las herramientas y símbolos disponibles en vehículos de disidencia.
Comunicar el desacuerdo en la burocracia
Mucho antes de que la televisión o las redes sociales llevaran la disidencia más allá de las fronteras, los estudiantes encontraban maneras de hacer oír sus quejas. En la dinastía Han Oriental (China), por ejemplo, los académicos de la Academia Imperial se aliaron con funcionarios reformistas para oponerse a los todopoderosos eunucos de la corte, vistos por muchos como corruptos y autoritarios.
En una era en que la comunicación política se movía a través de canales oficiales, los llamados "petitorios" eran una de las formas establecidas para presentar quejas ante el trono. Escritas en lenguaje formal y entregadas a través de un sistema burocrático, llevaron las preocupaciones de los estudiantes directamente al sistema de comunicación estatal.
Carteles que multiplican el alcance
Siglos después, los mecanismos cambiaron radicalmente. En París, en 1968, por ejemplo, los estudiantes desafiaron a las autoridades universitarias y al orden social conservador de la posguerra. A medida que las manifestaciones se extendían, aparecieron los carteles, una de las contribuciones más perdurables del movimiento.

La idea surgió en el sótano de la Escuela de Bellas Artes. Allí, el Atelier Populaire imprimió miles de carteles, con gráficos llamativos, siluetas y eslóganes. Producidos colectivamente, ayudaron a transformar la disidencia en una voz pública compartida y a ampliar la presencia visual de la protesta.
Un fotógrafo, testigo para el mundo
Las protestas también adquirieron mayor impacto cuando las imágenes pudieron cruzar las fronteras. En Soweto, en junio de 1976, estudiantes sudafricanos marcharon contra las políticas educativas del apartheid, rechazando el afrikáans como idioma obligatorio de instrucción en las escuelas para negros. Muchos lo consideraban el idioma de un Estado opresor y una barrera para la igualdad educativa.
Con miles de estudiantes en las calles, la policía abrió fuego. En medio del caos, el fotógrafo sudafricano Sam Nzima capturó una imagen que recorrió el mundo: la fotografía del niño de 12 años Hector Pieterson siendo cargado tras ser asesinado a tiros.

La fotografía se convirtió en una de las imágenes emblemáticas del apartheid. Para muchos fuera de Sudáfrica, sirvió para entender la protesta, contribuyendo a generar conciencia internacional y oposición al régimen racista.
En la primavera de 1989, miles de estudiantes se congregaron en la Plaza de Tiananmen, en Pekín, para exigir reformas democráticas, libertad de expresión y el fin de la corrupción. A medida que las protestas crecían, también lo hacía la necesidad de símbolos que pudieran comunicar su mensaje.
Pronto la historia se encargó de ello. Tras la brutal represión del régimen chino contra los manifestantes, la fotografía de un hombre solitario parado frente a una columna de tanques dio la vuelta al mundo, como muestra del desafío a la autoridad y de la resistencia.

De organizadores a participantes
Con el tiempo, la comunicación de las protestas no fluía solo desde los organizadores hacia afuera. Las multitudes y los transeúntes cada vez contribuyeron más a moldearla.
En las protestas de 2011 en Chile, los estudiantes exigían reformas educacionales y, para ello, usaron flash mobs, performances y espectáculos públicos para llamar la atención sobre su causa. La protesta dejó de ser algo que la gente observaba para convertirse en algo a lo que podían unirse.
En Hong Kong, en 2014, los estudiantes que protestaban contra los planes de reforma electoral de Pekín transformaron objetos de la vida cotidiana en símbolos políticos. Y lo que comenzó como una respuesta práctica a los gases lacrimógenos se convirtió en la imagen definitoria de la Revolución de los Paraguas.
Y luego están las plataformas políticas que permiten amplificar aún más el alcance de los símbolos, como ocurrió recientemente en India.
Los estudiantes que protestaban contra las irregularidades en los exámenes se apropiaron de un insulto dirigido a ellos, y "cucaracha" se convirtió rápidamente en uno de los símbolos más reconocibles del movimiento.
Los memes y los reels se difunden más rápido que las declaraciones oficiales, y los estudiantes los usan para responder a las críticas, burlarse de sus oponentes y movilizar apoyo.
Al igual que los carteles en París o los paraguas en Hong Kong, este caso muestra cómo los memes pueden convertir una etiqueta despectiva en un poderoso símbolo de protesta.
(dzc/lgc)