20 de agosto, 2026 - 07h00
Una de las reacciones de la gente frente a las circunstancias de la vida puede ser el abandono de cualquier intención de resolver problemas, para desarrollar más bien comportamientos de supervivencia frente a situaciones que no podemos controlar. De hecho, ante los grandes problemas globales, es posible que esa sea la reacción de muchos.
La resiliencia, en uno de sus significados negativos, podría ser inculcada y promocionada como la respuesta más inteligente frente a realidades consideradas fatales. Pero si bien en ocasiones esa respuesta es la más evidente por el rigor de escenarios individuales y sociales, también representa una suerte de claudicación de la esperanza y del compromiso con la vida y su mejoramiento.
Dejar de luchar y acomodarse a las circunstancias es siempre una posibilidad. Resistir, proponer y ejecutar ideas para superar la adversidad es para muchos una responsabilidad moral ineludible. El cristianismo plantea desarrollar conciencia de la interrelación con los otros y con el entorno natural para mejorar la vida propia y la social, cuidando el ambiente como la casa común de la cual todos somos corresponsables.
Por el contrario, algunas corrientes filosóficas y religiosas han propuesto históricamente vertientes de quietismo y desentendimiento del entorno social para buscar en el interior la paz que proviene de la inacción y la pasividad. Esta alternativa resulta muy atractiva para ciertos temperamentos; se observa en la vía de Miguel de Molinos en el siglo XVII, en lecturas radicales del desapego budista o taoísta, o en algunas posturas del escepticismo, el pesimismo occidental y derivaciones del estoicismo. Sin embargo, cuando este abandono voluntario de las vicisitudes mundanas se convierte en norma de conducta conlleva una inmensa dosis de egoísmo, pues los otros y el entorno dejan de tener importancia frente al deseo exclusivo de concentrarse en sí mismos.
La Iglesia católica condena la pasividad que anula la responsabilidad moral y el compromiso, exigiendo la práctica de una fe activa que produzca resultados. También la ética laica condena el quietismo y todas sus formas para defender el libre albedrío, posicionando al ser humano como el único responsable de su destino y del bienestar que pueda alcanzar su comunidad. Los actos individuales definen la personalidad y la esencia de la gente; el abandono del compromiso por el mejoramiento de la vida es una suerte de cobardía inaceptable.
Podemos extrapolar estas ideas al campo de la macroeconomía, cuando algunos plantean que es necesario no intervenir en el mercado porque este se regula a sí mismo de forma benéfica para la sociedad en general. Aunque esa afirmación radical suele defenderse como la máxima expresión del libre albedrío individual, en realidad es una claudicación del libre albedrío colectivo; aquel que se debe ejercer, precisamente, para regular el mercado, construir sostenibilidad y defender la vida. Al sacralizar la autorregulación, la comunidad renuncia a su capacidad de deliberación consciente, entregando el destino común a estructuras de mercado que funcionan, esencialmente, para el fomento del consumo y el enriquecimiento privado. (O)