15 de octubre, 2026 - 06h00

Uno de los fundamentos filosóficos del multilateralismo es la convicción global de que la fuerza militar no debe ser el único mecanismo para resolver los conflictos internacionales.

En el siglo XIX las alianzas entre Estados eran coyunturales y secretas; sin embargo, pese a que se trató de entendimientos exclusivos entre los países más poderosos, fue la simiente de la evolución histórica que llevó en el siglo XX a una comunidad internacional basada en la cooperación, la igualdad y la soberanía.

Después de la tragedia de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la política global vislumbró la integración de todas las naciones en busca de acuerdos que permitieran una proyección más sostenible. El fracaso de los entendimientos tras bastidores llevó a suscribir el Tratado de Versalles en 1919, que conformó la Sociedad de las Naciones. Esta institución no pudo evitar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Luego del horror provocado, las potencias vuelven a la idea de instituir una organización universal que sirva de escenario para que la vida de los pueblos se desarrolle a la luz del imperio de la ley.

La Organización de las Naciones Unidas se instituye con la aspiración de encontrar la paz. El preámbulo de su Carta dice: “Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra…”. Décadas más tarde, el multilateralismo forjado en este proceso alcanza su máxima expresión con declaraciones universales respecto a la gobernanza climática: Kioto (1997) y París (2015). Pese a tales logros, la sistemática inobservancia de las superpotencias a los compromisos asumidos evidenció la fragilidad de este andamiaje normativo. Este repliegue unilateral erosionó la validez de las instituciones colectivas, prefigurando el actual colapso de la diplomacia concertada.

La crisis del sistema de relaciones internacionales provocada en gran medida por el desacato de las grandes potencias a la normativa internacional, en la práctica, lleva a los Estados a acuerdos bilaterales que, impulsados por las potencias, representan la legalización espuria del control político y económico de los pueblos periféricos a cambio de alianzas que favorecen exclusivamente a sus élites económicas. Esta asimetría se evidencia en acuerdos de inversión y crédito que supeditan activos estratégicos de los países en desarrollo a los intereses de las potencias económicas. Al amparo de estrictas cláusulas de confidencialidad, estos pactos esquivan deliberadamente el escrutinio de los organismos internacionales.

Es la realidad que hoy afronta el Sur Global ante la carrera hegemónica por materias primas y transiciones energéticas, donde el derecho internacional cede frente al condicionamiento financiero.

El multilateralismo, desde esa perspectiva y para ellos, es un modelo inviable. El bilateralismo, en cambio, les favorece porque permite la imposición del más fuerte internacionalmente. El futuro de nuestra era se enfrenta a una disyuntiva histórica: la refundación democrática de la gobernanza internacional o el fatal retorno a un pragmatismo corporativo que ya sometió a la humanidad a sus capítulos más oscuros. (O)