“Por favor, ¿podría abrazar a mi mamá antes de irme? Por favor, deje que abrace a mi mamá”, rogaba una joven de 18 años a la jueza. No la dejaron: los guardias la acompañaron hasta una puerta. Ella lloraba mientras le decía a su mamá que la amaba, y la madre le respondía lo mismo desde el fondo de la sala.
A Christa Pike la acababan de sentenciar a muerte mediante un método que todavía se llevaba a cabo en los Estados Unidos de los años noventa: la silla eléctrica. La jueza leyó el veredicto: “Se ordena la ejecución por choque eléctrico [...] Que Dios se apiade de usted”. La declaraban culpable del asesinato y conspiración en el crimen de Colleen Slemmer, de 19 años, ocurrido el 12 de enero de 1995.
Christa tenía apenas 18 años. Colleen era su compañera en el programa Job Corps en Knoxville, Tennessee, una institución federal pensada para dar capacitación laboral a jóvenes vulnerables que, bajo la superficie, albergaba una cultura descontrolada de violencia e intimidación. En ese entorno, Christa había entablado una relación con Tadaryl Shipp, un joven que mostraba tanto dominación hacia ella como afecto.
La sentencia de 1996 convirtió a Christa en la primera mujer condenada a muerte en Tennessee en dos siglos y en la más joven de la era moderna de la pena capital en ese estado. Lleva tres décadas esperando en el corredor de la muerte, intentando apelar para que se escuche el trasfondo de su historia, una vida de traumas que habrían reconfigurado su condena a cadena perpetua. Pese a los recursos planteados, la Justicia fijó la fecha para su ejecución: el próximo 30 de septiembre.
La directora académica del Cornell Center on the Death Penalty Worldwide resumió el dilema del caso ante The Guardian: “Si ejecutan a Christa Pike, se confirmará que la pena de muerte no está reservada para lo peor de lo peor, sino para los más dañados y vulnerables entre nosotros”. Para entender la dimensión de la frase es necesario reconstruir antes el pasado de Pike.
Abuso sexual y negligencia infantil
Detrás de la imagen de adolescente común que se vio incluso durante el juicio (el pelo atado, las facciones todavía aniñadas, el gesto desconsolado) se esconde una doble historia: la de una asesina despiadada y brutal, y la de una víctima de abusos sistemáticos, incluso dentro de su propia familia, desde muy temprana edad.
La doctora Bethany Brand, una de las mayores especialistas internacionales en evaluación de trauma y disociación, lo desarrolló en su informe psiquiátrico forense de 2023: “La vida de Christa se caracterizó por la pobreza, el abuso sexual, físico y emocional extremo y crónico, así como por la negligencia en la infancia [...]. En comparación con las personas que he evaluado en más de 30 años de práctica clínica, el abuso y la negligencia infantil de Christa son verdaderamente extremos”.
Desde que era bebé, su madre, Carissa, trabajaba turnos dobles y debía dejarla al cuidado del padre, Glenn Pike, desempleado y alcohólico. Testimonios de familiares incluidos en los peritajes describieron que Christa gateaba entre “pilas de excremento de perro por toda la casa” y platos sucios acumulados. Quizás por eso, y por la falta de cariño en su hogar, la niña buscó afecto en la única persona que se lo daba: su abuela paterna, Delfa. Años más tarde, su propia madre lo admitiría: “La abuela Delfa fue más madre para Christa que yo”.
Pero cuando Christa cumplió dos años, Delfa se mudó con su nueva pareja, Ernest Johnson, quien la sometió a abusos sexuales de índole oral. Para garantizar su silencio, la amenazaba con matarla a ella y a sus mascotas. También la castigaba encerrándola en la oscuridad de un gallinero, donde las arañas le caminaban encima y la picaban. Ese recuerdo, esa fobia, la acompañó el resto de su vida.
En la escuela primaria, Christa intentó pedir auxilio como pudo: para una tarea, dibujó a un hombre con “un pene enorme y rostro de demonio”. Pero en vez de preocupación por parte de las autoridades, obtuvo el reto: según un expediente de la Facultad de Derecho de Cornell, la maestra se horrorizó, la tomó bruscamente del brazo y la arrastró hasta la dirección. Nadie llamó a la policía ni a los servicios de protección infantil. Fue un grito de ayuda que nadie escuchó.
La fuente constante de caos y peligro
Eso fue solo el principio de una larga cadena de abusos. Más adelante, cuando su madre se iba a trabajar, la dejaba al cuidado de la tía abuela Norma, que ya tenía un historial de violencia familiar, incluso contra la propia Carissa cuando esta era chica. A Christa la castigaba obligándola a quedarse sentada durante horas en una bañera con agua helada, y cuando lloraba pidiendo agua, le daba para tomar, en cambio, Alka-Seltzer, un antiácido estomacal.
A los 11 años fue abusada por un vecino de 37, conocido en el barrio por sus antecedentes de pedofilia, Claude Davis. Christa intentó contárselo a su madre y a su hermana, pero ninguna le creyó. En las entrevistas con Brand, ella misma recordó el impacto de ese momento: “Fue horrible. Me devastó que mi madre y mi hermana no me creyeran. Mi hermana dijo que estaba mintiendo [...]. Eso me hizo sentir que no valía nada”.
Solo cuando desarrolló una infección ginecológica grave a causa del abuso intervino una docente y se hizo la denuncia policial. Como detalla una nota de The Guardian, el agresor se declaró culpable de cargos menores, obtuvo una pena en suspenso y volvió a vivir a pocos metros de la parada de colectivo a la que Christa iba cada mañana.
Su adolescencia no fue mucho mejor. Su madre tuvo varias parejas, y muchas de ellas fueron problemáticas. Danny Thompson, por ejemplo, había fabricado un látigo de cuero que dejaba colgado en la pared como amenaza cotidiana y con el que la golpeaba. Christa recordó un episodio puntual: sabiendo que ella no sabía nadar, la tiró a una pileta para “enseñarle a la fuerza”.
Más tarde, Steve Kyaw, otra pareja de su madre, la sometió a tocamientos y agresiones físicas directas. Cuando ella intentaba defenderse, él la atacaba verbalmente: la llamaba “puta”. Puede parecer un detalle menor, pero para su defensa, años después, no lo sería. También acumulaba cajas con material pornográfico en la vivienda, lo que para ella representó un acercamiento muy temprano a la sexualidad.
A los 12 años, la muerte de su abuela Delfa la sumió en una depresión profunda: fue entonces cuando intentó suicidarse por primera vez, con una sobredosis de medicamentos. Ya consumía alcohol y marihuana sin que nadie en su familia se lo impidiera. La negligencia solo iba en aumento.
Otros dos hechos la marcarían de por vida. A los 16 años quedó embarazada, pero su madre y el médico del centro de salud le dijeron que el bebé nacería con deformidades graves y la presionaron para abortar. Muchos años después se enteraría de que le habían mentido. A los 17 sufrió otro abuso sexual, esta vez de un desconocido: se defendió golpeándolo en la cabeza con una piedra y logró huir. Según los estudios posteriores, ese episodio también sería determinante en el crimen que cometería casi un año más tarde.
“Christa experimentó más adversidades infantiles que el 99,3% de la población estadounidense [...]. En lugar de ser un lugar de seguridad y protección, el hogar representó la fuente constante de caos y peligro desde que era una niña pequeña hasta su adolescencia”, concluyó la doctora.
La noche que lo cambió todo
En el otoño de 1994, Christa se inscribió en el programa Job Corps de Knoxville para estudiar Enfermería. Ahí conoció a Tadaryl Shipp, de 17 años, conocido en el lugar por su violencia. Pero ella estaba acostumbrada al maltrato: según los peritos, había desarrollado una “lógica distorsionada” según la cual estar junto a un joven agresivo la mantendría “protegida”. Enseguida iniciaron una relación. No se sabe con precisión qué pasó entre ambos desde entonces hasta la noche del 12 de enero de 1995.
En el juicio se habló de un triángulo amoroso y de celos: la joven sospechaba que Colleen Slemmer quería conquistar a Shipp. Entonces llegó el plan. Una noche le dijeron a Colleen que habían conseguido marihuana. Con esa excusa, la llevaron a un bosque cerca del campus de la Universidad de Tennessee. Y se desató el horror.
Shadolla Peterson, de 18 años, vigilaba. Shipp y Christa atacaron: golpearon y patearon a Colleen, la apuñalaron con un cúter y le cortaron la garganta. Los peritos determinaron que la tortura duró cerca de 40 minutos. Colleen, consciente, llegó a pedir que pararan. Pero Christa enloquecía cada vez más: según Brand, la víctima se defendía repitiéndole lo mismo que los hombres de su infancia le decían: “puta”. Para los especialistas, esa palabra funcionó como un gatillo.
El ataque terminó cuando le fracturaron el cráneo con pedazos de asfalto y piedras. Christa incluso se llevó un fragmento del cráneo como recuerdo. Después, Shipp le talló un pentagrama en el pecho a Colleen, un símbolo satánico.
Lo que fue determinante es que, al día siguiente, Christa volvió al lugar del crimen junto a compañeros del instituto. Según el testimonio de los oficiales, citado en el expediente psiquiátrico, se mostraba eufórica, riendo y haciendo preguntas a la policía: un comportamiento que, para los peritos, reflejaba la pérdida total del juicio propia de un estado maníaco no tratado.
“Me gustaría verla freírse”
El juicio, desarrollado en marzo de 1996 en el condado de Knox, estuvo cruzado por la indignación social. Los medios locales se enfocaron en la brutalidad del hecho y en la simbología del pentagrama.
La familia de Colleen Slemmer exigió el castigo máximo. En declaraciones recogidas por el periódico local Knox News, Raúl Martínez, padrastro de la víctima, dijo minutos después del veredicto: “Me gustaría verla freírse, ¿de acuerdo? Lo siento, pero así es como me siento”.
En contraste, la asistencia legal de Christa fue calificada después por organismos de derechos humanos como una falla grave de representación: sus dos abogados de oficio carecían de experiencia en casos capitales. El abogado principal nunca había llevado un caso de pena de muerte, y su asistente no tenía trayectoria en juicios por homicidio.
El hecho más cuestionado hasta hoy es que, la noche anterior a que determinaran la pena, la defensa descartó presentar el informe social de tres volúmenes preparado por un psicólogo perito, que establecía esta vida de abusos y sus efectos psiquiátricos en Christa. En su lugar, solo llamó brevemente a declarar a sus padres y a una tía.
Por otra parte, la legislación de Tennessee fijaba en los 18 años la frontera legal para la pena capital. Su novio y coautor tenía 17 al momento del crimen, por lo que la ley lo eximió de la pena de muerte y fue condenado a cadena perpetua con posibilidad de condicional. En cambio, como ella había cumplido los 18 pocos meses antes, quedó expuesta a la ejecución. Sin evidencia atenuante presentada ante el jurado, el voto fue unánime por la pena de muerte.
“Christa estaba rota”
Durante casi 30 años, Christa fue la única mujer en el corredor de la muerte de Tennessee, y pasó más de 27 años en confinamiento solitario dentro de una celda de 2,4 por 3 metros. Recién en prisión recibió un diagnóstico que podría haber cambiado el curso de su sentencia: trastorno bipolar tipo I, que implica episodios de manía intensa y psicosis. A eso se suman trastornos de estrés postraumático complejo, amnesia disociativa y trastorno de despersonalización. Solo entonces pudo empezar a tratarse.
Brand escribió en su informe: “Después de años de psicoterapia y medicamentos para tratar su enfermedad mental, Christa es reflexiva, de temperamento equilibrado, brillante, divertida y tiene esperanza. Muestra un profundo arrepentimiento por sus acciones [...]. Es verdaderamente una persona diferente de la que era en el momento del asesinato”.
En la petición de clemencia de 226 páginas presentada ante el gobernador de Tennessee, Bill Lee, su equipo legal no pide la absolución ni la liberación, sino la conmutación de la pena por cadena perpetua sin libertad condicional. Como destaca el texto de la solicitud: “Christa estaba rota, no era malvada. Fue quebrada por un sistema de salud mental, juvenil y de justicia penal que la ignoró, la diagnosticó erróneamente y la trató mal a cada paso”.
En sus propias reflexiones, incluidas en la solicitud de misericordia, Christa asume la responsabilidad de sus actos sin justificarse: “Tuve más que mi parte justa de trauma mientras crecía, y me di cuenta de que muchos otros lo han sufrido y no cometieron delitos violentos. No uso eso ni ninguna otra cosa como excusa por lo que hice. No hay excusa para lo que hice. Hay razones para la manera en que actué. Pero nada excusa el crimen y el daño que les causó a tantas vidas [...]. Asumo toda la responsabilidad por mis acciones y lamento todo lo que ocurrió esa noche”.
Por su parte, la madre de Colleen expresó hace tres años respecto del pedido de conmutación de pena: “No les está importando la víctima, y es necesario que les importe, porque esto es muy duro para la familia. Pasé por un infierno, y no está bien. Colleen fue torturada. [Christa] no debería tener más apelaciones, sus apelaciones ya fueron hace dos años. Así que no entiendo por qué derepente volvió al foco. Fue sentenciada a muerte, pasaron 28 años”.
LA NACION