18 de octubre, 2026 - 06h00
¿Por qué te comes a unos y amas a otros? Con esta pregunta sobre los animales (unos para la alimentación y otros como mascotas, esos miembros de la familia con cuatro patitas) empiezo una de mis clases sobre investigación cualitativa para explicar el poder de la diferencia y los significados.
La clase transcurre con entusiasmo. Las respuestas matizadas de risas y reflexión inundan el aula. En efecto, en épocas de hambruna o en circunstancias culturales diversas, algunos animales como los perros o gatos han servido de alimento a seres humanos.
En Ecuador, Perú y Bolivia consumimos cuyes o cobayos, lo que puede causar rechazo en otros lugares. Las costumbres están bañadas de símbolos y significados. Incluso lo que comemos cambia cuando los significados se transforman. Luego les pregunto ¿qué diferencia hay entre migrante y turista? Y la clase vuelve a debatir.
Entonces analizamos la posibilidad de transformar los significados, un tema central de las ciencias sociales, una ventana a partir de la cual las sociedades humanas pueden despertar su agencia y nuevos valores. Así, por ejemplo: si un día todo el país acuerda que el daño causado por el consumo excesivo de plásticos es un comportamiento malo, de mal gusto y repugnante, posiblemente dejemos de inundar de plásticos playas y calles.
De ahí que parte del cambio social está en las manos de quienes son capaces de abonar a la transformación del significado de las cosas. Si bien tienen peso los referentes sociales. También nosotros, desde nuestro espacio, podemos contribuir a hacer la diferencia.
Y nuestra historia está tapizada de acciones que cambiaron significados. Por ejemplo, cuando despreciar a una persona por su color de piel pasó a ser políticamente incorrecto y una muestra de la inhumanidad, los discursos raciales dejaron de tener cabida en el tiempo y el espacio.
Pero la historia reciente nos ha demostrado que puede haber retrocesos. Lastimosamente, hemos sido testigos de cómo se persigue y odia a personas por su condición de género (misoginia y femicidio), etnia (racismo), clase social (aporofobia), opción sexual (homofobia), la edad (edadismo) o por el lugar de nacimiento (xenofobia).
Respecto de este último, el lugar de nacimiento resulta ser un símbolo. Y hay quienes pueden disfrutar de derechos únicos por nacer en un determinado lugar como lo recuerda en su libro The Birthright Lottery: Citizenship and Global Inequality (2009) la autora Ayete Shachar.
En el siglo pasado, la ilusión de la globalización parecía ser una invitación a moverse libremente por el planeta. Pero, poco a poco, nos dimos cuenta de que se mueven las mercancías y es mucho más difícil para las personas.
Las fronteras disuaden a unos y dan la bienvenida a otros. Pero los disuadidos siguen llegando, a pesar de que su vida está en riesgo, y aquello se explica porque quedarse en unos territorios se ha convertido en desesperanza. De ahí que quedarse sea más valorado que migrar. Cuando en cualquier lugar remoto del planeta se tenga dignidad, nuevos significados emergerán y será posible que todos nos pensemos turistas y ciudadanos globales. (O)