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Barcelona es una ciudad con una fuerte identidad. La ciudad no es solo sus calles y edificios, brillantemente ilustrados en el cartel de la Mercè de este año. Barcelona es su gente, sus barrios y sus comercios.
El alma de Barcelona se encuentra en las tiendas familiares, en los mercados, en las panaderías, en los bares, en los restaurantes o en las librerías que dan vida a los barrios. Cuando un comercio emblemático o arraigado en el barrio baja la persiana, perdemos una parte de nuestra memoria colectiva. Tener un proyecto de ciudad es tener un proyecto de sociedad. El mío es hacer una ciudad para la gente: garantizar el derecho a quedarse en una ciudad que sea reconocible para todos aquellos que hemos vivido y crecido en ella. Quiero que Barcelona siga siendo Barcelona. Por eso hacemos más vivienda pública que nunca, por eso eliminaremos todos los pisos turísticos y por eso estamos acabando las obras para transformar la Rambla.
El mercado ejerce una presión insoportable para los pequeños comercios. Es necesario protegerlos
En los últimos años, la ciudad está experimentando muchos cambios de carácter global, económico y sociodemográfico. En este contexto, el comercio tiene que hacer frente a un incremento de los alquileres comerciales que amenaza con expulsar negocios viables que forman parte del patrimonio de la ciudad y de sus barrios, de sus vecinos y vecinas. El mercado está ejerciendo una presión que puede ser insoportable para muchos pequeños negocios. Es necesario protegerlos. del mismo modo que protegemos edificios históricos o espacios naturales, también tenemos que cuidar los comercios que dan identidad a nuestras calles. No podemos dejar ese reto exclusivamente en manos del mercado. Hay que regular el mercado para proteger el interés general, como ya se hace en otros ámbitos.

Necesitamos nuevas herramientas para actuar antes de que sea demasiado tarde. Tenemos que anticiparnos para no tener que lamentarnos. Por eso, desde el gobierno municipal hemos propuesto modificar la Ley de Arrendamientos Urbanos para poder regular y moderar los alquileres comerciales en determinadas situaciones y también la creación de un mecanismo de tanteo y retracto para adquirir locales con el objetivo de preservar comercios emblemáticos. Ojalá estas medidas se hubieran adoptado hace años. Han de ser instrumentos que ayuden a evitar nuevas pérdidas irreversibles.
La protección del comercio local será uno de los grandes debates de las ciudades europeas durante la próxima década. Hemos de aprovechar que este año ejercemos la capitalidad europea del comercio local para lanzar un mensaje fuerte, que resuene en todas partes: Barcelona regula el mercado para proteger su comercio y su identidad. Tenemos la oportunidad de volver a ser pioneros, impulsando un modelo que concilie actividad económica, interés general y derechos de los propietarios. Para hacerlo, necesitamos la colaboración de todos. Así como el Ayuntamiento ha revitalizado los mercados municipales, ahora tenemos que ayudar a preservar las tiendas y los establecimientos, de la mano de los ejes comerciales y los propietarios. No salvaremos al comercio local solo con normas, sino con el impulso de los ejes y la colaboración de los propietarios. Unos y otros tenemos que sentirnos corresponsables de la protección del comercio de la ciudad.
El futuro de Barcelona no solo depende de lo que creamos de nuevo, sino de lo que decidimos conservar. Y nosotros queremos fortalecer la identidad de la ciudad, su memoria y su alma para proyectarlas hacia el futuro. Preservar el comercio local no es mirar hacia atrás ni idealizar el pasado, sino garantizar que las futuras generaciones sigan reconociendo sus barrios y una manera de vivir propia de su ciudad.
Barcelona está en plena transformación, pero todavía estamos a tiempo de proteger aquello que nos identifica y singulariza. Preservaremos el alma de la ciudad.