El baño forma parte de los comportamientos naturales de los loros y contribuye a mantener el plumaje en buen estado. Sin embargo, no todas las aves disfrutan de la misma forma ni con la misma frecuencia, por lo que obligarlas a mojarse puede convertir una actividad beneficiosa en una experiencia estresante.
“Bañarse debe ser una elección del ave y no una imposición”, explica Noelia Sánchez, cofundadora de Avetropic, entidad dedicada a proteger el bienestar de las psitácidas que viven en cautividad. Para saber si el loro está cómodo, recomienda prestar atención a su comportamiento antes y durante el contacto con el agua.
Un ave interesada puede acercarse voluntariamente, abrir las alas y adoptar una postura relajada. Por el contrario, si intenta escapar, permanece rígida o no tiene posibilidad de decidir cuánto quiere mojarse, conviene detenerse y replantear la situación.
“No obligues a tu loro a bañarse”, advierte Sánchez. Sujetarlo, acorralarlo o dirigir un chorro de agua contra él impide que controle la experiencia y puede generar miedo, además de dificultar que vuelva a acercarse al agua en el futuro.
La clave está en ofrecer distintas alternativas y comprobar cuál prefiere cada animal. Una opción es utilizar un pulverizador, aunque al principio no debería dirigirse directamente hacia el loro. Es mejor dejar que perciba la humedad a cierta distancia y observar si se acerca, se aparta o muestra interés.
También puede colocarse una bañera poco profunda y mover ligeramente el agua con los dedos para despertar su curiosidad. Algunas aves prefieren las fuentes automáticas, mientras que otras se acercan de forma voluntaria a un pequeño chorro del grifo o de la ducha. “Cada ave tiene sus preferencias: pulverizador, bañera, fuente o un pequeño chorro de agua. Lo importante es observar su lenguaje corporal y respetar sus decisiones”, señala la cofundadora de Avetropic.
Tampoco existe una frecuencia válida para todos los loros. Algunos buscan bañarse a diario, especialmente durante las épocas de calor, mientras que otros lo hacen de manera esporádica. El momento del día, la temperatura, el método utilizado y las experiencias previas pueden influir en su disposición.
Observar cuándo se acerca al agua, qué modalidad elige y cómo reacciona permite adaptar esta rutina a sus necesidades. El objetivo no es conseguir que el loro se moje a toda costa, sino proporcionarle la posibilidad de desarrollar este comportamiento de forma voluntaria, segura y respetuosa.