Julio César Roca De Castro

17 de octubre, 2026 - 06h00

A Neruda lo llamaban el poeta del amor y del pueblo. Acaba de viajar a las estrellas un cantautor que era eso, cantor del amor y del pueblo. Piero de Benedictis nació en la bota italiana y a los tres años, como muchos italianos que huyeron de los escombros del país después de la segunda guerra mundial, se radicó en Argentina, que empezó a llenarse de los hijos de los barcos, como los denominaba Facundo Cabral. Nos contó musicalmente que venía del barrio chico, de una calle angosta, de la piel que tenía de quienes lo escuchaban, de la nostalgia. Benedictis pudo haber sido benedictino, no lo fue, pero sí recibió influencias del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, formado al calor del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia Católica abrió puertas y ventanas para que entrara el aire y que forjó su conciencia social. Algunos de esos curas villeros fueron asesinados por abrir los ojos de los descamisados ante la miseria y explotación que sufrían.

Piero conoció al compositor José Tcherkiski, que escribió canciones que él cantó y otras juntos compusieron. Mi viejo fue una de ellas, dedicada a su padre y que Piero mostró al suyo, quien se fue a llorar cuando la escuchó. La canción caló en la América mestiza porque vimos en ella reflejada a nuestro padre, el que tenía “la tristeza larga de tanto venir andando, que creció con el siglo, que camina lerdo, como perdonando el viento, que tiene los ojos buenos, historia sin tiempo”. “Viejo mi querido viejo, soy tu sangre mi viejo”. La frase viajaba escrita en la parte de atrás de los camiones argentinos. La canción hizo reconciliar a Mario, Francisco de Papa, con la memoria de su padre. El 2024 la cantó en Guayaquil por el Día del Padre. Fue la última vez que su corazón voló ahí y donde este escribiente, como muchos otros, le dio un abrazo de lejos. Varias ocasiones visitó nuestro Ecuador y nos hizo sus devotos.

Con Piero regresábamos a la época en que andábamos “con las manos en los bolsillos, caminando por el pasto, con el libro bajo el brazo, sin pensar en las materias” “Me hacía la rata (la pava acá) con el pibe de a la vuelta. Me hubiera gustado verte, esperarte a la salida, preguntarte si venís al matiné” “Te llamé ternura, nos fuimos caminando, luego te besé. Y una mañana, mientras el café mezclabas, en una servilleta blanca yo te dibujaba”. Era Llegando, llegaste. “No te vayas por favor, tengo tanto que contarte, guardo los años y extraño, te extraño; si me supiera en vos, como abrazándote, yo te daría el último beso y después me iría extrañándote”. Y nuestra favorita del reino de la ternura donde habitaba y cuando su voz se tornaba celestial: “Este amor que paseo conmigo, que lo siento a comer a la mesa, que está entre mis libros, que llena mi pieza, que descubrí en la almohada, que me hace olvidar hasta el nombre, que me cuesta trabajo, me ocupa los sueños y me invade la noche, este amor, este amor”.

Después la realidad social lo conquistó plenamente y empezó a cantar a Pedro Nadie, que “venía con la mañana a cuestas, tenía en las manos trigo de luna y un amor puro como la tierra”. “Soy campesino de campo ajeno, tengo los pies como el camino viejo”. Y cuando fuerzas oscuras se adueñaron del Estado en los años 70, su música se hizo más comprometida. Se sentó a la puerta de Buenos Aires a ver Las cosas que pasan. Y vio a un Mercedes de chapa oficial llevando a la amante de un general. A los estudiantes corriendo porque los persiguen los vigilantes, a los vigilantes porque los persiguen los estudiantes, a la guardia del presidente, los sables al aire, todos dementes. A la historia de su nación, que es la nación latinoamericana, siglo tras siglo sin solución. En Coplas de mi país, escrita por Pablo Milanés y Tcherkiski, clamaba “porque a esta puerta del río le apuñalaron el sol”. Se preguntaba “cómo contar lo que pasa con mi gente y su pobreza”. Y contaba que a su patria la fundaron a golpes y a cachetazos, que la callaron a machetes y a balazos. Cantaba con una letra más fustigadora: Que se vayan ellos: “Hoy tengo nublada la sonrisa país de cielo, país de tiza”. “Piden las paredes libertades, la calle espera, la gente sabe”. “Hay un hombre amor que resucita, somos territorio de violencia, mi pueblo habla, mi pueblo grita: “¡Basta de muerte, basta!, que se vayan ellos, los que no dejaron nacer y vivir, los que encarcelaron, los que torturaron, los que mataron, los que te prohibieron gritar libertad”. Su guitarra denunciaba en Para el pueblo lo que es del pueblo: “Libertad era almirante, general o brigadier. Comer bien era muy raro, comer poco era normal, comer era subversivo para el señor militar. Era un acto de violencia la alegría popular. Estudiar era pecado, clandestino saber, porque cuando el pueblo sabe no lo engaña un brigadier. Al país lo remataron, lo remataron mal, lo partieron en pedazos y ahora hay que volverlo a armar. Ahora el pueblo está en la calle a cuidar y defender, esta patria que ganamos liberada debe ser”.

El terrorismo de Estado no podía permitir tanta insolencia, entre 1974 y 1975 empezaron los hostigamientos contra Piero, todas las matrices de sus canciones fueron quemadas, de modo que no podrían fabricarse de nuevo los discos. Su música fue prohibida en todas las estaciones de radio y tv y sus discos retirados de las tiendas. Después la dictadura militar intentó secuestrarlo, supo de ello y se escondió, allanaron su casa, la saquearon y destruyeron. Se exilió en Italia y España, viviendo aquí cuatro años en un molino, sin tocar la guitarra y cultivando la tierra, cambiando de siembra. Luego pasó a Colombia, donde le fue concedida la nacionalidad y fue nombrado embajador de paz por la ONU, que promovió al igual que la defensa de los derechos humanos, dando conciertos gratuitos en zonas rurales empobrecidas. Regresó a su país porque la dictadura ya no podía contener el descontento popular, pero fue vigilado de cerca y se mantuvo la censura sobre la difusión masiva en prensa, tv y radio. Mas, su retorno regocijó a la gente, que lloró e hizo largas filas frente a su casa. ¡Era un símbolo de resistencia y reencuentro! En la década del 80 dejó de componer música protesta, pero desde entonces siguió cantando esas canciones y las nuevas. En esencia, nuestro juglar fue el mismo de siempre.

Si se calla el cantor calla la vida, dice una canción. El cantor murió y estamos más solos desde entonces, pero vive en los corazones de millones de personas con su ternura y su grito por un nuevo amanecer. (O)