Cada mes de julio se repite la misma fantasía: dejar el teléfono en un cajón, cerrar la maleta y desaparecer del mapa digital durante una semana o diez días. Hablamos de uno de los sueños recurrentes del estío (tan universal como imaginar tener una casa al lado del mar donde el murmullo de las olas entre en el dormitorio).
La proporción de personas que aseguran querer reducir el tiempo que dedican diariamente a su espejito mágico o teléfono móvil ronda ya a la mayoría de la población en las encuestas de hábitos digitales. Ahora ese deseo parece haber encontrado un negocio a su medida: hoteles que confiscan los teléfonos en cajas selladas nada más entrar en recepción, cabañas rurales sin wifi a precio de rascacielos y retiros que van desde los 200 euros por noche hasta los más de 800 que cuesta seguir un programa de “inmersión total” en Six Senses La Sagesse (Granada, Caribe). El propio Global Wellness Summit, la cita anual que marca el pulso del sector del bienestar a nivel mundial, consagró en 2025 el Analog Wellness (la desconexión y el regreso a lo analógico) como la tendencia número uno de su informe anual, por delante de la nutrición o el ejercicio.
Esto no consiste en hacer un sprint, sino en tener un estilo de vida a largo plazo centrado en la tecnología que incluya pautas higiene digital
Rafa Guerrero
Psicoterapeuta

Un año después, el “digital détox” no parece haber perdido pujanza: la Comunidad de Madrid vuelve a organizar en una finca de Alcalá de Henares sus campamentos de verano en Modo Avión para adolescentes; nuevos resorts han instalado zonas phone-free, al mismo tiempo que se han crecido en número los hoteles que ofrecen tarifas especiales a quienes dejan el teléfono a un “concierge del détox”. No obstante, detrás de tanto entusiasmo hay una pregunta incómoda que la industria prefiere no formular en sus folletos: ¿funciona realmente? ¿existe evidencia de que una desconexión digital de una semana o diez días durante el verano produce beneficios reales y duraderos en el bienestar mental, o los efectos se disipan al volver a la rutina, incluso antes?
La investigación disponible no confirma los beneficios que sugieren los anuncios de cabañas sin cobertura, si bien algún estudio (como, por ejemplo, uno de Harvard publicado en JAMA) señala que se aprecian algunas ventajas medibles tras prescindir de las redes sociales durante una semana en verano: menos ansiedad y mejor sueño. En el otro plato de la balanza, la literatura científica reconoce un patrón de recaída bastante constante: en uno de los estudios más citados sobre pausas de redes sociales, más de la mitad de los participantes reconocieron haber entrado en Instagram, TikTok, Facebook, X, etc., al menos una vez durante el periodo de desintoxicación que se habían propuesto respetar. Otras encuestas sobre desconexión digital sitúan la tasa de incumplimiento de la promesa inicial en cifras similares (en torno a un 33%), dependiendo de la actividad concreta que se pretende abandonar (dejar de utilizar completamente el smartphone durante el “ayuno digital”, prescindir de las redes sociales, dejar de leer los mails recibidos en el tiempo vacacional, etc.)
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Aunque menos da una piedra,…¿qué opinan los expertos sobre desintoxicarse temporalmente del teléfono móvil? ¿Tiene sentido? “Estos retiros pueden ser muy guays, muy vendibles y muy marketinianos, pero no tienen nada de ciencia, sino que aprovechan la oleada de abuso de la tecnología que vivimos, para vender el mismo producto, pero sacando el móvil”, contesta Marc Masip, psicólogo y presidente de Desconect@, un programa para aprender a hacer buen uso de las nuevas tecnologías. “El détox digital no se compra en un fin de semana de lujo, sino que se construye cambiando hábitos”, añade. “No existe un atajo de 5.000 euros para reparar una relación rota con la tecnología”, zanja.
Algo similar piensa Rafa Guerrero, psicoterapeuta, experto en adicciones y autor del libro Adictos a las pantallas (Libros Cúpula). “Todo esto suena muy bien y muy idílico, pero prescindir del teléfono inteligente en la vida diaria es una utopía”, recuerda. “Es un poco como hacer dieta: dejar de comer una o dos semanas no sirve de nada si a los pocos días uno vuelve a las andadas. Esto no consiste en hacer un sprint, sino en tener un estilo de vida a largo plazo centrado en la tecnología que incluya pautas higiene digital”, indica este psicoterapeuta que confiesa utilizar un teléfono Nokia que solo permite realizar y recibir llamadas y mandar sms “de cara a limitar el infinite scroll (es decir, al “enganche” que propician las redes sociales cuando cargan automáticamente nuevos contenidos a medida que se desliza el dedo hacia abajo).
Ampararse en que todos los adolescentes lo hacen, es un grave error; igual no hay que hablar tanto y hacer más y poner límites
Marc Masip
Psicólogo
“No existe evidencia de que prescindir voluntariamente del móvil durante una semana sirva para solucionar el problema de fondo, de la misma manera que la adicción al alcohol, a la pornografía o las máquinas tragaperras no se resuelve por no tener acceso a esa droga durante unos días”, puntualiza. “Normalmente lo que consiguen estos periodos de abstinencia es que la ansiedad sea muy alta y que las ganas de consumir sean todavía mayores”, avisa.
En Adictos a las pantallas, Guerrero dedica un capítulo a la adicción al teléfono móvil que tienen muchos jóvenes, pero también, aunque no se hable tanto de ello, sus mamás y sus papás, es decir, “la generación ansiosa”, como la denomina el psicólogo estadounidense Jonathan Haidt.
Por otra parte, varias investigaciones ponen de relieve que el tiempo de pantalla se dispara en verano cuando desaparece la estructura escolar. Entonces, ¿qué estrategias concretas deberían tener in mente las familias que quieren poner límites a las pantallas de sus hijos sin convertirlo en un conflicto constante? “Lo primero que les diría es que un exceso de dispositivos tecnológicos no es bueno para los chavales pero tampoco para sus padres”, argumenta Guerrero. De hecho, una de las cosas que mejor funciona con los adolescentes “es que sus padres ejerzan de modelo sano”, indica sobre el hecho de poner el foco en los hijos aunque sus padres utilicen el móvil tanto o más que ellos.
Masip se muestra partidario de no ser tan permisivo con los hijos. “Ampararse en que todos los adolescentes lo hacen, es un grave error”, considera. “Igual no hay que hablar tanto y hacer más y poner límites, como que dentro de casa haya espacios libres de pantallas, así como no llevarse el móvil a la habitación, ya que hay una tendencia a la sobreutilización y el aislamiento”, recuerda.
En todo caso, cada vez un mayor número de especialistas detectan la tendencia de comerciar con la salud mental, lo que tal vez explique la proliferación de ofertas “digital detox” especialmente dirigidas a las clases medias y altas. Pese a la existencia de campamentos de verano en “Modo Avión” o del tipo “Pausa y Reconecta” de carácter gratuito, el resto son muy caros y no cumplen con el fin propuesto: lograr que la semana de desconexión digital marque un antes y un después, en lugar de dar lugar al mismo efecto rebote que se observa en la “operación bikini” cuando proliferan dietas milagrosas e inútiles. “El verdadero detox digital empieza el lunes, cuando vuelves a tu vida, y no el viernes cuando llegas al retiro”, declara Masip. Seguramente no le falta razón: si algo han aprendido cuantos han hecho la dieta de la alcachofa o tantas otras parecidas, es que cuando termina el régimen de turno lo normal es recuperar los kilos perdidos y alguno más de regalo. O dicho con otras palabras: que el móvil vuelva a echar humo con el cambio de pantalla y la vuelta a la normalidad.

Cómo enviar al teléfono móvil de vacaciones
Existen hoteles que confiscan los móviles de los clientes, como pasaba en el Salvaje Oeste cuando el sheriff exigía dejar el revólver en el mostrador del salón antes de cruzar la puerta. Si entonces con este ritual de desarme se buscaba evitar tiroteos entre desconocidos, ahora el objetivo es evitar que el huésped dispare contra su propio descanso. El hotel Villa Antilla de Orio, a pocos kilómetros de San Sebastián, por ejemplo, ofrece un programa Detox Digital de 7 días. Según el relato de una huésped, al llegar a recepción, el establecimiento explica cómo funciona el programa y a continuación requisa los móviles (“aunque te dejan usarlo 30 minutos por la mañana y 30 por la tarde”). Para evitar la excusa del “!lo necesito de despertador!”, el hotel ofrece un despertador físico o llama desde recepción a la habitación. Asimismo, si la huésped quiere hacer fotos durante las actividades, puede llevar una cámara propia o pedir a los monitores del programa que se las hagan (es decir, no se prohíbe capturar recuerdos, solo hacerlo con el móvil). También hay un teléfono de contacto de emergencia gestionado por un responsable del hotel, que localiza al huésped de inmediato si es necesario.
Por su parte, en QT Resorts entregar el teléfono móvil un mínimo de 12 horas da acceso a tratamientos de spa, aperitivos gratis y un horario ampliado de piscina exclusivo para “huéspedes sin móvil”. Otros hoteles van todavía más lejos y no tienen siquiera conexión de wifi, como el Eremito (Umbría, Italia), un monasterio del siglo XIV donde se come con cantos gregorianos de fondo o el Unplugged (Reino Unido), con cabañas equipadas con juegos de mesa y un reproductor de casetes con “cuentos para dormir” precargados.
Pero lo más in puede encontrarse en Ananda in the Himalayas (India), un antiguo palacio de un marajá que ofrece un paquete de desconexión digital a partir de 400 euros la noche que ya conocen Oprah Winfrey o Ricky Martin. En la misma línea, The Ranch Malibu (California, EE.UU.), un antiguo “campo de adelgazamiento para famosos”, cobra 1.000 euros la noche por cabañas sin televisor y wifi limitado solo a espacios privados: Elle Macpherson, Jessica Alba y Nicole Scherzinger ya han estado allí, pero sus móviles continúan echando humo, ya que no hay constancia de que haber realizado un “retiro” de unos pocos días en California se haya traducido en un cambio duradero en sus hábitos.