Casi tres semanas después del devastador doble terremoto que sacudió el estado venezolano de La Guaira, Miguel Báez continúa regresando cada día al lugar donde alguna vez estuvo su hogar.

No es rescatista profesional, sino un comerciante de 32 años que, impulsado por la esperanza de encontrar a su madre, su hermano y su sobrina, se convirtió en voluntario entre los escombros.

Con casco y ropa cubierta de polvo, Miguel se adentra por estrechos túneles abiertos entre enormes placas de hormigón.

“Yo quiero estar acá hasta lo último”, afirma, convencido de que, aunque ya perdió la esperanza de hallarlos con vida, necesita encontrar sus cuerpos para darles una sepultura digna.

Desde los terremotos del 24 de junio, vio escenas que, asegura, nunca podrá olvidar: personas rescatadas con vida, cadáveres en descomposición y cuerpos destrozados por el colapso de los edificios.

Esa experiencia, reconoce, le dejó profundas secuelas. “Viene siendo como un trauma, es psicológico”, dice, mientras admite que incluso cuando logra descansar, las imágenes de la tragedia lo persiguen.

Su familia vivía en un complejo de viviendas de Caraballeda que quedó totalmente destruido.

Entre los pocos recuerdos recuperados aparecen la guitarra de su hermano Héctor y la viola de su sobrina Susej, ambos músicos. Hace apenas unos días, el hallazgo de los restos de una niña hizo renacer por unos minutos la esperanza de encontrar a la pequeña, pero finalmente no se trataba de ella.

Miguel también sobrevivió a uno de los más de mil movimientos sísmicos posteriores mientras buscaba víctimas dentro del edificio. La estructura cedió y él, junto a otros voluntarios, logró salir a tiempo. “Dios nos guardó”, resume.

Hoy duerme en una carpa junto a otros familiares y enfrenta el riesgo constante de enfermedades por la convivencia con los escombros y los cuerpos aún sepultados.

Mientras la lluvia interrumpe las tareas de búsqueda, revisa en su celular fotos junto a su madre. Las lágrimas ya casi no aparecen. “No nos quedan prácticamente lágrimas para expresar lo que sentimos”, confiesa, aferrado a la esperanza de encontrar algún día a los suyos.

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