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Finalmente, la extraordinaria buganvilla de la rambla Catalunya sobrevive con una pérgola metálica que asegura su pervivencia, tras el acuerdo entre el Consistorio y la propietaria de la floristería Ponsà. Hay tres cosas que me enamoran de las buganvillas: su nombre, sus colores y su tendencia a despeinarse. Hace cuarenta años que convivo con una. Después de tenerla una década en una maceta la transporté en moto a un nuevo domicilio, la trasplantamos en la tierra y creció hasta alcanzar unas dimensiones casi tan colosales como la de la señora Maria Ponsà.

El nombre proviene del explorador francés Louis de Bougainville, autor de Voyage autour du monde (1771) y cada lengua lo adapta como puede. Las primeras buganvillas llegaron a Europa a bordo de La Boudese y L’Etoile, los dos barcos de la expedición científica que circunnavegó el planeta de 1766 a 1769, capitaneada por el conde de Bougainville.
Aunque el descubrimiento de la planta en la zona hoy denominada Río de Janeiro se debió al naturalista de la expedición, el botánico Philibert Commerçon, un hombre delicado de salud que murió durante el viaje, de manera que no pudo presionar para bautizarlas como commerçonillas.
En realidad el descubrimiento de las buganvillas no lo hizo Bougainville
Tampoco habría sido justo. Como ya renqueaba de una pierna, Commerçon no pudo desembarcar en Río y fue su ayudante quien recogió los primeros ejemplares de la planta. El provecto botánico viajaba con un asistente que lo cuidaba día y noche, en su cabina, donde dormían los dos solos. Pero he ahí que, según consignó Bougainville en su diario de a bordo, en abril de 1768 los indígenas de la isla de Tahití empezaron a perseguir al joven asistente y los franceses tuvieron que emplearse a fondo para volver a subirlo a L’Etoile sano y salvo. O mejor dicho, sana y salva, porque al final resultó que el susodicho asistente era la amante de Commerçon, una mujer llamada Jeanne Baret que se había hecho pasar por mozuelo durante cerca de dos años, en un caso de ocultación de género en entorno marinero como el que noveló Zoé Valdés en Lobas de mar. En realidad las buganvillas, tan díscolas y despeinadas ellas, deberían llamarse baretillas.