En 1901, un grupo de buceadores de esponjas encontró frente a la isla griega de Anticitera los restos de un naufragio romano. Entre ánforas y estatuas apareció un bloque corroído de bronce y madera que, durante años, nadie supo bien cómo interpretar. Con el tiempo se convertiría en uno de los objetos más estudiados de la arqueología: un mecanismo de engranajes fechado entre el 150 y el 100 antes de nuestra era, diseñado para calcular posiciones astronómicas y predecir eclipses.

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Un naufragio que escondía más de lo que parecía

El artefacto se conserva hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, y su datación sitúa su fabricación a finales del siglo II o comienzos del I antes de Cristo, coincidiendo con el hundimiento del barco que lo transportaba.

Una de las hipótesis más citadas, recogida en el Proyecto de Investigación del Mecanismo de Anticitera, apunta a un origen ligado a las colonias corintias, posiblemente Siracusa, y, por tanto, a la escuela de Arquímedes, aunque la autoría exacta sigue sin confirmarse.

El dispositivo integraba más de 30 engranajes de bronce accionados a mano, que modelaban los ciclos de la Luna, el Sol y los planetas conocidos, y empleaba un sistema de engranajes epicíclicos, similar a un diferencial moderno, para compensar las irregularidades orbitales.

En la parte frontal, una pequeña esfera mitad blanca y mitad negra giraba para mostrar la fase lunar exacta. En el reverso, al menos cuatro esferas representaban el ciclo metónico, el ciclo de Saros, el calendario de juegos deportivos panhelénicos y el exeligmos, usado para afinar la predicción de eclipses.

Décadas de rayos X para descifrar un enigma...

Entender esas piezas, fragmentadas y corroídas por el mar, llevó décadas. En 1959, el físico Derek de Solla Price comenzó a estudiar los 82 fragmentos recuperados; más tarde, junto al físico nuclear griego Charalampos Karakalos, tomó las primeras imágenes con rayos X y rayos gamma del interior del mecanismo. Así descubrieron 27 ruedas dentadas, algunas con hasta 127 y 235 dientes, un nivel de precisión que sorprendió a la comunidad científica y que en 2017 llevó a Google a dedicarle un 'doodle' como primera computadora mecánica de la historia.

...¿que realmente funcionaba?

No todo son certezas. Varias investigaciones posteriores de Tony Freeth y Alexander Jones, simulando el mecanismo, hallaron que su indicador de la posición de Marte podía desviarse hasta 38 grados, un margen de error que los investigadores atribuyen no a fallos de fabricación sino a las limitaciones de la propia astronomía griega de la época.

Un estudio más reciente va más allá y plantea que incluso el error de fabricación más pequeño podría haber hecho que el mecanismo se atascara o patinara, lo que reabre la pregunta de si la máquina llegó a ser plenamente funcional o si, en la práctica, resultaba más aparatosa que útil.

El interés por el mecanismo no se ha apagado. En distintos puntos del mundo se han construido réplicas a escala con fines educativos, como el proyecto mexicano del Monumental Mecanismo de Anticitera, pensado para formar a nuevos físicos e ingenieros.

Su impulsor, el investigador Raúl Pérez Enríquez, resume así el interés que sigue despertando el artefacto: "Es el universo del mundo antiguo visto desde una nueva perspectiva, con la Tierra en el centro y los planetas girando a su alrededor, tal y como lo imaginaban los griegos hace más de dos milenios.