16 de julio, 2026 - 06h30
En las eliminatorias previas al Mundial de Alemania 1974, la Unión Soviética, que había empatado como local ante Chile, se negó a jugar el partido de repechaje en Santiago aduciendo que no legitimaría con su presencia que ese escenario fuera usado como campo de concentración durante el golpe militar de Pinochet. La victoria de Argentina frente a Inglaterra en el Mundial de México fue leída popularmente en Buenos Aires como una vindicación de la derrota militar en las Malvinas.
En las últimas semanas, el presidente de la FIFA ha sido asociado a los intereses económicos y electorales de Donald Trump. La llamada pidiendo que se exonerara la suspensión al jugador expulsado de ese país, y el favor concedido, fue simplemente escandalosa, pero un evento tan grande y mediáticamente tan importante ha tenido varias otras consecuencias.
Probablemente el tema más significativo ha sido el del racismo. Los ataques a la selección francesa, en concreto, mostraron la estupidez ideológica que sustenta las discriminaciones y que se ha expresado de manera transparente. Los grotescos post de la senadora paraguaya Celeste Amarilla, a propósito de Mbappé, fueron una muestra de lo abyecto que es el racismo latinoamericano, pero mucho más intensas que las tonterías de una señora ignorante fueron las opiniones del ex jefe de Estado español Mariano Rajoy, quien con otras maneras llega a las mismas descalificaciones. En concreto, la conclusión es la misma: no pueden ser europeos quienes no son blancos.
Este, el del racismo, es probablemente el tema más importante del sinnúmero de controversias del Mundial. Pero las lecturas políticas dan para más. Las reacciones frente a los arbitrajes han sido variadas. Las más fantasiosas probablemente fueron aquellas que construyeron rocambolescas teorías conspirativas que vinculaban al orden mundial con el uso del VAR, por ejemplo. En el afán de presumir de iconoclastia, miles de influencers y activistas en todo el planeta erigieron a la selección argentina en un instrumento de algo parecido a la conjura judeomasónica que gobernaba el mundo, y que inventaron los nazis cuando crecían sin parar en Alemania. La realidad es que ese equipo no es más que un conjunto de deportistas que no tienen el físico de hace cuatro años, pero que dan lo que pueden. A los egipcios les anularon en forma dudosa un gol, cierto es, pero terminaron perdiendo, después del incidente, un partido que ganaban dos a cero. Los rioplatenses no son responsables de la guerra en el golfo Pérsico ni de la inflación global, y, si Messi desapareciera, al Fondo Monetario Internacional no le pasaría nada.
El Mundial de Fútbol expresa tanto porque ese evento, que es básicamente una gigantesca producción mercantil cuyo objeto es producir ganancias –de eso se tratan los deportes profesionales–, apela a los sentimientos atávicos de identidad que se levantan alrededor de la idea de nación. Allí confluyen los estereotipos y las imágenes que nos dan sen-tido de comunidad a quienes vivimos en un mundo que la tecnología individualiza cada vez más. (O)