25 de agosto, 2026 - 07h30

Cuando hablamos de nuestra salud, esperar puede tener muchos significados. Se espera un turno, un resultado, una cita. Pero para quien necesita un trasplante, esperar significa algo distinto: vivir sabiendo que el tiempo corre en su contra.

Durante años, miles de ecuatorianos han formado parte de una lista de espera para recibir un riñón, hígado, corazón, pulmón o una córnea. Detrás de cada registro hay una persona que quiere volver a trabajar, ver crecer a sus hijos, recuperar la visión o simplemente tener más tiempo.

Recientemente analizamos más de una década de datos de la lista nacional de trasplantes del Ecuador. Entre 2010 y 2022, 6.523 personas fueron registradas para recibir un órgano o un tejido.

Pero hay una cifra que resulta difícil mirar únicamente como una estadística: entre quienes esperaban un órgano sólido y para quienes se disponía de información de mortalidad, 263 murieron antes de recibirlo. Más de una de cada cinco personas.

No son 263 números. Son 263 historias que terminaron mientras esperaban.

El problema, además, no se limita a conseguir más donantes. Ecuador posee otra desigualdad menos visible: el lugar donde vive una persona puede influir en sus posibilidades de acceder al sistema. La actividad de trasplantes se concentra principalmente en Quito, Guayaquil y Cuenca. En nuestros datos, nueve de cada diez personas registradas en lista de espera provenían de zonas urbanas. Esto debería hacernos una pregunta incómoda: ¿hay menos pacientes que necesitan trasplantes en las zonas rurales o tienen más dificultades para llegar al diagnóstico, ser derivados, completar una evaluación y finalmente ingresar a una lista de espera?

Ecuador ha avanzado. Tenemos legislación, instituciones, profesionales especializados y programas que han permitido salvar miles de vidas. Reconocer esos logros no significa ignorar lo que falta. El siguiente paso debe ser conseguir que el acceso a un trasplante dependa cada vez más de la necesidad médica y cada vez menos del código postal del paciente.

El desafío está en que necesitar un trasplante en Ecuador no se convierta en una carrera contra el tiempo y la geografía. Saber dónde están las brechas es apenas el primer paso. Ahora corresponde actuar para cerrarlas. Ninguna política pública puede resolver por sí sola el otro lado de esta historia: necesitamos hablar de donación.

Donar órganos es una decisión que aparece en uno de los momentos más dolorosos para una familia, pero que puede convertirse en vida para otra. Un solo sí puede significar que alguien salga de una lista de espera y vuelva a casa.

Por eso los trasplantes no deberían ser un tema del que hablemos únicamente cuando una familia los necesita. Debemos hablar de ellos ahora: en nuestras casas, en las universidades, en los hospitales y desde el Estado. Una lista de espera nunca debería convertirse en una lista de personas que no alcanzaron a llegar.

El estudio Current status and geographic inequities in solid organ and corneal transplantation in Ecuador (2010–2022) está disponible en PeerJ. (O)

* Microbiólogo, docente e investigador de la Universidad Espíritu Santo (UEES).