En 1914, con el país ardiendo en plena Revolución, el Departamento del Trabajo tuvo una ocurrencia visionaria: preguntarles a las familias obreras en qué gastaban su dinero. Las respuestas de entonces, es de suponerse, hablaban de maíz, manta y velas; las de hoy hablan de planes de datos y viajes por aplicación.
Entre unas y otras corre más de un siglo de una misma obsesión estadística, que sobrevivió a guerras, crisis y devaluaciones, y que acaba de dar su fruto más ambicioso: la Encuesta Nacional de Gasto (ENG) 2025, que el INEGI presentó el miércoles pasado.
La historia tiene estaciones bien marcadas. En 1956 se levantó la primera encuesta con métodos científicos de muestreo. En 1975, la Secretaría del Trabajo retomó el estandarte con una nueva versión del ejercicio, y en 1977 nació la ENIGH, la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, tal como la conocemos; en 1984 pasó a manos del INEGI.
En 2004, la Ley General de Desarrollo Social la convirtió en la base de la medición oficial de la pobreza y en 2012 fue declarada Información de Interés Nacional. Un siglo entero de gobiernos muy distintos volviendo a la misma pregunta, porque pocas radiografías dicen tanto de un país —de sus carencias y de sus gustos— como la lista de sus gastos.
La ENG es la heredera más reciente de esa estirpe y llega con una novedad. En lugar de levantar la información cada dos años y durante unos cuantos meses, tomó el pulso al gasto todos los días: del 25 de diciembre de 2024 al 7 de enero de 2026, en 38 cortes de diez días y en 28 mil 668 viviendas que representan a los 38.3 millones de hogares donde vivimos 130.7 millones de personas.
Hubo entrevistadores del INEGI trabajando en Nochebuena y en Año Nuevo. El propósito era capturar, por primera vez, la estacionalidad completa del consumo: sin diciembre, la foto del gasto mexicano no sale completa.
El retrato general lo comentamos el jueves: 24 mil 801 pesos de gasto corriente monetario mensual por hogar y 55 de cada 100 pesos destinados a alimentos y movilidad.
Veamos hoy lo que solo una medición de año completo podía revelar: la estacionalidad del gasto en el año.
El gasto tuvo su pico en el arranque —la cola navideña y los Reyes—, un valle en primavera, cuando cayó 6.4 por ciento, y una recuperación de 3.7 por ciento en verano.
El propio INEGI advierte que esas olas mezclan estacionalidad con hábitos, y por eso difunde también el dato anualizado. Pero son justamente las olas las que cuentan las mejores historias.
Véalo como un calendario colgado en la cocina. Tras las compras de diciembre y de Reyes, el gasto en vestido se desplomó 47 por ciento en el segundo trimestre. En primavera, el gasto en salud de los hogares rurales brincó 43 por ciento. En el verano, esos mismos hogares multiplicaron por 3.6 su gasto en autobús foráneo: las visitas al pueblo. El regreso a clases disparó 80 por ciento el gasto educativo y 225 por ciento el de uniformes escolares. Y el cierre del año huele a posada: azúcar y mieles subieron 14.6 por ciento; café, té y chocolate, 9.9, y los viajes en aplicación, 50 por ciento.
Una pregunta adicional: ¿por qué el gasto en pescados y mariscos cae 19 por ciento al pasar el segundo trimestre? La sombra de la cuaresma es una hipótesis plausible.
La encuesta está sembrada de perlas que retratan al país. Gastamos más en especias y aderezos (52 pesos al mes) que en tabaco (37). En la mesa, el pollo le gana a la res: 446 contra 410 pesos mensuales. La larga distancia internacional, aquella que partía quincenas y obligaba a gritar «¡cuelguen!», quedó reducida a un peso al trimestre: la reporta uno de cada mil hogares. En cambio, el gasto en internet subió los cuatro trimestres sin excepción, el celular con plan duplicó su gasto en el campo y el transporte colectivo —el micro, la combi— sigue siendo, por mucho, el rey de la movilidad cotidiana.
Pero el dato curioso es el anzuelo; el fondo es otro. La ENG no nació para buscar curiosidades, sino con una misión precisa: servir de insumo para actualizar los ponderadores del Índice Nacional de Precios al Consunidor (INPC), es decir, el peso que cada bien y servicio tiene en la canasta con la que medimos la inflación, ese dato que cada quincena mueve mercados, negociaciones salariales y decisiones de tasa.
La recomendación internacional pide que esos ponderadores salgan de encuestas que cubran un ciclo estacional completo; la actualización vigente se hizo todavía con la ENIGH de 2022, levantada en unos cuantos meses del año.
Y el estreno ya dejó una sorpresa. La ENG midió un gasto corriente monetario de 57 mil 930 pesos trimestrales por hogar; la ENIGH 2024 había captado 47 mil 674. Es un alza de 21 por ciento en apenas un año, muy por encima de la inflación del periodo.
¿Nos volvimos gastalones de repente? No. Lo que cambió fue el instrumento. La medición continua, día por día, recoge desembolsos que la memoria deja escapar cuando se pregunta meses después. Haga usted la prueba: ¿recuerda cuánto gastó en marzo? Son, hay que decirlo, encuestas de diseño distinto y la comparación debe tomarse con pinzas.
Tampoco es un reproche a la ENIGH, que mide bien aquello para lo que fue diseñada: el ingreso, la desigualdad, la pobreza. Pero la lección queda: los hogares mexicanos siempre gastaron más de lo que los instrumentos registraban; apenas ahora lo vemos con nitidez.
Las consecuencias no son menores. Con la nueva medición, los alimentos pesan 34.9 por ciento del gasto monetario, frente al 37.7 que registraba la ENIGH 2024. Cuando diferencias de ese tamaño se trasladen a la canasta del INPC —y conste que el traslado no es automático: hay un trecho técnico entre la encuesta y el índice—, cambiará la aritmética fina de la inflación: cuánto pega el jitomate, cuánto la colegiatura, cuánto el plan de datos. No es asunto menor para el Banco de México, ni para los salarios, contratos y pensiones que se mueven con el índice.
Un siglo y doce años después de aquella primera encuesta levantada entre balazos, la pregunta sigue siendo la misma y sigue siendo la mejor: dime en qué gastas y te diré qué país eres.
A esta mina de datos le quedan vetas enteras —las brechas entre estados, la tanda que le gana a la tarjeta— y volveremos a ellas.
Por lo pronto México estrenó la fotografía más nítida que se ha hecho dede su consumo, y salimos retratados de cuerpo entero.