El 26 de julio de 1952, la Argentina se paralizó tras confirmarse el fallecimiento de María Eva Duarte de Perón a la temprana edad de 33 años. Designada oficialmente como Jefa Espiritual de la Nación, la figura de Evita trascendió rápidamente los límites formales del rol de primera dama para convertirse en un fenómeno de masas sin precedentes en la cultura política del siglo XX.
Aunque su labor asistencial a través de la Fundación Eva Perón suele ser el aspecto más recordado por la memoria popular, su mayor impacto en la estructura institucional del país se consolidó a través de la construcción del poder político femenino.
Hasta finales de la década de 1940, la mitad de la población argentina carecía de derechos políticos fundamentales. A pesar de los reclamos históricos del movimiento feminista y de figuras pioneras del socialismo y el radicalismo como Alicia Moreau de Justo y Julieta Lanteri, los sucesivos proyectos de ley para otorgar el sufragio a las mujeres habían sido encajonados de forma sistemática en el Congreso Nacional. La irrupción de Eva Duarte en la escena pública brindó el impulso ejecutivo y popular definitivo para saldar una deuda histórica con la ciudadanía.
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La promulgación de la Ley 13.010 y las históricas elecciones de 1951
En septiembre de 1947, tras un intenso debate parlamentario y una constante movilización impulsada desde las plazas y los sindicatos, se sancionó la Ley 13.010 de Derechos Políticos de la Mujer. La norma reconoció la igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres para elegir y ser electas en cargos públicos.
Poco después, en un multitudinario acto en la Plaza de Mayo, Evita recibió el texto de la ley de manos del presidente Juan Domingo Perón, definiendo la jornada no como una concesión del poder, sino como una victoria conquistada por el pueblo.
El verdadero hito organizativo ocurrió cuatro años más tarde, el 11 de noviembre de 1951, cuando se celebraron las elecciones presidenciales en las que las mujeres argentinas votaron por primera vez en la historia nacional.
La participación de la padrón femenino superó el noventa por ciento de las inscriptas, un nivel de concurrencia histórico que reflejó el enorme trabajo de empadronamiento y concientización realizado durante los años previos. La propia Evita, convaleciente y atravesando una avanzada etapa de su enfermedad, emitió su voto desde la cama del Policlínico de Avellaneda, dejando una de las imágenes más potentes del proceso democrático argentino.
La fundación del PPF y la llegada masiva de legisladoras al Congreso
Para encauzar la participación de esta nueva masa de votantes, Eva Perón impulsó la creación del Partido Peronista Femenino en 1949, una estructura política independiente de la rama masculina y conducida exclusivamente por mujeres. A través de las denominadas delegadas censistas, militantes jóvenes enviadas a cada rincón del territorio nacional, la organización tendió una red territorial que permitió afiliar a más de medio millón de mujeres y capacitar a miles de dirigentes en tareas de gestión y articulación comunitaria.
Los resultados de esa estrategia se tradujeron en un recambio legislativo inédito a nivel mundial para la época. En las elecciones de 1951, no solo votaron las mujeres, sino que 23 diputadas y seis senadoras nacionales ingresaron al Congreso de la Nación, sumadas a decenas de legisladoras provinciales.
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La irrupción de las mujeres en los escaños parlamentarios rompió de manera definitiva con el monopolio masculino en la toma de decisiones públicas. A más de siete décadas de su partida, el andamiaje institucional construido por Evita permanece como el hito fundacional del protagonismo femenino en la política argentina.
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