
En el Londres georgiano, los bailes de máscaras fueron mucho más que un entretenimiento de temporada: se convirtieron en un escenario donde sexo, dinero y poder se exhibían ante la alta sociedad, y donde una sola aparición, como la de 1749, podía redefinir una reputación y abrir las puertas del círculo íntimo del rey.
Aquella noche en el King’s Theatre, Chudleigh llegó disfrazada de Ifigenia con un atuendo que, según relata HistoryExtra Magazine, dejaba sus pechos a la vista bajo una gasa transparente y una falda larga, mientras el rostro permanecía oculto tras la máscara. El efecto fue inmediato: los asistentes comenzaron a preguntarse quién era aquella mujer y qué llevaba puesto.
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Entre los testigos estuvieron la reformadora social Elizabeth Montagu y Horace Walpole, amigo de infancia de Chudleigh y habitual de las mascaradas. Walpole observó que estaba “tan desnuda que uno la habría tomado por Andrómeda”, mientras Montagu recordó que “el vestido de la señorita Chudleigh, o más bien su falta de vestido, fue notable”.
La princesa de Gales Augusta reaccionó con alarma y trató de cubrirla con un chal, que Chudleigh apartó de inmediato. Las otras damas de honor, añade la publicación, se sintieron tan ofendidas que no le dirigieron la palabra durante toda la velada.
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La escena pudo haber arruinado su puesto como dama de honor en la casa de la princesa de Gales. Ocurrió lo contrario: un hombre mayor vestido con un “traje inglés a la antigua” se fijó en ella, y bajo la máscara estaba Jorge II, protector habitual de las mascaradas, que quedó cautivado por Chudleigh.
Esa atención tuvo consecuencias concretas. El rey la convirtió en una de sus amantes favoritas y le dio acceso a su círculo más cercano, mientras su aparición en el teatro la transformó en una celebridad de un día para otro.
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En los días y semanas siguientes circularon por Londres historias, versos y al menos seis representaciones impresas de su atuendo. Ese episodio en el King’s Theatre le dio estatus, conexiones y fama duradera; más adelante sería conocida también como duquesa, condesa y bígama, después de volver a casarse mientras su primer marido seguía con vida.
Para entonces, las mascaradas ya se habían consolidado como una cita fija de la temporada londinense. Hacia 1749, no solo formaban parte de la vida elegante de la capital, sino que también habían penetrado en el teatro, la literatura, el arte y la cultura impresa británica.
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El formato había tenido un comienzo vacilante a principios del siglo XVIII en la ribera sur del Támesis, pero encontró su gran plataforma en el King’s Theatre de Haymarket bajo la dirección del empresario suizo Johann Jakob Heidegger. Fue él quien convirtió un entretenimiento cortesano europeo en un negocio comercial basado en la venta de entradas para financiar sus producciones.

Las entradas podían comprarse y, en teoría, cualquier persona podía asistir. En la práctica, el precio elevado, sumado al costo del disfraz y del traslado en silla de manos o carruaje, dejaba la experiencia al alcance de los estratos más altos de la sociedad londinense.
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Ese público estaba formado por la nobleza, la pequeña aristocracia terrateniente y un grupo selecto de actores, artistas y comerciantes a la moda. En ese espacio, la élite exhibía privilegio, riqueza y gusto, y usaba la mascarada como vitrina social.
La máscara era obligatoria y daba nombre al evento, pero el rasgo dominante no era el anonimato, sino el reconocimiento. Según HistoryExtra Magazine, el atractivo residía en descubrir quién estaba detrás del disfraz y en ser descubierto por los demás dentro de un marco de espectáculo, moda y consumo.
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Quienes no podían pagar la entrada participaban de otras maneras. Podían agolparse en la ruta hacia la ópera antes del evento, observar desde la galería del teatro como espectadores de pago o comprar recuerdos producidos en masa, desde figuras de porcelana y pañuelos hasta grabados.

Ese auge también generó resistencia. El obispo de Londres Edmund Gibson, el escritor y magistrado Henry Fielding y el grabador satírico William Hogarth denunciaron las mascaradas como espacios de libertinaje capaces de empujar a la sociedad hacia el desorden y la inmoralidad nacional.
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Hogarth atacó ese mundo en dos de sus primeros grabados por encargo propio: Masquerades and Operas, or, the Bad Taste of the Town y Masquerade Ticket. Más tarde volvió sobre el tema en obras como A Harlot’s Progress y Marriage A-la-Mode, donde utilizó entradas, máscaras y disfraces para asociar el entretenimiento con la prostitución y el vicio.
La expansión del Imperio británico durante el siglo XVIII también se reflejó en los disfraces. A medida que nuevas culturas, personas, alimentos y modas llegaban a Londres, los asistentes adoptaron atuendos de inspiración global, muchas veces atravesados por estereotipos raciales y por la lógica colonial.
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En la mascarada del rey de Dinamarca de 1768, por ejemplo, hubo participantes blancos vestidos como funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales, “chinos”, personas esclavizadas y otros personajes. Miss Kitty Cambridge y su acompañante Agneta Yorke recordaron que una de las figuras más comentadas fue el actor Mr Mendez, que apareció como “esclavo negro”, con la piel ennegrecida, lana en la cabeza y un collar de diamantes.

De acuerdo con The Gentleman’s Magazine, Mendez iba vestido como Mungo, un trabajador esclavizado de la nueva ópera cómica The Padlock. Ese tipo de transgresión racial, sin embargo, operaba en una sola dirección: los asistentes blancos podían representar figuras de distintas partes del mundo, mientras que las personas de color quedaban confinadas a representar a otras personas de color o al dominó neutral.
Ese fue el caso de Julius Soubise, antiguo sirviente afrocaribeño esclavizado, que solía asistir caracterizado como Mungo. Esa reiteración, unida a su gusto por la ropa llamativa, lo convirtió en la cultura popular en el “Mungo Macaroni”.
Las mascaradas también pusieron en escena el cruce de género. Henry Seymour Conway era célebre por aparecer disfrazado de mujer mayor, y años antes había intentado estudiar los modales y el habla de la duquesa de Manchester para imitarla con mayor precisión.
Las mujeres, por su parte, podían vestirse de hombres, como ocurrió en 1771, cuando Mrs. Crewe y su amiga Mrs. Bouverie asistieron con sombreros masculinos prestados. La prensa de la época las describió como figuras tan masculinas como los propios hombres de su círculo político, una burla que alcanzaba a Charles James Fox y a sus colegas whigs.

En 1775, una pareja llevó esa inversión de papeles a una sátira visual más extrema en el King’s Theatre. Ella apareció con unos enormes calzones que iban desde los pies hasta la cabeza, coronados por plumas de avestruz, y él con una falda que cubría toda su figura y una corona ducal adornada con joyas.
El disfraz apuntaba al duque y la duquesa de Gordon, un matrimonio escocés cuya relación era vista como una inversión del orden patriarcal. La sátira sugería que era ella quien “llevaba los pantalones” en la relación.
A comienzos de la década de 1770, el King’s Theatre empezó a perder su posición dominante frente a Carlisle House en Soho Square y el Pantheon en Oxford Street. Para retener a la élite y atraer a sectores medios ambiciosos, redujo precios, organizó mascaradas de temática veneciana y ofreció comedores privados para los rangos superiores.
La estrategia solo funcionó durante un tiempo. Hacia el final del siglo, los gustos de la élite habían empezado a cambiar y las exhibiciones visuales de estatus perdieron atractivo, en parte porque la presencia de grupos considerados socialmente inferiores erosionaba, a ojos de algunos, el brillo de la nobleza y la aristocracia rural.
Durante la era victoriana, las mascaradas se replegaron a casas urbanas, evolucionaron hacia bailes de disfraces y pasaron a ser una práctica sobre todo de clase media, mientras la aristocracia buscaba diversión en otros espacios. Según el medio, su huella persistió en la cultura del disfraz, la celebridad y el espectáculo, que siguieron haciendo del reconocimiento, la moda y la exhibición sus mecanismos centrales.