Hay recuerdos que permanecen ligados para siempre a un lugar. Para Nora Lavayén, el campo familiar de General Conesa es uno de ellos. Allí vivió su infancia, acompañó el trabajo de sus padres y aprendió, desde muy chica, que producir también significa esperar, observar y tomar decisiones cuando las condiciones obligan a cambiar el rumbo.
Hoy, muchos años después, vuelve a ese mismo lugar todos los días. Ya no vive allí, pero la casa de su infancia sigue en pie y conserva para ella un valor especial. “Yo vuelvo al campo y vuelvo a mis raíces”, dice a Río Negro Rural. Y en esa frase aparece buena parte de la historia que explica por qué decidió continuar junto a su hermana Beatriz Lavayén y su esposo Daniel Martín y, más recientemente, junto a su sobrino Ignacio, el proyecto productivo iniciado por su padre, Alberto Lavayén.
La familia viene de una tradición productiva ligada a Conesa. El abuelo paterno de Nora trabajaba originalmente el campo en condición de arrendatario y, posteriormente, su padre lo compró. Alberto Lavayén se había formado en una escuela Agrotécnica de Tandil, trabajó allí y también en Bell Ville, hasta que regresó a General Conesa para dedicarse definitivamente al establecimiento familiar. “Él amaba su trabajo”, recuerda Nora.
Ese vínculo con la producción también fue transmitido a sus hijas. “Nosotros cuando éramos chicas vivimos en el campo, estuvimos hasta los 10 años”, cuenta.
Años después, cuando su padre falleció, Nora y su hermana decidieron continuar con la actividad. No se trató de comenzar algo nuevo, sino de evitar que se perdiera un proyecto que ellas mismas habían acompañado desde pequeñas. “La idea era que este proyecto que él tenía y estaba desarrollando no se pierda”, cuenta la productora.
6.800 hectáreas
El establecimiento se encuentra a unos 15 kilómetros de General Conesa, sobre la Ruta Provincial N°53. La traza divide el campo en dos sectores y una parte tiene costa sobre el río y el restante campo secano, donde la familia desarrolla principalmente producción de cría e invernada.

La escala del rodeo está deliberadamente relacionada con la capacidad del campo. No buscan maximizar la cantidad de animales. La experiencia de los años difíciles les enseñó que cargar de más puede convertirse en un problema cuando llegan las sequías.
“En épocas donde el clima acompaña el productor se entusiasma y busca hacer rendir el campo al máximo. La experiencia de los años difíciles nos enseñó que sobrecargar los campos se convierte en un problema teniendo que malvender o genera pérdidas por mortandad”, explica Nora sobre la manera de trabajar el campo.
El agua como factor decisivo
El clima ocupa un lugar central en las decisiones del establecimiento. Los últimos años estuvieron marcados por períodos de precipitaciones inferiores a la media. Incluso el comienzo del año había sido muy seco y las lluvias llegaron recién en los últimos meses.

Pero una lluvia no significa automáticamente que el campo recupere su capacidad productiva. “Acá no llueve pasto”, recuerda Nora sobre un dicho conocido entre los productores.
La reacción depende del tipo de suelo, del estado en que se encuetra el establecimiento y del manejo que haya recibido previamente. En primavera, determinados sectores pueden responder rápidamente con un buen rebrote, mientras que otras zonas tienen comportamientos diferentes.
Entre las especies naturales que aparecen en el campo menciona el alfilerillo. Y en la zona de costa de río, el olivillo adquiere particular importancia durante los períodos secos.
“Es distinto cuando un chico joven sigue el proyecto familiar y no lo siente, a cuando sigue el proyecto familiar y realmente lo siente”.
Nora Lavayén, productora ganadera.
El fruto del olivillo es aprovechado por los animales y puede convertirse en un recurso adicional cuando escasea el forraje.
La familia sabe, de todos modos, que existe potencial para avanzar en la implantación de pasturas, pero también que hacerlo requiere inversión. “Es un campo que hay que empezar a invertir para hacerlo de bajo riesgo”, explica.
La posibilidad está presente, aunque requiere recursos y una decisión que deberá tomarse en función de las condiciones productivas.
La historia productiva del establecimiento también refleja los cambios que atravesó buena parte de la ganadería regional.
El padre de Nora había comenzado con una actividad principalmente ovina. El establecimiento era un campo de ovejas, pero distintos problemas asociados a predadores fueron haciendo cada vez más difícil sostener ese esquema.
El jabalí y el puma aparecen entre las principales dificultades mencionadas.
A partir de allí se produjo un cambio de matriz productiva y el establecimiento pasó de la producción ovina a la ganadería bovina. La elección fue Hereford, una raza con la que la familia trabaja actualmente. La transformación fue importante. No solamente cambió la especie predominante, sino también el modo de organizar el sistema productivo.
Cuidar la fábrica
La producción actual está orientada a la invernada. En años de condiciones normales, el sistema permite obtener terneros con mayor peso, pero las restricciones climáticas obligaron a modificar el manejo.
Actualmente están produciendo terneros más livianos. La decisión tiene una explicación concreta: aliviar a la vaca madre. “Hay que tomar decisiones y lo que hay que hacer es alivianar la vaca”.
Nora utiliza una expresión muy gráfica para explicar la importancia de esa decisión: la vaca es “la fábrica”. Preservar el vientre significa cuidar el capital productivo que permitirá continuar con el ciclo ganadero cuando las condiciones vuelvan a mejorar.
Por eso, frente a una temporada seca, no se trata solamente de pensar en cuánto peso puede ganar un ternero. También hay que evaluar cuánto forraje queda disponible y qué consecuencias tendrá mantener esos animales durante más tiempo.
En determinadas circunstancias, vender un ternero más liviano es una herramienta de manejo.
Aprender de las sequías
La familia conoce de primera mano las consecuencias que puede tener una sequía prolongada.
Nora recuerda especialmente un período de varios años atrás, cuando su padre todavía estaba vivo y ellas ya participaban activamente del manejo del establecimiento.
La situación llegó a un punto límite. La alternativa fue reducir fuertemente el rodeo o correr el riesgo de perder animales por falta de alimento. “Nosotros tuvimos que optar entre vender vacas, achicar, o que se nos murieran”. Finalmente vendieron una cantidad importante de vientres.
Pero hay una escena que Nora conserva particularmente presente. Un camión había llegado para cargar vacas y, días después, regresó para completar otra carga. El camionero bajó del vehículo con una bolsa.
“Me dice: ‘Tome, señora, acá tiene las bolsas de las orejas de las vacas que se murieron en el camino en el viaje anterior’”.
La imagen es dura, pero también representa hasta dónde había llegado aquella crisis. “Son cosas que te quedan marcadas”, reconoce.
La experiencia dejó una enseñanza. Hoy, Nora considera que el productor cuenta con otras herramientas y enfrenta los períodos secos de una manera diferente. “Ahora creo que el productor adquirió otras herramientas. Estamos más preparados para después pasar semejante cosa”, aclara la productora.
Genética como inversión
En el rodeo también existe una preocupación permanente por la calidad genética.
Las hembras son seleccionadas y parte de ellas queda para reposición, mientras que los vientres considerados de descarte salen del sistema.
La familia compra anualmente reproductores en exposiciones, una estrategia que les permite incorporar genética al rodeo y sostener la calidad de la hacienda. “Es importante la genética”, remarca Nora. Pero inmediatamente agrega otro componente inseparable: la sanidad.
Para la productora, invertir en genética no debe verse como un gasto: “Lo tenés que pensar como una inversión”.
La diferencia puede no aparecer siempre de manera evidente en el precio de venta de un ternero. Dos animales pueden alcanzar valores similares en un remate, aun cuando uno tenga una genética claramente superior.
Pero la diferencia aparece después, durante la recría y el engorde. Un animal con buena genética puede alcanzar el peso objetivo en menos tiempo, con menor consumo de recursos. “Capaz que lo engordaste en menos tiempo y ahí ganás”.
Es una mirada que pone el foco en el resultado final del ciclo y no solamente en el precio obtenido en la venta del ternero.
Una nueva generación
En los últimos tiempos apareció además un elemento que para Nora tiene un enorme valor: la incorporación de su sobrino Ignacio Martín al trabajo del campo.
Es hijo de su hermana y representa una nueva generación dentro del proyecto familiar.
Nora destaca que la llegada de un joven también aporta nuevas ideas y empuje: “Es como que te da también energía”.
Pero hay algo que considera todavía más importante: que la continuidad no sea solamente formal.
La familia podría mantener el campo y hacer que una nueva generación siga adelante por obligación. Para Nora, el verdadero valor está en que Ignacio sienta el proyecto como propio. “Es distinto cuando un chico joven sigue el proyecto familiar y no lo siente, a cuando sigue el proyecto familiar y realmente lo siente”.
Ignacio acompaña el trabajo cotidiano y además participa activamente de la Sociedad Rural y de las exposiciones. Es decir, no solamente está incorporándose al establecimiento, sino también a la vida institucional que rodea a la actividad.
Para Nora, eso confirma que el esfuerzo realizado por sus padres y continuado posteriormente por las hermanas tiene posibilidades de proyectarse hacia adelante. “Vemos que tiene una continuidad”.
Una mujer en el campo y en la comunidad
La historia productiva de Nora también está atravesada por una participación activa en distintos espacios de la comunidad.
Fue parte de diferentes instituciones y comisiones, participó en actividades de General Conesa y tuvo responsabilidades dentro del ámbito rural.
En la Sociedad Rural encontró un espacio en el que se siente especialmente cómoda. “Mis raíces son de la producción, vengo del campo”, dice Lavayén.
Su mirada sobre el rol de las mujeres en la actividad ganadera también es clara. Reconoce que todavía son pocas las mujeres que aparecen públicamente como productoras, pero considera que esa realidad está cambiando: “Cada vez hay más mujeres trabajando en el campo.”
Y no solamente en las tareas estrictamente productivas. También hay mujeres que participan en instituciones, comisiones y espacios dirigenciales.
Para Nora, la diferencia no debería estar puesta en el género, sino en la manera en que cada persona asume su responsabilidad. “Creo que depende más de cómo se posicione uno”, sostiene.
Ella misma construyó ese camino con un perfil que define como tranquilo, pero con una participación constante. “A mí me gusta participar de la vida de la comunidad”.
Dejar un grano de arena
Esa vocación de participar tiene para Nora un sentido que va más allá de la producción. “Cuando uno pasa por esta vida, me gusta que quede un grano de arena.”
La frase resume una manera de entender el compromiso con la comunidad. No se trata solamente de producir o de sostener una empresa familiar, sino también de involucrarse en los espacios colectivos.
Esa filosofía aparece incluso en la organización de las exposiciones rurales de General Conesa.
“Cuando uno pasa por esta vida, me gusta que quede un grano de arena”.
Nora Lavayén, productora ganadera de General Conesa.
Durante semanas, Nora y otros integrantes de la Sociedad Rural trabajaron para preparar cada detalle de lo que fue la 37° Exposición Rural de Conesa y 14° Exposición Nacional Patagónica Hereford. Cuenta que durante cuatro o cinco sábados consecutivos se reunieron desde la mañana hasta entrada la tarde para avanzar con las tareas.
Entre trabajo, empanadas y algún asado, también se construye el vínculo entre quienes forman parte de la organización.
Y el resultado tiene una recompensa concreta: “Ver la rural llena de gente me genera mucho placer”.
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