
Para los peronistas, fue “una fantochada oligárquica” y para los opositores una cachetada en la cara de un gobierno militar, que había llegado para terminar con el fraude y la corrupción, pero que habia querido quedarse pero no encontraba el rumbo.
La Marcha de la Constitución y la Libertad pasaría a la historia como una multitudinaria concentración opositora al gobierno de facto que se había hecho con el poder con el golpe del 4 de junio de 1943, y en el que Juan Domingo Perón había tenido tanto que ver.
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El presidente era Edelmiro J. Farrell, pero el hombre fuerte era su vice Perón, quien también estaba a cargo del Ministerio de Guerra y de la Secretaría de Trabajo y Previsión, con la que había construido un vínculo sólido con la mayoría de la clase obrera, a los que entusiasmaba con su frase “Mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar”.

El hábil militar había pedido hacerse cargo del Departamento Nacional de Trabajo, que poco o nada hacía. A partir de su cambio de status, esta repartición inició una política de relacionamiento con gremios, y el militar había logrado dividir a los sindicatos socialistas y comunistas, captando a segundas líneas y prometiéndole todo tipo de ayuda si se largaban a armar su propio gremio.
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Fue así que Perón construyó su carrera política y así su figura fue en ascenso. Se hizo popular cuando se puso al frente de la colecta en beneficio a los damnificados por el terremoto de San Juan del 15 de enero de 1944. Fue en febrero de ese año cuando logró hacerse con la cartera de Guerra y en julio sería también vicepresidente.
En junio de 1945 hubo un fuerte reclamo empresarial -industriales, comerciantes y asociaciones- para que rectificase la política social. Los que le salieron al cruce fueron los sindicatos, aliados a la Secretaría de Trabajo y Previsión.
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Comenzó a sobrevolar la versión de que Perón sería candidato a presidente, algo que el propio militar se ocupó en desmentir, y que pocos creyeron. Se sucedían los actos obreros a favor del gobierno y los de los estudiantes universitarios, que veían al poderoso funcionario como una amenaza nazi. Cuando la mayoría del bloque occidental había declarado la guerra al Eje, nuestro país seguía con una incómoda neutralidad.
Perón también se reunía con los empresarios, a los que les explicó que pretendía controlar a los sindicatos “para evitar el peligro comunista”; quiso tranquilizar al sector patronal, que no se dejó convencer, y se enfrentó a la Sociedad Rural cuando en 1944 promovió el Estatuto del Peón de Campo.
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Poco a poco se fueron perfilando dos sectores: los que apoyaban a Perón y los que lo combatían.

Y como si esto fuera poco, el que echaba leña al fuego era Spruille Braden, quien desde el 21 de mayo de ese año era el embajador norteamericano, y no permanecería como mero espectador de la dinámica política local.
En este convulsionado clima, tuvo lugar la marcha. Fue el miércoles 19 de septiembre de 1945 y concentró, según sus organizadores, a medio millón de personas, para la policía unos 65 mil, y se calcula que la cifra más ajustada era de 200 mil.
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Radicales, conservadores, socialistas, comunistas, demócratas progresistas y católicos democráticos se congregaron en la Plaza del Congreso ese miércoles a primera hora de la tarde, en un día primaveral.
Se leyó una proclama, en la que se hizo hincapié en la “entrega inmediata del gobierno nacional al presidente de la Corte Suprema de Justicia, como la manda la Ley de Acefalía”. También reclamaban “elecciones inmediatas y libres sin estatuto de Partidos Políticos y sólo de acuerdo a la Ley Sáenz Peña. Ni gobierno del ejército, ni gobierno en nombre del ejército”.

Los diarios apoyaban la marcha, explicando que “el pueblo se encuentra ansioso de volver a la regularidad gubernativa”. Se debía poner fin a un gobierno de facto que demostró que no tenía programa, y se sospechaba que estaba ideando una salida de tono “continuista”.
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Estaban todos los políticos de la oposición, como Rodolfo Ghioldi, Nicolás Repetto, Leopoldo Melo, Ricardo Levene, Pedro Chiaranti, Ernesto Giúdice, Joaquín de Anchorena, Antonio Santamarina, Alfredo Palacios, entre muchos otros.
También se hicieron notar estudiantes universitarios y profesores. Algunas fábricas dieron asueto a partir del mediodía y en tribunales no hubo actividad. En la marcha predominaba la clase media aunque había obreros de distintos rubros. Todos aseguraban que participaban contra el nazismo, que creían estaba encarnado en el gobierno militar.

El oficialismo intentó obstaculizar la concentración, cuando fomentó una huelga de trabajadores de tranvías. “Juancito, yo te decía, que sin tranvía igual se hacía”, cantaban.
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Camiones con altoparlantes acompañaban transmitiendo consignas, arengas, como “Votos, sí, botas, no”.
En la cabecera de la marcha, iban gigantografías con los rostros de un anciano José de San Martín, Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia, Esteban Echeverría, Bartolomé Mitre, Justo José de Urquiza, Domingo Sarmiento y Roque Sáenz Peña.
Muchas banderas argentinas y carteles tenían textos de la Constitución o citas de próceres. “A Farrell y Perón hoy le hicimos el cajón”. Iban cantando el Himno Nacional y también La Marsellesa.

La gente caminaba al ritmo de lo que indicaban hombres con brazaletes que iban delante y en los costados, regulando el paso y otros se adelantaban a las bocacalles para frenar al tránsito.
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Partieron de la Plaza del Congreso y tomaron por avenida Callao, mientras que de los balcones arrojaban flores y vivas; de las ventanas del Hotel Savoy saludaron los dirigentes radicales Ricardo Rojas y Adolfo Güemes.
En el cruce con avenida Corrientes se sumó más gente. Cuando pasaron por el edificio del Ministerio de Guerra, en la esquina de Viamonte, hubo un abucheo y silbido general. Todas las ventanas permanecieron cerradas y desde el quinto piso Perón y su equipo contemplaba la movilización. “Me voy a dormir la siesta. Sigan mirando ustedes y después me cuentan”, indicó. Dos horas después fueron a comentarle las alternativas, y comprobaron que roncaba.
La gente del gobierno arrojaba, desde balcones y terrazas, panfletos con frases inventadas de dirigentes de la oposición y un texto judicial que fundamentaba que era imposible pasarle el gobierno a la corte, como pedía el arco opositor.
Cuando llegaron a avenida Santa Fe, la manifestación se engrosó aún más. “Desde el cabo al coronel, que se vayan al cuartel”, repetían los manifestantes.

Hubo un momento de confusión y duda entre los integrantes de la marcha cuando identificaron a un eufórico general Arturo Rawson, uno de los responsables del golpe militar del 4 de junio de 1943, que vivía sobre Santa Fe. Vestido con su uniforme militar, arengaba a la multitud. El otro ex presidente de facto que no le fue tan bien fue el general Pedro Pablo Ramírez, quien intentó dar su adhesión desde un balcón, pero fue abucheado.
Cuando llegaron a Plaza Francia se encontraron con el embajador Braden, que cuatro días después partía a su país para asumir como Secretario de Asuntos Latinoamericanos. Al diplomático le llamó la atención la presencia de mujeres de la alta sociedad, como la señora Bemberg, dueña de una cervecería -que sería expropiada durante el gobierno de Perón- marchando brazo a brazo con obreros. Ese mediodía Braden, muy popular en el ambiente opositor, había estado en un multitudinario almuerzo en el Hotel Plaza, en la que la gente había ocupado los vestíbulos y otros habían quedado sin poder entrar. Aseguran que tuvo que ver en los planes de organización de esta marcha.
Todos los diarios informaron, en los días siguientes, sobre el éxito de la marcha, destacando que Buenos Aires había vibrado, que se había marchado en defensa del imperio de la ley, por la Constitución y la libertad. “Día de gloria”, titularon.
Los diarios norteamericanos informaron que medio millón de personas pidieron el fin de Perón y también la prensa latinoamericana aseguraba que el régimen tenía los días contados.
Por su parte, el gobierno felicitó a la policía por el orden que habían resguardado.
Pero algo más profundo se estaba gestando. Al día siguiente el Partido Socialista pidió que la Corte se hiciera cargo del gobierno, el dirigente cordobés radical Amadeo Sabattini alentaba a la oposición a unirse para derrocar a la dictadura y una treintena de altos oficiales de marina retirados sorprendían con el pedido al gobierno de un acto de renunciamiento.
Ante el ambiente de que se venía un golpe, el 24 de septiembre el presidente firmaba el decreto que reestablecía el estado de sitio, sumada a una ola de detenciones, clausura del diario Crítica y censura a los diarios. Días después se modificó el Estatuto de los Partidos Políticos, prohibiéndose la reelección de autoridades, mientras estudiantes universitarios ocuparon facultades.
Todo se convirtió en una olla a presión que tendría consecuencias imprevisibles.