Confieso que no estaba precisamente en modo madferit cuando entré a ver Oasis: Don’t Look Back In Anger.
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Desde el reencuentro que acaparó titulares de Oasis, seguido el año pasado por sus 41 conciertos en estadios en 14 países, he alcanzado mi límite de Gallagher. Más allá del culto de los fans, que me hace pensar que la gente ha perdido toda perspectiva cuando se trata de Oasis, el estreno de un documental que narra todo el tinglado olía a campaña promocional prolongada, el siguiente paso en un golpe de efecto para seguir haciendo caja con dos hermanos bocazas recién reconciliados que no han publicado material nuevo en 18 años.
Aun así, hay que dejarse llevar, y me tomé el tiempo de acudir a un pase especial en IMAX del documental de Will Lovelace y Dylan Southern, del que salí casi rendido.
Como película de concierto vibrante y carta de amor a los fans de Oasis, Don’t Look Back In Anger acierta en muchas cosas, al captar la euforia que ha generado la banda con su improbable regreso. Lo consigue sobre todo gracias al diseño de sonido de Tarn Willers y James Mather, de The Zone of Interest, a la sobresaliente fotografía de Haris Zambarloukos y a un montaje muy afinado de George Cragg y Martina Zamolo. Sus talentos se conjugan de forma brillante para que este reencuentro se sienta importante, incluso por momentos emocionante.
Como crónica con fondo sobre cómo se gestó el regreso y qué representa, no es precisamente una revelación.
Don’t Look Back In Anger resulta frustrante por cómo pasa de puntillas por todo lo jugoso y esquiva la narrativa irresistible de cómo dos hermanos siempre a la gresca que no paraban de llamarse gilipollas han pasado a reconciliarse en público.
Arranca con un largo montaje de los días de gloria de los años noventa que desemboca en la ruptura repentina y fea de 2009 durante el festival Rock en Seine de París.
"Le groupe n’existe plus", informa un locutor al público.
Y de ahí se salta directamente al primer ensayo conjunto del grupo en mayo de 2025. Ninguna explicación de qué lo hizo posible, ninguna pista sobre quién contactó con quién ni cómo se gestionó la animadversión... Cuando te quieres dar cuenta, ya es la noche del estreno en Cardiff.
Donde la mayoría de las películas habrían construido todo para llegar a ese momento y habrían elegido terminar en ese crescendo, los directores, junto al creador de 'Peaky Blinders', Steven Knight, aquí a cargo del guion, deciden centrarse en la música mientras la cinta se instala en un ritmo previsible y un tono hagiográfico. Se suceden las imágenes de los conciertos, intercaladas con retratos de fans y fragmentos de entrevistas con Liam y Noel, que aparecen desconcertantemente bien comportados. Por muy encantadores que resulten algunos de estos pasajes, la actitud inusualmente dócil de los hermanos solo alimenta la persistente sensación de que detrás de todo hay, sobre todo, una operación de relaciones públicas con un jugoso cheque de por medio.
La sensación de que todo es una operación para sacar dinero podría haberse disipado si los realizadores hubieran profundizado de forma más significativa en por qué la banda sigue despertando una devoción desbordante entre los fans en Reino Unido y en todo el mundo, y por qué el reencuentro de 2025 fue un fenómeno cultural y social. Sí, se ve y se escucha a seguidores emocionados deshaciéndose en elogios, y se entiende que aquí se trata de mirar hacia delante y no hacia atrás. Pero si se hubieran podado algunos tópicos en favor de algo más contundente sobre esa necesidad de viajar mentalmente al pasado, de convertir en mito los 'buenos viejos tiempos' para alcanzar una cierta comunión en épocas difíciles, este podría haber sido un documental fascinante sobre cómo superar divisiones.
Hay un torpe montaje que apunta en esa dirección, con imágenes fugaces de Donald Trump, Elon Musk, el auge de la inteligencia artificial, pero de él solo queda la sentencia de Liam: "Cuando Oasis se separó, todo se fue a la mierda".
Una afirmación atrevida, colega, porque diría que todo se fue realmente al garete en 2016, cuando la muerte de David Bowie rasgó el tejido del universo... Y ya que hablamos de "mierda", ni rastro de cualquier reconocimiento del enloquecedor escándalo de la tarificación dinámica de entradas. "No hay localidades baratas...", según el propio vocalista.
Para una banda que se ha labrado la reputación de ser "del pueblo", no pude evitar soltar un bufido audible.
Con todo mi resquemor, Don’t Look Back In Anger podría haber sido peor y parecer un publirreportaje cínico. Como crónica de buenas vibraciones de la gira Live '25, cumple de forma admirable. Como instantánea sincera de multitudes unidas por una misma pasión, resulta innegablemente estimulante. Mis objeciones persisten solo porque quería dejarme convencer, por fin, y en su lugar me he encontrado con algo que se siente como una oportunidad perdida. Don’t Look Back In Anger podría haber sido una historia mucho más catártica y convincente de reconciliación y reparación si se hubiera centrado en las dificultades del pasado para mirar mejor hacia un futuro más pacífico. En cambio, el público se tendrá que conformar con escuchar a Noel admitir que su hermano Liam es "encantador".
Aun así, los fans más acérrimos estarán demasiado ocupados cantando como para preocuparse, mientras que los espectadores más ocasionales se conformarán con unas imágenes de concierto, todo hay que decirlo, magníficas.
Mientras tanto, yo encuentro cierto consuelo en saber que Don’t Look Back In Anger llegará pronto a Disney+, lo que la convertirá en la película con más tacos que se haya emitido nunca en la plataforma. A menos que decidan relanzar una versión clasificada R de Ratatouille con el pequeño chef murmurando "fuck" y "cunt" cada vez que el calabacín amarillo de verano no se corta correctamente con la mandolina. Eso sí sería, definitivamente quizá, algo a tener en cuenta...
"Hola, Disney, ¿qué opináis de los regresos llenos de tacos?"
Oasis: Don't Look Back In Anger se estrena en cines seleccionados el viernes 11 de septiembre, antes de llegar a Disney+ a finales de este año.