Ferran ha estado cuatro temporadas y media en el Barça, ha ganado tres ligas, y se va al PSG casi por lo que costó cuando el Barça fichó al City a un joven tiburón de 21 años. Buena operación con un jugador amortizado que, a pesar de las campañas de desprestigio en las redes y en los medios, ha estado al nivel de las expectativas. Sin ser nunca titular fijo, ha marcado 65 goles, superando cada año sus registros del año anterior o, lo que es lo mismo, yendo de menos a más en el Barça. Un gol cada tres partidos son números dignos. En la última temporada, y sin chutar penaltis, marcó tantos goles como Raphinha (21) e incluso más que Lewandowski (19). Precisamente, con la sabida marcha del polaco, era previsible que Ferran cogiera protagonismo. Pero, de pronto, el verano empezó raro. Se filtró algo que se ocultó en el momento de su fichaje. Aquello de que si en 2027 Ferran renovaba, el Barça le tenía que pagar 8 millones de variables al City. Para ensuciar el buen nombre de Mateu Alemany (que ahora intenta impedir desde el Atlético que Julián recale en el Barça) se dio a conocer una información que predisponía a la venta de Ferran.
El valenciano, que considera a Luis Enrique como a un padre, también tenía otras intenciones como quedó claro ya antes del Mundial. Mucho antes de ser el héroe de la final, y de inscribir su nombre con letras de oro, y de hacer una gira por las teles americanas con la autoestima de Pelé, y dos meses antes de hacer el saque de honor con el pitcher de los Yankees, Ferran hizo unas declaraciones que eran un aviso para navegantes. “¿Se ve jugando en el Barça la temporada que viene?” Respuesta: “Yo me veo jugando contra Cabo Verde el próximo lunes”. No garantizaba seguir en el Barça, dejaba su futuro en el aire, se centraba en el Mundial y llegó su golazo ante Argentina que subió su caché un montón de millones… por suerte para el Barça. Y entonces, pasó algo insólito. En todas esas intervenciones televisivas en EE.UU. hablaba del Barça, su Club, en tercera persona. Sonaba raro. Parecía, sin embargo, un mecanismo inconsciente del lenguaje. Decía cosas como, por ejemplo, “el 12 de agosto tengo que entrenar con ellos”. Otra: “Tendrán (ellos) que demostrar que me quieren”. Una más: “Si el Barça me quiere, que (ellos) vengan a negociar”. Estaba cantado el desenlace. Ferran ya había desconectado del Barça y había cambiado el punto de vista. Ya estaba en otro lado, por motivos deportivos, económicos o emocionales. O todos juntos. Ahora ya juega donde quería, en el PSG. Ojalá las cosas le salgan como en el Barça, que se blinde a las críticas y que muestre la resiliencia que ha tenido aquí con los titubeos mentales. Sobre lo que ha pasado Ferran en el Barça no se han hecho libros, ni documentales compasivos, ni ha habido un ápice de comprensión, hasta su hartazgo final. Mejor quedarse con su gol ante el Atlético que sentenció la Liga de Xavi. O el gol en la final de Copa de la remontada ante el Madrid. O el gol que zanjaba la segunda liga de Flick, en el Camp Nou, de nuevo ante el Real de Arbeloa. Tres tantos que recordaremos, siempre, en primera persona y con una sonrisa de oreja a oreja.