2 de agosto, 2026 - 06h00

Hay momentos, en la historia del fútbol, en las que una decisión administrativa deja de ser un asunto de dirigentes, para convertirse en una discusión sobre el futuro mismo del deporte. Lo que ocurrió alrededor del proyecto impulsado por el presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), Gianni Infantino, pertenece precisamente a esa categoría.

La reacción de las confederaciones continentales no es un simple desacuerdo burocrático, es una señal de alarma frente a una iniciativa que pretendía introducir capitales privados en la explotación de los principales activos comerciales del fútbol mundial y que, como por su dimensión, hubiese podido terminar modificando la relación histórica entre la FIFA, federaciones, confederaciones y aficionados. Comprometiendo su propia naturaleza.

La FIFA tiene derecho a buscar fuentes nuevas de financiamiento. Nadie puede discutirlo. El fútbol profesional, muestra gigantesca de la organización de sus grandes competiciones, exige inversiones.

Cada vez mayores. Además, los ingresos generados por el Mundial permiten financiar programas de desarrollo y numerosas asociaciones nacionales. Pero una cosa es administrar y comercializar derechos del fútbol y otra muy diferente es abrir la puerta para que grandes capitales privados participen en estructuras destinadas a controlar o explotar económicamente estos activos. Ese es el verdadero debate para las confederaciones continentales.

Pero es que no se trata solamente de cuánto dinero podría producir una nueva estructura empresarial. Se trata de saber quién tendría capacidad de decisión sobre ese dinero y, eventualmente, sobre el propio negocio del fútbol. Porque cuando entra el capital privado entra también una lógica inevitable, la rentabilidad. Un inversionista no coloca miles de millones de dólares para contemplar un partido por televisión ni para defender románticamente la camiseta de una selección. Invierte esperando resultados y valorización de beneficios, y cuánto es el capital que dé participación en un negocio y tarde o temprano reclama influencia sobre las decisiones que determinan su rentabilidad.

La Copa del Mundo de la FIFA no es una emergencia cualquiera, es el acontecimiento deportivo más importante del planeta. Cada cuatro años consigue en países enteros la paralización de millones de personas que se identifiquen con una camiseta y que naciones enteras compartan una misma pasión.

La FIFA y el Mundial no nacieron para generar dividendos, sino para enfrentar a las mejores selecciones del mundo en igualdad deportiva. Las camisetas no son acciones. Las elecciones no son empresas. Y la historia del fútbol no puede ser tratada con un activo en venta.

El desafío actual no rechaza la modernización. Sino garantizar que esta no implique la pérdida de control sobre el patrimonio del fútbol mundial. Porque si el deporte pierde su esencia en nombre de la rentabilidad podrá ganar recursos, pero habrá perdido aquello que ningún gran capital puede comprar: ¡su autenticidad! (O)