Australia es uno de los lugares del mundo donde la relación con los gatos resulta más compleja. Para millones de personas son miembros de la familia y una presencia cotidiana desde hace generaciones. Pero, al mismo tiempo, es una especie introducida cuya expansión por el continente ha tenido consecuencias graves para una fauna autóctona especialmente vulnerable a la llegada de nuevos depredadores.
La historia, por tanto, no puede resumirse en que los gatos llegaron a Australia y se convirtieron en un problema. También fueron compañeros de viaje de los primeros colonizadores europeos, animales presentes en barcos, hogares, granjas e incluso en escenarios de guerra. Se les utilizó deliberadamente para controlar otras especies introducidas y, durante décadas, fueron apreciados precisamente por sus habilidades como cazadores. Solo después, cuando el alcance de su expansión y el daño causado a la fauna nativa ha comenzado a hacerse más evidente, Australia ha empezado a contemplarlos de una forma muy diferente.
Esa historia de amor, utilidad y conflicto ha sido recuperada recientemente por la historiadora Jodie Stewart en un artículo publicado en The Guardian, que a su vez se hace eco de la publicación de su libro The Cats of Australia. Su trabajo sirve de punto de partida para recorrer la historia de un animal que llegó en nuestra compañía y que, más de dos siglos después, sigue situado en el centro de uno de los debates sobre biodiversidad más intensos del país.
Los gatos que llegaron con los europeos
No existe evidencia de que el gato doméstico formara parte de la fauna australiana antes de la llegada de los europeos. Su presencia en el continente está vinculada a la colonización británica y a los animales que viajaban con los colonos, cuya función tradicional en barcos y asentamientos incluía mantener bajo control las poblaciones de roedores e insectos.
Con el paso de las décadas, los gatos comenzaron a establecerse también fuera de los primeros núcleos urbanos. Algunos escaparon y otros fueron abandonados, mientras que otros tantos fueron introducidos deliberadamente en zonas rurales. En el siglo diecinueve no se les consideraba un problema ambiental, al contrario, en una sociedad que también estaba lidiando con ratas, ratones y, más adelante, con la expansión de los conejos introducidos, un depredador eficaz resultaba un útil aliado.
La paradoja es difícil de pasar por alto. Los mismos que habíamos llevado a Australia conejos, ratas y otras especies que se convertirían en graves problemas ecológicos recurrieron también a los gatos para combatir algunas de ellas. Según menciona Jodie Stewart, durante el siglo XIX se liberaron gatos en distintas propiedades rurales y se emplearon en intentos de controlar las poblaciones de conejos. El resultado, sin embargo, fue que el territorio australiano fue ganando otro depredador introducido capaz de adaptarse extraordinariamente bien a condiciones muy variables.
No tardaron demasiado en aparecer las primeras voces de alarma. A comienzos del siglo veinte ya había naturalistas que advertían de la expansión de los gatos asilvestrados y de su posible impacto sobre las aves y otros animales autóctonos. Pero para entonces el problema había adquirido una dimensión difícil de revertir, ya que los gatos domésticos se habían extendido por buena parte del continente y habían demostrado una increíble capacidad para sobrevivir tanto cerca de las poblaciones humanas como en algunos de los entornos más remotos y áridos de Australia.
Mascotas, cazadores y protagonistas de la vida cotidiana
Mientras los gatos comenzaban a extenderse por el territorio, otra historia muy diferente se desarrollaba dentro de las ciudades y de los hogares australianos. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la misma afición por la cría de gatos de raza que se había desarrollado en Reino Unido llegó a Australia. Melbourne celebró su primera exposición felina en 1872 y, unas décadas después, comenzaron a aparecer criaderos, asociaciones y publicaciones dedicadas a estos animales.
Pero la fascinación no se limitaba a los ejemplares con pedigrí y el gato común sin raza también formaba parte de la vida cotidiana. Había gatos en el interior de las casas, en los comercios, en las explotaciones rurales y en barcos, y sus historias aparecen, como ha documentado la escritora australiana, en periódicos, cartas y archivos históricos que durante mucho tiempo apenas habían despertado interés entre los investigadores.
Uno de los ejemplos más conocidos es Trim, el gato que acompañó al navegante y cartógrafo británico Matthew Flinders en varios de sus viajes y cuya historia se convirtió, mucho tiempo después, en uno de los símbolos de esa relación histórica entre los australianos y los gatos. El emotivo y sentido homenaje por escrito que Matthew Flinders dejó a su compañero felino fue descubierto entre sus papeles en 1971 y ayudó a rescatar una historia que, como tantas otras, había quedado relegada a una curiosidad marginal.
Pero mientras esta relación afectiva se consolidaba entre la sociedad australiana, la otra cara de la historia no dejaba de crecer, o, más acertadamente, de reproducirse.
Cuando el cazador se convirtió en una amenaza
El problema fundamental para Australia no es que los gatos sean depredadores, sino el contexto ecológico en el que fueron introducidos. Muchas especies australianas evolucionaron durante millones de años sin enfrentarse a un depredador como el gato doméstico, y algunas presentan características que las hacen especialmente vulnerables a su presencia. Los gatos semi y asilvestrados se encuentran en la actualidad en prácticamente todos los tipos de hábitat del país, desde bosques y humedales hasta zonas de matorral y en regiones desérticas. El gobierno australiano los considera una de las principales amenazas para numerosas especies amenazadas, con registros de que la depredación de los gatos afecta a más de 200 especies incluidas en las listas nacionales de fauna amenazada y se considera que han contribuido a la extinción de más de una veintena de especies de mamíferos australianos.
Las estimaciones sobre el número de animales que cazan son tan reveladoras como incómodas. El plan nacional australiano para reducir el impacto de la depredación de los gatos que viven en estado de semilibertad o ferales calcula que matan cada año más de 1.500 millones de mamíferos, aves, reptiles y anfibios autóctonos, además de unos 1.100 millones de invertebrados. Estas cifras no significan, por supuesto, que todas esas muertes tengan el mismo impacto ecológico, puesto que una especie abundante puede soportar una presión de depredación muy diferente a la de una población pequeña y amenazada. Pero muestran la enorme escala que alcanza su presencia.
Los gatos domésticos que salen libremente al exterior también forman parte del debate. Su impacto total es menor que el de las poblaciones asilvestradas, pero al concentrarse en zonas urbanas y periurbanas ejercen una presión importante sobre la fauna local. El plan australiano estima que los gatos de compañía con acceso al exterior matan en conjunto más de 320 millones de vertebrados autóctonos al año y señala, además, que los gatos que vagan libremente contribuyen a reforzar las poblaciones de gatos sin titular que viven cerca de zonas habitadas.
Contener a unos y controlar a otros
La respuesta australiana al problema de los gatos no consiste en una única política nacional ni en prohibir tener gatos como animales de familia. El propio debate es mucho más complejo y ha dado lugar a normas diferentes según el estado, el territorio e incluso el municipio.
Las medidas destinadas a los gatos domésticos incluyen el microchip, el registro, la esterilización y las restricciones para que los animales no circulen libremente. En algunas zonas existen toques de queda nocturnos, mientras que en otras se promueve o exige que los gatos permanezcan dentro de la propiedad de sus familias o que solo salgan bajo supervisión. El objetivo no es únicamente reducir la depredación sobre la fauna, sino que los propios documentos oficiales señalan que los gatos que vagan libremente están más expuestos a enfermedades, accidentes y otras causas de lesión o muerte.
La situación cambia radicalmente cuando se habla de poblaciones asilvestradas que viven y se reproducen en entornos naturales sin intervención de las personas. Australia desarrolla desde hace décadas programas de control que incluyen vallados de exclusión y el sacrificio de ejemplares, especialmente en zonas donde determinadas especies amenazadas son particularmente vulnerables.
Es, inevitablemente, la parte más controvertida de esta historia. Los programas de erradicación de gatos generan rechazo entre quienes priorizan la relación afectiva que mantenemos con los gatos domésticos. Pero las autoridades de conservación del medio ambiente parten del problema de que dejar que las poblaciones asilvestradas continúen expandiéndose tiene consecuencias directas para especies autóctonas cuya supervivencia, entre otras medidas, depende de reducir la presión de los depredadores introducidos. El actual plan nacional de reducción de amenazas plantea, de hecho, un horizonte de treinta años para disminuir el impacto de los gatos hasta un nivel compatible con la viabilidad a largo plazo de las especies afectadas.
Dos realidades y una misma especie
Una de las razones por las que el debate australiano provoca reacciones tan intensas es que obliga a mantener dos ideas que, a primera vista, parecen difíciles de conciliar. La primera es que los gatos forman parte de la historia social y cultural de Australia desde hace más de dos siglos. Han sido valientes compañeros en larguísimas travesías por mar, animales de trabajo, cazadores, protagonistas de la historia del país y, para millones de personas, miembros de la familia. La segunda es que el gato doméstico es una especie introducida y que las poblaciones que viven en libertad están contribuyendo de manera muy significativa al deterioro de una fauna única en el mundo.
Negar una de esas realidades para defender la otra no ayuda demasiado a entender el problema. Tampoco ayuda convertir al gato en una especie malvada por naturaleza, y es igual de importante asumir que su impacto ecológico es consecuencia de haber sido llevado por nosotros a un continente donde no evolucionó junto a las especies que hoy caza.
Tal vez esa sea la contradicción que mejor resume la historia de los gatos en Australia. Primero viajaron allí porque decidimos llevarlos con nosotros, después los liberamos y favorecimos su expansión porque creímos que podían resolver otros problemas que también habíamos iniciado nosotros. Y ahora nos toca decidir cómo reducir las consecuencias de aquellas decisiones sin olvidar que, entre tanto, también se han convertido en una de las especies de compañía más queridas y populares.