Si es verdad, como insisto hasta aburrirme a mí mismo, que el fútbol es la gran religión del mundo, entonces la FIFA es su Vaticano, y Gianni Infantino, el Papa. Él, cuyo título oficial es presidente de la FIFA, pareció creer que era infalible. El problema es que sus feligreses han caído en la herejía de que no lo es.
Y se están rebelando. Los protocolos no son muy claros al respecto, pero el clamor crece para que se le excomulgue. Se presenta la posibilidad de que Infantino dure menos en su puesto que Pedro Sánchez en el suyo. Que, como reza una variante española de la liturgia futbolera, “no coma turrón”, no llegue a Navidades.

¿Sus pecados? Son muchos, según dicen. Uno sería una impía fascinación por el dinero. Otro, una tendencia a adorar falsos ídolos. Gianni está indignado, y no lo disimula. Que le acusen de todo tipo de sacrilegios apenas acabado el Mundial le parece una ofensa contra los valores espirituales que el torneo tan gloriosamente exaltó. Lo dijo en Instagram.
“Lamento que los partidos ya hayan terminado y lamento que se hayan perdido toda esa alegría y ese sentimiento de unión. Lamento que estuvieran tan consumidos por el odio y la crítica que se lo perdieran todo… A quienes se dedican a difundir odio y rumores falsos, quiero decirles que nosotros, en la FIFA, estamos en primera línea organizando, trabajando duro y ofreciendo el mejor espectáculo del mundo”.
Bien dicho. ¿Alguien duda, acaso, de que el espectáculo que acaba de ofrecer la final de la Copa del Mundo, la misa cumbre del fútbol celebrada cada cuatro años, fue, precisamente una fiesta en honor a la alegría y la unión planetaria? Gianni, no.
“A quienes dedican su tiempo y su energía a odiarnos –siguió– les pido que se tomen un momento para reflexionar, meditar, rezar o ver un partido de fútbol”. Así lo ve Gianni, pero, en vez de rezar a sus pies, sus detractores insisten en calumniarle. Nada más publicar su encíclica en Instagram, volvieron a la carga. ¿El motivo? La noticia de que Gianni quería vender el Mundial a los familiares de su ídolo número uno, aquel personaje que santificó con el premio FIFA de la Paz, que no comparte la fe futbolera, el pagano Donald Trump.
Lo habrán visto: la propuesta de la FIFA de vender hasta la tercera parte de los derechos comerciales de futuros Mundiales a un fondo privado cuyo principal inversor es Joshua Kushner, hermano del yerno de Trump, Jared Kushner, el multimillonario representante de EE.UU. en los de momento no muy eficaces intentos de negociar la paz en Ucrania, Irán y Tierra Santa.
Alerta al riesgo, el presidente de la FIFA rectifica y desiste de vender el Mundial a los yanquis
Bueno. La que se armó. España, que acaba de conquistar la Copa del Mundo, celebrará el gran rito en sus tierras la próxima vez que toque, en el 2030. Increíblemente, España dijo que boicotearía su propio Mundial si Infantino no daba marcha atrás en su plan de vender el torneo a los yanquis –apoyados, por cierto, por el banco JP Morgan– por treinta monedas de plata. No se ha visto semejante abnegación o fervor en defensa de la fe desde la Santa Inquisición.
Pero España no estaba sola. Esta vez se le unieron los países protestantes del norte. Toda Europa está en rebeldía contra Infantino. La UEFA, organización que reúne a las 55 federaciones de fútbol del Viejo Continente, fue tajante. En un comunicado esta semana lanzó su amenaza: “La UEFA y sus federaciones no participarán en las competiciones organizadas por la FIFA. Rechazamos unánimemente y de manera inequívoca el plan de traspasar los derechos de la Copa del Mundo y otras competiciones de la FIFA a inversores privados”.
Los africanos y los sudamericanos no se pronunciaron, pero las parroquias que mandan en el fútbol en Asia y las Américas del Norte, la AFC y la Concacaf, rechazaron la propuesta con casi igual vehemencia, sin llegar al extremo de contemplar la posibilidad de retirarse del próximo Mundial.
Pero hay más. Los noruegos y los belgas están considerando presentar una queja formal por “falta de ética” tras la polémica decisión de Infantino, a instancias de Trump, de retirarle la tarjeta roja a un jugador estadounidense para que pudiese disputar un partido en el recién concluido Mundial. Y encima el Congreso de Estados Unidos se ha sumado a la orgía global de rencor, proponiendo que se celebre un auto de fe contra Infantino.
El lunes, Jamie Raskin, el principal demócrata del Comité Judicial de la Cámara de Representantes, anunció que había abierto una investigación sobre la relación entre la FIFA y la Administración Trump, y envió una carta a Infantino exigiéndole que se someta a un interrogatorio ante dicha Cámara.
Trump ya ha propuesto al Papa del fútbol para la ONU: oportunidad de ganar dinero jugando a la paz
Infantino vive un martirio no visto desde tiempos del santo Job, al que Dios puso a prueba despojándole de sus riquezas, de sus hijos y de su salud, dejándole cubierto de llagas y sumido en el sufrimiento más atroz. Job pasó la prueba. Dios lo absolvió. Le restauró su fortuna y le concedió una larga vida como premio por la perseverancia con la que defendió su compromiso con la fe. ¿Será este el desenlace de la
saga Infantino? ¿Se reconocerá que, como él insiste, todo lo que ha hecho ha sido por el bien de la santa FIFA? ¿O le quitarán su corona papal?
Alerta al riesgo, Infantino rectificó. Tras haber elaborado su plan en secreto con sus compinches estadounidenses durante un año, sin consultar a los demás altos mandos de la FIFA, lo tiró todo abruptamente a la basura. Reconoció el viernes que su proyecto había generado “divisiones “ y ya no servía a “los intereses” del fútbol internacional –código para “si no abandono me cortan la cabeza”–.
Su crasísimo error fue dejarse contaminar por los instintos mercantiles trumpistas. Se olvidó de que es un Papa, no un CEO. De que el fútbol no es un producto, sino una pasión de carácter religioso para media humanidad. ¿Se le perdonará o es demasiado tarde y son demasiadas sus traiciones?
Muchos en la gran familia fifera han perdido toda fe en él. Pero si cae, tendrá un posible consuelo. Gianni confía en que su amado Donald no olvidará los favores recibidos. Trump ya le ha propuesto como próximo secretario general de la ONU, una oportunidad si la quiere de privatizar la geopolítica, ganar dinero –como Jared Kushner– jugando a la paz, lograr el cielo en la Tierra. Pero se merece el infierno.