Meta humanos

La democracia no puede reducirse a un mensaje de Instagram ni a una publicación en X.

Hace unos días le pregunté a la inteligencia artificial sobre temas relacionados con el conflicto armado interno, los golpes de Estado, así como las luchas necesarias para la recuperación democrática del país. Aunque elaboré un prompt sólido, fundamentado y alineado con mis valores e intereses, la respuesta fue insuficiente.


Y esa insuficiencia me hizo pensar en algo más profundo, saber utilizar prompts no remplaza el criterio y el sentir de una persona real. Funciona, sí, pero no piensa por quien consulta. Cada vez más personas comienzan a depender de herramientas de inteligencia artificial como si fueran una sustitución del criterio propio, dejando de lado la reflexión crítica y debilitando, poco a poco, la capacidad cognitiva para analizar la realidad y su contexto.


Si para un tema tan complejo y doloroso colectivamente, como una guerra, que dejó miles de desaparecidos y masacres en territorios donde, como escribió Mario Payeras, “la selva fue refugio y trinchera” una respuesta automatizada resulta limitada, no puedo imaginar qué ocurre cuando jóvenes recurren a la inteligencia artificial para resolver preguntas mucho más íntimas sobre identidad, memoria, violencia, salud mental o sentido de vida.


Hay interrogantes que requieren la orientación de profesionales de la psicología, la sociología, la historia y otras disciplinas capaces de ayudar a interpretar esos contextos con mayor profundidad. Además, la capacidad de tomar decisiones se debe entrenar, no delegar.


La preocupación se vuelve aún mayor cuando pensamos en el proceso electoral de 2027. Para muchas personas será la primera, segunda o tercera vez que voten, y existe el riesgo de que utilicen la inteligencia artificial para decidir quién merece su confianza y a quién encomendar el proyecto de nación. No se trata de rechazar la tecnología, sino de preguntarnos qué tan peligroso es delegar decisiones políticas fundamentales a una herramienta diseñada para procesar información, pero no para asumir responsabilidad ética sobre el futuro colectivo.


En este período preelectoral vemos un uso creciente de la inteligencia artificial, imágenes generadas artificialmente, campañas digitales automatizadas e incluso discursos escritos íntegramente por plataformas como ChatGPT. El problema no es la herramienta; el problema es convertirla en la única fuente de pensamiento.


La democracia no puede reducirse a un mensaje de Instagram ni a una publicación en X.


La democracia se construye en la calle, en la conversación pública, en la organización comunitaria y en la participación consciente. La soberanía se defiende fortaleciendo las instituciones y evitando que discursos de odio, intereses mezquinos o agendas transnacionales radicalicen nuestras sociedades aún más si estas se mueven entre tendencias autoritarias y dictatoriales.


Por eso la defensa de nuestra autonom-ÍA va mucho más allá de pensar por nosotros mismos. Implica construir comunidad, participar en la discusión pública y asumir colectivamente las decisiones trascendentales que definirán el futuro del país con un impacto directo en quienes aún no han nacido. Ninguna herramienta digital puede reemplazar ese ejercicio ciudadano.


Por último, es vital entender que, de cara a las próximas elecciones, la verdadera libertad no dependerá únicamente de qué tan sofisticadas sean las campañas políticas o de cuántas promesas circulen en redes sociales. Dependerá de nuestra capacidad para exigir propuestas viables, ideas tangibles y acciones que fortalezcan el sistema democrático y la soberanía nacional. Porque, al final, la inteligencia artificial puede ayudarnos a buscar respuestas, pero la responsabilidad de decidir seguirá siendo exclusivamente humana.