La literatura de Guayaquil es un tejido vivo de memoria urbana y costeña en el que la ciudad, sus calles y sus habitantes han quedado inmortalizados. Tres referentes académicos y un escritor consideran esta lectura como un patrimonio literario y coinciden en resaltar el valor incalculable de sus autores clásicos y contemporáneos.

Cecilia Ansaldo, académica de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, destaca el legado del Grupo de Guayaquil en obras como El cholo que se fue pa Guayaquil, de Demetrio Aguilera Malta; Los Sangurimas, de José de la Cuadra; y la novela Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara. Los considera arquitectos del imaginario local.

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“Yo creo que del Grupo de Guayaquil, de la generación del 30, queda mucho de nuestra ciudad; ellos son los cultivadores de un paisaje urbano y de un paisaje costeño también”, dice.

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Y hace un especial énfasis en el hito de Gallegos Lara: “Las cruces sobre el agua es la novela de Guayaquil por excelencia. Se escribe toda para desembocar en el hecho sangriento del 15 de noviembre de 1922”.

Jorge Salvador, docente y Ph. D. en Letras por la University of British Columbia, hace un recorrido histórico que abarca desde el padre Juan Bautista Aguirre y José Joaquín de Olmedo, las crónicas de Medardo Ángel Silva y Jorge Martillo, la poesía de Mario Campaña hasta la narrativa de Miguel Donoso Pareja, Velasco Mackenzie y Gilda Holst.

Salvador enfatiza la trascendencia del realismo social ante su centenario: “En pocos años se cumplirá el centenario de Los que se van (1930), que considero un hito de nuestra literatura y de nuestra cultura. Mucho queda de esta obra, aunque no precisamente en Guayaquil, sino más bien en el campo del Litoral”.

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Para la docente universitaria Patricia Enríquez, hay un alto valor en Los que se van y Don Goyo del Grupo de Guayaquil por la transformación del relato oficial: “Pusieron en el centro de la literatura a personajes y sectores sociales que muchas veces están fuera del retrato: hablaron del obrero, del montuvio, del cholo, hablaron de la pobreza, de la explotación, de la desigualdad”.

Y agrega que aquellos libros no deberían leerse solamente como documentos de una época pasada. “También nos permiten preguntarnos cuánto hemos cambiado como sociedad”, señala.

Nuevas voces

La narrativa sobre Guayaquil no se detuvo en la década de los 30; por el contrario, atraviesa una nueva etapa, según los expertos. Entre los autores y voces contemporáneas destacan figuras como Ernesto Carrión, autor de la trilogía Triángulo Fúser, ambientada en la ciudad de los años 50 con personajes como el Che Guevara y William Burroughs.

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Otros nombres como Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero, así como Leonardo Valencia, Solange Rodríguez, Santiago Toral, Francisco Santana, Paulina Briones, Andrea Crespo, y poetas como Luis Carlos Mussó y Tatiana Landín.

El escritor guayaquileño Jorge Vargas, de 34 años, con su obra Rabia creó un cuento sobre la violencia en Guayaquil. “Tenemos una ciudad llena de rejas, de alquiler, de ventas, entonces ese abandono de la ciudad, de la precaridad está en mi obra y también en otros autores”, dice el creador de los textos: Una boca sin dientes y Las cosas que no decimos.

Vargas cree que los actuales autores se inclinan por mostrar la ciudad con sus virtudes, carencias, ausencias, migraciones, “con este desplazamiento que ha tenido hacia Samborondón, Daule”. “Me parece que los autores se están haciendo preguntas más allá de mostrar la violencia”, expone.

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Estas nuevas voces aportan estilos renovados para abordar problemáticas contemporáneas que se mezclan con los clásicos. “Vivimos en una era de mucha producción”, precisa Salvador.

“Cada generación escribe su propio Guayaquil. Los clásicos nos permiten saber de dónde venimos y los autores contemporáneos nos están ayudando a comprender la ciudad en la que estamos viviendo ahora”, dice Enríquez.

Del mismo modo, Ansaldo subraya que los escritores locales “no rompen, no pueden romper con sus raíces guayaquileñas”, reafirmando la necesidad indispensable de continuar releyendo los clásicos para preservar la memoria e identidad.

Lectura en nuevas generaciones

El acercamiento de los jóvenes a las obras clásicas plantea importantes desafíos pedagógicos e institucionales. Ansaldo, Izquierdo y Enríquez concuerdan en la urgencia de renovar las formas de enseñanza y vincular la literatura con la realidad cotidiana de los estudiantes.

Ansaldo hace un llamado a los profesores a no olvidar este tipo de lecturas, a “pasar un poco por el puente de la lengua vernácula, de los usos, de la oralidad, de la época que pueden ofrecer un poco de resistencia en (estos) días” para ser disfrutadas.

Asimismo, apunta que la rigidez del bachillerato internacional se está volviendo un obstáculo: “El famoso bachillerato internacional impone inflexiblemente unas lecturas todas extranjeras y deja solamente la posibilidad de elegir dos autores en un programa de un año entero; se ha reducido enormemente el espacio para la literatura sobre Guayaquil”.

En contraste, Salvador sostiene que, ante el auge de las redes sociales y la inteligencia artificial, el fomento lector exige equilibrar la enseñanza formal con las vivencias informales: “Las aulas y las bibliotecas universitarias contribuyen a fomentar la lectura, pero no son el único espacio y siempre resulta interesante ver qué ocurre en los pasillos, en los patios durante el recreo, en las derivas. A veces hay más sustancia en lo extracurricular que en lo curricular; se necesita de ambos”.

Enríquez dice que la clave reside en contextualizar la lectura: “El error sería presentar los clásicos solamente como una obligación escolar. Más bien, hay que devolverles su contexto, explicar qué estaba pasando en la ciudad y por qué estos escritores decidieron contarlo de esa manera”. Propone conectar los textos con el presente mediante recorridos por la urbe y contrastes de la prensa histórica con las noticias actuales. (I)