Actualizado Sábado, 8 agosto 2026 - 02:42

Ya sé que estos días andamos todos muy emocionados con el eclipse, pero hay que saber que los eclipses han tenido históricamente la curiosa capacidad de sacar lo peor del ser humano. Aunque hoy organizamos quedadas, reservamos hoteles y discutimos sobre qué gafas nos compramos, hace tres mil años la prioridad podía resumirse en encontrar a alguien a quien asesinar antes de que el Sol decidiera volver a hacerse presente.

Durante siglos, un eclipse no era un fenómeno astronómico sino una crisis de Estado. Y, como ocurre en casi todas las crisis de Estado, alguien tiene que pagarla. En algunas culturas era un prisionero de guerra. En otras, un esclavo, o un desconocido que había tenido la mala suerte de encontrarse en el sitio equivocado del universo en el momento equivocado.

Entre los antiguos asirios y babilonios, los astrólogos interpretaban los eclipses como mensajes de los dioses dirigidos personalmente hacia su monarca. No anunciaban el fin del mundo, pero algo muy parecido: que el rey podía morir. Y cuando el destinatario de la profecía eres tú, cualquier plan alternativo parece razonable, y les llevó a crear la figura del «rey sustituto».

Cuando los sacerdotes advertían la llegada de un eclipse, el verdadero monarca abandonaba discretamente el trono y desaparecía de la vida pública. Mientras, un hombre de condición humilde, a menudo un preso o un condenado, era vestido con ropas reales, recibía los símbolos del poder, comía en la mesa del palacio, y era tratado durante unos días como si gobernara, con el ambicioso objetivo de engañar al Sol.

Sobre el papel, era un ascenso social difícilmente mejorable. Pero había un pequeño inconveniente. Cuando el peligro, es decir, el eclipse, pasaba, y los astrólogos consideraban que los dioses ya habían descargado su ira sobre el rey... el sustituto era ejecutado. Al parecer, con él moría también el mal augurio, y el verdadero soberano podía reaparecer sano y salvo.

Y en ese contexto se sitúa uno de los relatos más antiguos vinculados a eclipses, y que recoge el Shujing, uno de los grandes textos del confucianismo. La arqueoastronomía moderna sitúa el episodio en el quinto año del reinado del emperador Zhong Kang, y el eclipse solar del 22 de octubre de 2136 a. C.

Ho y Hi, astrónomos de la corte imperial, y encargados de observar, registrar y predecir los movimientos del cielo, no solo debían anticipar los eclipses, sino coordinar los rituales que se tenían que activar cuando estos ocurrían. Porque en la cosmología antigua china, un eclipse no se contemplaba sin más. Exigía respuesta. Cuando se sabía que el Sol iba a desaparecer, se programaban con mucho tiempo ceremonias destinadas a restaurar el equilibrio. Pero según algunas reconstrucciones tardías, Ho y Hi no vieron venir el eclipse. Y según una capa aún más tardía de la tradición, no lo vieron venir porque estaban borrachos.

Aquello provocó que el fenómeno sorprendiera a todos sin preparación, generando confusión en la corte. Fallar en la predicción del cielo no era un error académico, era un fallo institucional. Y una predicción incorrecta podía interpretarse como una grieta en esa relación. De ahí que ambos fueran condenados a muerte.

A miles de kilómetros, y varios siglos después, los mexicas desarrollaron una lógica distinta aunque igual de sangrienta. Para ellos un eclipse significaba que el orden del universo estaba amenazado. El Sol estaba siendo atacado por las sombras y necesitaba fuerza para continuar su viaje por el cielo. Sólo que esa fuerza tenía nombre: sangre humana.

Aunque es cierto que los sacrificios ya que formaban parte central de la religión mexica, estos fenómenos servían como excusa perfecta para ofrecer vidas a los dioses aprovechando la angustia colectiva. Crónicas como el Códice Florentino de Bernardino de Sahagún cuentan que el miedo era enorme, que se hacían ofrendas, se entonaban plegarias y se evitaba mirar directamente al cielo.

Era el peor día para ser albino, enano, jorobado o, simplemente, tener un aspecto poco frecuente, ya que te convertías en sospecho de formar parte de lo sobrenatural de este mundo.

Aunque no todas las crónicas coinciden, y los historiadores discuten hasta qué punto estas prácticas fueron generales o excepcionales, el simple hecho de que existieran esos relatos muestra hasta qué punto nuestro miedo al eclipse provocaba que anduviéramos buscando todo el rato un cuerpo sobre el que descargar la incertidumbre.

Visto desde el siglo XXI, la historia de la humanidad resulta casi absurda pero, en el fondo, la lógica de nuestros antepasados siempre ha sido la misma. Que cuando el Sol desaparece y nadie entiende por qué, el ser humano siempre ha sido capaz de inventarse un culpable.